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Cancelado por pasaporte

Los artistas, como los deportistas que también están siendo cancelados, son los mediáticos pero otras tantas profesiones están siendo apartadas del derecho elemental de existir. Ahora, bien entrado el siglo XXI con el conocimiento adquirido, el acceso a la información más allá del sesgo de los grupos mediáticos de poder, aplaudimos que un director de orquesta, que una cantante, que un bailarín, que una compositora, se vean privados de ofrecer su arte por tener en el bolsillo un determinado pasaporte.

De Joan Monleón a Pep el Botifarra. Viaje a ninguna parte.

El ocio y la cultura no pueden sostenerse en el mismo plano de valor. Nuestra sociedad, cada vez más hedonista, da la espalda a la cultura en beneficio de un lúdico folklore. El valor de lo popular que debe ser rescatado, cuidado y fomentado (no me malinterpreten) no debiera ser otro que el de expandir lúdicamente el espacio más transversal de la sociedad en tanto que necesitada de estímulos para salvaguardarse.

La gendarmerie musical

Nos hemos vuelto demasiado buenos en explotar nuestras debilidades, dice Stephen Guyenet. Y es cierto. Abandonado todo conato de vulnerabilidad que nos abra una puerta hacia la valentía de reconocernos, seguimos venerando falsos ídolos, dioses impostores y  egos insaciables.

Las Musas sobre hielo

La pragmática y la poética no parecen ir de la mana en el imaginario de quienes ponen la pasión como único ingrediente del excelso menú del arte, muy especialmente en el arte sonoro. La dicotomía se centra en cuál es la parte importante en la interpretación y experiencia estética subyacente. Toda expresión artística precisa de un marco teórico, no para ser entendida sino para ser reflexionada, repensada y contextualizada. Todo ello no resta un ápice a la expresión, muy al contrario, la enfatiza.

Las musas sobrevuelan nuestros sueños, nos ofrecen imágenes nuevas, pero suelen resbalar sobre el frío hielo del vacío si no las dotamos de pretextos donde asirse.

Ibiza, música y nostalgia

Dejó dicho Victor Hugo que la melancolía no es otra cosa que el placer de estar triste. Aceptando de buen grado la poética del argumento, no deja de reflejar cierta quiebra en nuestra apreciación quimérica de la realidad. En cualquier momento de la historia cabe la declaración de tiempo convulso, pero el presente se erige de una manera más prosaica para referirnos a la verdad.

Ibiza, como paradigma de lo insólito, representa un buen ejemplo de la necesidad de la cultura para emanciparnos de vacuidad derivada del abandono de todo conato reflexivo sobre lo que en realidad somos. La cultura es la seña de identidad de una sociedad libre, entendiendo la libertad como conocimiento y acceso al espectro de las infinitas posibilidades alejadas del pensamiento escaso cuando no único.

Teniendo en cuenta el declive de las sociedades occidentales pos industriales al abandonar la educación y la cultura como columna vertebral de su economía, no parece ejemplarizante abrazar formas inocuas en la educación musical en la isla. Algo debemos estar haciendo mal para que nos haya adelantado por la derecha (noticia del Diario de Ibiza del 1 de julio de 2021) la oferta educativa reglada un grado medio de formación profesional en Técnico dj y Audiovisuales en un centro público de educación secundaria de Ibiza que, aunque a veces lo olvidamos, se sustenta con nuestros impuestos. Mientras, la educación en escuelas de música y conservatorio ostenta una cada vez menor calidad de sus formaciones ante la flagrante pasividad y desinterés del gremio.

La cultura es la seña de identidad de una sociedad libre, entendiendo la libertad como conocimiento y acceso al espectro de las infinitas posibilidades

La propuesta no puede más que aplaudirse en términos de excelencia ejecutiva. Un modelo de negocio bien armado y solidificado ante el que quitarse el sombrero. Una fortaleza envidiable en la gestión y en el desarrollo en la propuesta que la música de evolución clásica históricamente en Ibiza no ha sabido o -lo que es peor- no ha querido desarrollar huérfana de proactividad y más cargada de ínfulas que de ideas.

Como consecuencia de lo sembrado en el sector público que gestiona la música en la isla, ahora se recolecta el sonrojante mundo coral, la escasa viabilidad en términos de calidad de las bandas y un sinfonismo simplón que no han sido obstáculo para que los sonidos de impacto mediático lleguen a las aulas de un instituto público antes que una formación sólida en el lenguaje musical y su poética.

Es triste y profundamente preocupante que la educación sentimental de quienes liderarán el futuro en Ibiza se esté cimentando en una formación tan alejada de las humanidades, confundiendo una vez más dos espacios que si bien son absolutamente compatibles y necesarios no son lo mismo: el ocio y la cultura. 

Cabría repensar si la necesidad que tiene Ibiza es la de sumar dj’s o la de optar por un modelo donde la cultura tenga un papel primordial sin renunciar, insisto, a la feliz convivencia con el ocio. Pero es difícil defender aquello que otros no aman debido a la ignorancia.

Es triste y profundamente preocupante que la educación sentimental de quienes liderarán el futuro en Ibiza se esté cimentando en una formación tan alejada de las humanidades

De ahí se desprende la realidad que siempre es concluyente y arroja como verdad el fracaso que en Ibiza se lleva fraguando desde hace varias décadas en la educación musical. La sociedad que nos espera, por tanto, no será mejor, cosa que -mientras lleguen turistas- no parece preocupar. Pero nos queda la melancolía de aquello que algunos hemos intentado con ahínco y que nunca será.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

El precio justo de la música

El diario valenciano Levante EMV publicó el siguiente titular:

Lang Lang cobra 200.000 euros por su único concierto en València. 

El virtuoso pianista, uno de los mejores y sin duda el más mediático, actuaba en Valencia percibiendo pingües beneficios para el asombro, perturbación y escándalo de -¡qué curioso!- el sector musical. 

Desde un punto de vista poético, negar y censurar un salario ajeno no solo es improductivo sino que delata a quien se indigna como inmerecedor de tal salario. 

Del lado prosaico, parece insólito que sean precisamente otros músicos quienes eleven la queja, toda vez que es un sector pagado por debajo de sus posibilidades, cualidades y, por tanto,  justo merecimiento. 

En un entorno donde el modelo social es el capital no debería sorprendernos una alta cotización de un artista en particular. Libre mercado, capitalismo, liberalización de precios…son conceptos que manejamos desde hace ya mucho tiempo sin que, en algunos sectores, haya calado.

Deberíamos celebrar que un músico ostentase salarios altos para, quizás, tener una oportunidad de alcanzarlo.  De lo contrario, seguiremos con una mentalidad de escasez respecto del tan idolatrado como temido dinero.

Desde que la Reserva Federal de EEUU desvinculó la moneda del patrón oro, la cantidad de dinero que circula por el mundo es absolutamente desconocido. Este excedente de dinero, por desgracia, no lleva asociado un reparto justo y las desigualdades cada vez son más desgarradoras.

Que Lang Lang no ingresase sus 200.000 no repercutiría per se en un reparto equitativo entre todos los músicos valencianos indignados que se hallan en el marco profesional, toda vez que exigen salarios a la baja ante el temor de perder cuota de mercado en favor de quienes están dispuestos a ejercer por un precio siempre más bajo. 

¿Cómo es posible que el músico de salario precario pueda condenar que a otro músico le paguen la cantidad que -sin duda- quisiera aquél para sí? Resulta paradójica esta concepción de la relación con el dinero.

El cerebro, que tan solo tiene como función biológica la supervivencia, no logra gestionar todo aquello que no entra dentro de ello. El cerebro reptil que todavía opera en las acciones más básicas como el miedo, la envidia y otra funciones primarias, reacciona cuando hay una amenaza, sea esta real o ficticia. Nuestra reacción, por tanto, debería pasar por el tamiz de la reflexión más racional.

Si Lang Lang percibe esta cantidad (no es el músico que más ingresa por concierto, dicho sea de paso)  nuestros neurotransmisores como las catecolaminas se ponen manos a la obra para paralizarnos (no luchar por mejorar nuestra situación en lugar de censurar las ajenas) o nos hace escapar (negándonos toda opción de ser como el sujeto envidiado). 

¿Qué es pagar mucho? ¿Cuánto es pagar poco? ¿Cuánto vale un concierto? ¿Cuánto debería valer? ¿Cuánto quiero que valga?

¿Cuánto valen las cosas? Quizás lo que alguien esté dispuesto a pagar.

Podemos ponernos precio o que nos lo pongan. 

Juan F. Ballesteros
músico y escritor