Música cantada. Historia de una queja

Desde el asociacionismo se ha elevado la queja recurrentemente por una situación que impide a la actividad cultural, especialmente la musical y muy particularmente la coral, sostenerse con normalidad dentro de las normas que la ley prevé para su uso seguro.  Son numerosos los ayuntamientos (política de proximidad) los que han optado por ahorrarse esfuerzos, dinero y empatía hacia un colectivo malherido poniendo como excusa a su desinterés la crisis sanitaria. También es justo poner de manifiesto que otros consistorios han cumplido la ley permitiendo bajo normativa la realización de conciertos y, por tanto, situándose del lado de quienes están en el escenario. 

El asociacionismo, no obstante, olvida que las heridas del mundo coral no son nuevas y han cicatrizado hasta hacerse indoloras, recordando que el problema no se resolverá sin que atendamos a la historia del sector. 

¿Por qué persistir en la queja ante las instituciones cuando históricamente no ha tenido ningún efecto más allá que socavar nuestro ánimo? ¿Existe documento o prueba alguna de que algún partido político de nuestro país haya siquiera mencionado de soslayo alguna frase que aluda al arte sonoro o al hecho coral? ¿De verdad hay quien todavía alberga esperanzas en que el modelo cambie si seguimos realizando las mismas infructuosas acciones? La queja es lícita. Las acciones para crecer, obligadas.

Cuando se habla de 2400 cantores cada 100.000 habitantes no se está siendo riguroso en lo que se refiere a un verdadero censo coral. Seguramente sean muchos más, pero lo que es absolutamente innegable es que el bello, sano y estimulante acto de cantar no sitúa per se a sus actores en el ámbito de la creación musical mínimamente valorable. 

El asociacionismo olvida que las heridas del mundo coral no son nuevas y han cicatrizado hasta hacerse indoloras, recordando que el problema no se resolverá sin que atendamos a la historia del sector. 

El asociacionismo coral de nuestro país haría bien si cesase de erigirse como altavoz victimista por un lado y diferenciar de una vez por todas el muy loable y necesario canto social del canto coral (ya sea profesional o amateur). Difícilmente saldremos de la zozobra argumentativa si no somos honestos con nosotros mismos. Los directores y no los directivos -mucho menos los cantores- son quienes deben dibujar el mapa coral debidamente delimitado y no contemplar como tesis que la música es el factor común de todas y cada una de las realidades corales.

El respeto a toda acción social a través de la música es preceptivo y loable pero no puede incluirse como actividad artística cualquier conato de movimiento sonoro.  Dado que el primer contacto que el público tiene con la música coral en directo es la de su entorno más cercano, agrupaciones locales, coros litúrgicos y grupos vocales municipales debiera imperar un criterio organizativo propenso a crear estándares de calidad de mínimos. Aun con la bendición que supone elegir esta actividad para el solaz personal y su repercusión social mencionada, la falta objetiva de un plan coral corporativo conlleva el riesgo disuasorio de presentar nuestro sector como escaso. Por ello, la apreciación que, generalmente, se tiene del mundo coral es precaria, arcaica y alejada de la belleza intrínseca de la música cantada. 

¿De verdad hay quien todavía alberga esperanzas en que el modelo cambie si seguimos realizando las mismas infructuosas acciones?

En el comunicado que con buena intención ha hecho la Asociación Española de Directores de Coro (AEDCORO) de la que soy socio, habla en una jerga comprensible para todos -aunque dudo que el mundo no coral le preste demasiada atención- a través de la máxima de  “el que canta su mal espanta”… más allá de la locuacidad y lo chusco del comentario es muy apropiado traerlo a colación por su valor y significado, puesto que lo que en realidad se está consiguiendo con nuestro mapa coral es, precisamente, “espantar” al público.

Nuestro target objetivo no son los políticos a los que sistemáticamente nos encomendamos ora para pedirles subvenciones ora para pedirles explicaciones de nuestras desdichas en una relación endogámica a la par que contradictoria, entre otras cosas, porque no son los más productivos a la hora de acudir a nuestros conciertos. Olvidamos muy frecuente y dramáticamente que es el público donde está nuestro verdadero foco. Ese grupo humano de proximidad es el que verdaderamente merece nuestra atención y cuidados. Por ello, la mejor estrategia es ofrecer calidad, no la calidad que cada grupo sea capaz de ofrecer, sino tejer unos mínimos para conservar o, mejor, recuperar al público perdido.

Los directores y no los directivos, mucho menos los cantores, son quienes deben dibujar el mapa coral debidamente delimitado y no contemplar como tesis que la música es el factor común de todas y cada una de las realidades corales.

Ante la pasividad del mundo coral más allá de manifiestos puntuales y cónclaves habituales, el público sería un buen aliado si su contacto con el coro fuese siempre estimulante y catártico. Mientras se siga alimentando un sector con las mieles de la mediocridad solo tenderemos a empeorar.

Se habla de un censo de más de 100.000 directores de coro. La cifra también espanta porque con un filtro sutil pondría en evidencia a gran parte de los que se proclaman directores. En cualquier caso, el dato es demostrativo de la notable falta de corporativismo y de músculo reivindicativo del sector. En España, estudiar dirección por canales oficiales es tanto como decir nada. Los cursos que nacen precisamente in absentia de la institución pública ya son repetitivos (en profesorado, forma y fondo) y tampoco han solucionado el problema de la realidad coral española toda vez que el tejido es en un porcentaje altísimo amateur y la formación se está basando en el supuesto de disponer de un coro profesional.

Así, se obvian factores tan importantes como la didáctica de ensayo, técnicas de liderazgo, construcción sonora, canto coral aplicado al coro, adecuación del repertorio, procesos de afinación, dirección instrumental (para no parecer perdidos -o lerdos-  cuando hay que acompañarnos con una orquesta), formación empresarial, marketing, management, … que doten de competencias sólidas habilitando al director para su labor tanto al frente de un profesional como amateur. 

Ante la pasividad del mundo coral más allá de manifiestos puntuales y cónclaves reiterativos, el público sería un buen aliado si su contacto con el coro fuese siempre estimulante y catártico.

¡Ah, sí! ¡La pandemia! La pandemia, con todo el dramatismo social que supone, no ha hecho más que sacar a flote las debilidades del mundo coral en España. ¿Quién será el próximo culpable de nuestras miserias cuando se acaben las opciones? Si no cambiamos el paradigma, seremos nosotros.

Juan F. Ballesteros
Director de Coro

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