Canción del verano (1982)

Antes de comer nos reuníamos en el bar. Digo en “el” bar porque no había otro en el pueblo. Mientras las madres preparaban la comida los padres se reunían en la barra; era, decían ellos, para que cocinaran sin perturbación. Nosotros, sin argumento alguno, acudíamos al bar a ver qué nos caía.

Allí, con el bañador como única prenda por nuestra parte y con la camisa abierta hasta el ombligo por la de nuestros machos progenitores, nos atiborrábamos de cacahuetes rebozados en salitre que chupábamos con fruición antes de abrirlos sin que nuestros padres nos advirtiesen del riesgo de la ingesta abusiva de sal. Luego, le dábamos un tragazo a la Fanta de naranja provocándonos un chisporroteo ocular igual que la de los adultos, cuyos ojos vidriosos daban buena cuenta de las incontables rondas de cebada fermentada.  Acto seguido, rematábamos la faena con un eructo a pleno pulmón. Los padres, alborozados, dejaban escapar el suyo constatando que el paso por la ciudad no había sido óbice para con sus posibilidades de refinamiento.

Recuerdo las botellas cilíndricas de aquellas Fantas, con aros en relieve alrededor de la base que, sin duda, han quedado en la memoria táctil de mi infancia. Los padres, ajenos a cualquiera de nuestras acciones y libres de responsabilidad efectiva, no dudaban en enviarnos a casa al más mínimo alboroto con la excusa de ver cómo iba el cocido que, indefectiblemente, comíamos casi a diario aunque estuviésemos en agosto puesto que la comida con cuchara era sagrada en aquellos tiempos. Mientras, en la barra del bar, las conversaciones correspondían al devenir cotidiano. Allí, lejos del mar y de las fábricas, nada importaba si sucedía más allá del río. la televisión del local jamás se encendía a pesar de que habían instalado un nuevo repetidor que permitía ver un único canal. Presidía, eso sí, el mejor rincón del establecimiento para justificar el soporte esquinero tapizado con mantelería fina.

Nadie hablaba de futbol ni de política y se despachaban a gusto compitiendo por demostrar quién había prosperado más en la urbe. Después de comer todos dormían. Mis abuelos dejaban caer la cabeza antes siquiera de abandonar la mesa. Mi madre agotada de las tareas domésticas y mi padre para recuperar el justo balance de cebada en sangre, ocupaban la cama. Las siestas se nos antojaban eternas, pero no había opción: la solana manchega era implacable y ningún bicho viviente osaba asomar la cabeza fuera del cobijo de una casa. Así que, descartada la tele para no despertar a mis abuelos que seguían con la mandíbula suelta haciendo meditación de sobremesa y la radio que no repetía señal alguna, solo nos quedaba leer en el más absoluto de los silencios.

Fue, quizás, entonces donde desarrollé el hábito pausado de la lectura. Libros como Los Cinco en el Cerro del Contrabandista o La isla del tesoro o alguno que no entendía en absoluto pero me empecinaba en leer como La Regenta me acompañaron en mi desvelo vespertino . El silencio tan solo se truncaba por el penetrante sonido de las valientes chicharras y algún crujido de las viejas vigas de madera. Este marco sonoro dejó una huella indeleble en mi devenir como músico, en tanto que el silencio se erige par mí como marco referencial y preciso de cualquier posibilidad de belleza sonora.

A la hora no pactada pero telepáticamente estimada como óptima, nos encontrábamos todos los niños en mitad de la plaza toda vez que el sol, eclipsado por la montaña que abrazaba el pueblo, tan solo bañaba el campanario de la iglesia. Bocadillo en mano, y a voz en grito nos reuníamos para no volver a ver a nuestros padres hasta bien entrada la noche sin que la ausencia de artilugios con los que comunicarnos a distancia fuese un pretexto para el desasosiego propio del desapego. No precisábamos, huelga decir, más que alguna bicicleta y balón usados de verano en verano y sin puesta a punto en cada uso para vivir con la libertad y la ilusión que nunca más hemos tenido, permitiendo tan solo que la vida suceda, exprimiéndola a cada segundo como si fuese el último.

Aunque el pueblo era muy pequeño y prácticamente deshabitado durante el invierno, albergaba cada verano a un buen centenar de niños y adolescentes llegados desde las grandes ciudades adonde sus progenitores habían emigrado buscando (y no siempre hallado) una vida mejor. Las diferencias de edad y de planteamiento vital entre nosotros se dirimían con sendos partidos de futbol (utilizo este término como el más cercano a lo que allí se celebraba) en una era llena de cardos y espinos y con un desnivel lateral de no menos del 7%. Acudíamos al encuentro en manada y cantando amistosamente alguna canción de moda. Pero una vez comenzado la contienda apostábamos la vida. Los equipos estaban formados por tantos jugadores como cupiesen en su parte del campo. Aquel que fuese capaz de acabar el partido sin llorar podía declararse vencedor pero el verdadero héroe era el que lo conseguía, adicionalmente, sin sangrar.

La oscuridad era nuestra coartada al llegar a casa, siempre celebrando nuestra llegada con gran estruendo y algarabía. La suciedad se confundía con la sangre seca, cuando no la situación se tornaba más grotesca si además acudíamos con ropa ajena fruto de la confusión del evento deportivo. “Intercambio de camisetas”, asegurábamos. La reparadora ducha transcurría con los improperios en registro muy agudo de nuestra madre sazonado con el apacible y evocador “déjalos…” que nuestro padre ofrecía desde el sofá como contribución exquisita a su labor educativa. La cena  (siempre to take away) consistía en un variado y consistente menú a base de derivados del cerdo que nos aportaba energía para lanzarnos de nuevo a las calles donde compartir lo que quedaba del día con los que otrora eran los enemigos en la contienda pseudo-futbolística: lo que pasaba en el campo se quedaba en el campo.

Tras las protestas de mis abuelos preguntándose como cada noche “pero ¿adónde vas a estas horas?…”, el ceño fruncido de mi madre y la aportación pedagogía de mi padre a la voz de “déjalos…” salíamos raudos por la puerta para no volver hasta que las calles quedasen desiertas. Por la mañana, recuperados y tras vaciar nuestros respectivos orinales, desayunábamos (no siempre en este orden) cada uno a su hora. Si era domingo acudíamos a misa con cinco pesetas para el cepillo, la economía familiar así lo aconsejaba.

La casa quedaba junto a la iglesia por lo que el cura párroco aparcaba su coche en nuestra puerta. Desde dentro se escuchaban los cantos de la misa, lo que permitía a mi abuela estar atenta a la bendición final. En ese momento, encendía la tele donde en el único canal disponible estaba programada la misa con un delay de media ahora con respecto a la misa en directo del pueblo, lo que le permitía urdir un plan: cuando el cura párroco se disponía a abrir su coche, mi abuela subía el volumen del receptor para sentirse en paz con el él y con dios.

El resto de la mañana era un largo y sereno paseo hasta el bar donde los cacahuetes salados, la Fanta de naranja y todos los sonidos adyacentes pusieron sabor, tacto y banda sonora a mi verano del 82.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

El precio justo de la música

El pasado 26 de marzo el diario valenciano Levante EMV publicaba el siguiente titular:

Lang Lang cobra 200.000 euros por su único concierto en València. 

El virtuoso pianista, uno de los mejores y sin duda el más mediático, actuaba en Valencia percibiendo pingües beneficios para el asombro, perturbación y escándalo de -¡qué curioso!- el sector musical. 

Desde un punto de vista poético, negar y censurar un salario ajeno no solo es improductivo sino que delata a quien se indigna como inmerecedor de tal salario. 

Del lado prosaico, parece insólito que sean precisamente otros músicos quienes eleven la queja, toda vez que es un sector pagado por debajo de sus posibilidades. 

En un entorno donde el modelo social es el capital no debería sorprendernos una alta cotización de un artista en particular. Libre mercado, capitalismo, liberalización de precios…son conceptos que manejamos desde hace ya mucho tiempo sin que, en algunos sectores, haya calado.

Deberíamos celebrar que un músico ostentase salarios altos para, quizás, tener una oportunidad de alcanzarlo.  De lo contrario, seguiremos con una mentalidad de escasez respecto del tan idolatrado como temido dinero.

Desde que la Reserva Federal de EEUU desvinculó la moneda del patrón oro, la cantidad de dinero que circula por el mundo es absolutamente desconocido. Este excedente de dinero, por desgracia, no lleva asociado un reparto justo y las desigualdades cada vez son más desgarradoras.

Que Lang Lang no ingresase sus 200.000 no repercutiría per se en un reparto equitativo entre todos los músicos valencianos indignados que se hallan en el marco profesional, toda vez que exigen salarios a la baja ante el temor de perder cuota de mercado en favor de quienes están dispuestos a ejercer por un precio siempre más bajo. 

¿Cómo es posible que el músico de salario precario pueda condenar que a otro músico le paguen la cantidad que -sin duda- quisiera aquél para sí? Resulta paradójica esta concepción de la relación con el dinero.

El cerebro, que tan solo tiene como función biológica la supervivencia, no logra gestionar todo aquello que no entra dentro de ello. El cerebro reptil que todavía opera en las acciones más básicas como el miedo, la envidia y otra funciones primarias, reacciona cuando hay una amenaza, sea esta real o ficticia. Nuestra reacción, por tanto, debería pasar por el tamiz de la reflexión más racional.

Si Lang Lang percibe esta cantidad (no es el músico que más ingresa por concierto, dicho sea de paso)  nuestros neurotransmisores como las catecolaminas se ponen manos a la obra para paralizarnos (no luchar por mejorar nuestra situación en lugar de censurar las ajenas) o nos hace escapar (negándonos toda opción de ser como el sujeto envidiado). 

¿Qué es pagar mucho? ¿Cuánto es pagar poco? ¿Cuánto vale un concierto? ¿Cuánto debería valer? ¿Cuánto quiero que valga?

¿Cuánto valen las cosas? Quizás lo que alguien esté dispuesto a pagar.

Podemos ponernos precio o que nos lo pongan. 

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Arteliana

El próximo domingo día 3 de marzo y a las 21.00h horas tendrá lugar el concierto del duo ARTELIANA.

Arteliana son  la soprano hispano-rusa Ana Vladimirova y la pianista ibicenca Elvira Ramon. En programa, obras de Wagner, Mahler, Strauss, Wolf, Berg, entre otros.

Los Wesendonck Lieder, de Richard Wagner, será la obra destacada de este concierto patrocinado por el Consell Insular d’Eivissa a través del ciclo DIES MUSICALS.

Arteliana es un grupo de la productora Just4You Music Solutions de Ibiza. El concierto será en el auditorio de Cas Serres de Ibiza.

Un cuento de Navidad

Había una vez un músico callejero orgulloso de su marginalidad al que llamaremos Lucas y quien disfrutaba tocando cerca del mar, pongamos por caso, en el puerto de Ibiza. Lucas vino de un país lejano y atravesó un gran océano para acabar tocando en este puerto. Su instrumento, una vieja flauta travesera, le acompañaba desde niño a donde quiera que fuera, como si de una prolongación de su propio cuerpo se tratase. Lucas sabía que no era un virtuoso, que siempre podía mejorar. Por eso, ponía el énfasis en convertir cada nota en algo valioso.

Como los grandes de la música. Lucas tuvo sus aspiraciones, como alcanzar a tocar en alguna orquesta profesional de su país de origen, pero la vida se le torció cuando perdió las piernas. Aún así, Lucas agradecía cada mañana a su dios la posibilidad de seguir tocando. 

En invierno apenas sale de casa y cuando se acerca la Navidad la adorna con guirnaldas y bolas de colores y toca melodías adecuadas al calendario. Es lo que más le gusta del invierno. Además, hay demasiada humedad para tocar sentado al borde del muelle. Así, Lucas pasa los días con su flauta esperando que llegue el verano para tocar para turistas y residentes mientras pasean despreocupados por el puerto. 

El verano es otra cosa. Aunque su música no es la habitual en aquel lugar del mundo, Lucas está convencido de su poder conmovedor. Desde su improvisado escenario formado por un pareo, una caja de cartón vacía y una mochila con sus cosas, se escucha el rugir de los bares y restaurantes escupiendo sonidos que bien pudieran tratarse de la misma canción y pareciera que se repite cual melodía infinita a lo largo de toda la jornada.

Lucas se lamenta del culto a los sonidos digitalizados y sin permitir nunca que su sonrisa se desdibuje-   repetitivos. Tampoco frecuenta mucho los ritmos sincopados. “El alma, solía decir risueño, no necesita tantos cables, solo belleza y serenidad”.  Lucas se desliza al compás de la sombra que proyectaban los edificios del paseo marítimo cuando el sol comienza su descenso vertiginoso y declinaba el día junto al embarcadero donde yates de lujo estaban amarrados, bien dispuestos y brillantes como una moneda nueva. Desde allí interpreta su música para la gente curiosa de admirar las relucientes embarcaciones, cuyos moradores se dejan observar formando parte del mismo juego. Solo les une los iPhone con los que, mutuamente, se fotografían. “Cosas de la globalización”, afirma Lucas divertido. 

Lucas no se siente intimidado por los sonidos a golpe de subwoofer ni le parece insuficiente su maltrecha flauta. De pronto, un gesto serio nubla su rostro amable, un gesto que solo adopta cuando algo le preocupa realmente. “La insensibilidad es la dictadura de nuestro tiempo y su rebaño de seguidores sus esclavos”, sentencia. Lucas recobra enseguida su sonrisa y toca una sencilla y bella melodía. Entorna los ojos y el sonido adquiere un halo mágico, precioso e intemporal. Súbitamente, se detiene y añade: “no me derrotará el confort, ni arrinconaré mis impulsos”. 

Lucas echa un tronco a su estufa de hierro forjado, coge con cariño su flauta e interpreta Noche de Paz . Lucas está convencido de que muchos prefieren su música, pero el precio supone  abandonar la grey y eso, dice, “es un quilombo”.

Deja la flauta con cuidado y coloca un ángel de celofán que se ha caído de una guirnalda. “No tengo piernas, susurra, pero tengo alas como un ángel”.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor