Una educación musical

El periplo de un músico en su carrera profesional es paralelo al vital. Es más, no vivimos lo suficiente para aprehender con hondura la comprensión total del arte sonoro. En la aproximación que nos cabe en una vida, no obstante, deberíamos alcanzar la lucidez para no caer en la procrastinación que supone la demora y ralentización en los procesos de aprendizaje en el sur de Europa y, muy especialmente, en nuestro país. 

Los sucesivos planes educativos solo han venido a mejorar los anteriores en la argumentación legislativa pero, de facto, no se ha aportado ninguna mejora sustancial en la aplicación de la norma en la enseñanza musical. La pedagogía ha destacado como marco referencial en el ámbito teórico pero alejándose cada vez más de la praxis artística donde, en realidad, sucede la música.

El número de especialistas en pedagogía sin bagaje escénico cuyas coordenadas no pueden situarse fuera del aula, ha aumentado. Un virtuoso no ha de ser per se un buen maestro pero, además de que lo contrario tampoco es garantía, al menos, un intérprete (concertista, director, profesor en coro, banda u orquesta) o compositor, se ha tenido que enfrentarse a una exigencia extrema a la hora de comunicarse expresivamente a través de su instrumento.

La oferta de músicos titulados es desde hace demasiado tiempo muy superior a la demanda en el mapa laboral real sin que se hayan gestionado a tal efecto estrategias adaptadas a las nuevas realidades, itinerarios útiles que conecten con el mercado musical o formación específica para la autogestión y emancipación como individuos y como colectivo.

Ni siquiera es atinado el mapa de conservatorios que, en algunos territorios, puede albergar una docena de centros en escasos kilómetros cuadrados con el consiguiente despropósito en las ratios tanto de alumnado como de profesorado. Si de nutrir los conservatorios sin criterio se ha edificado la gestión educativa musical los resultados negativos no tardarán en ser evidentes, si no lo son ya.

Dichos centros, donde no pocos profesores tienen un número de alumnos escaso, necesitan que la matriculación aumente de manera inminente para su supervivencia y, como se sabe, los criterios de admisión pueden llegar a flexibilizarse tanto como aumenta dicha necesidad. No obstante, estas prácticas solo contribuyen a una pauperización del futuro de la música profesional. No solo la formación está afectada sino que se garantiza un futuro con un profesorado, digamos, poco atractivo y competitivo.

Los sucesivos planes educativos solo han venido a mejorar los anteriores en la argumentación legislativa pero, de facto, no se ha aportado ninguna mejora sustancial en la aplicación de la norma en la enseñanza musical.

El alumnado que participa en la ceremonia de las pruebas de acceso se enfrenta a su primera oposición en la vida. No es un tema menor y, de entrada, deberían darse las condiciones para garantizar una igualdad real en los procesos tanto en términos académicos como humanísticos. Una preparación que no solo se reduzca a lo puramente musical sino que se atienda áreas como la preparación mental, gestión del estrés y otras herramientas que doten al alumno de posibilidades para gestionar la tensión propia de dicha prueba y que sienten las bases para su equilibrio en un eventual futuro profesional.

Tal postulado está muy lejos de ser siquiera considerado y, mientras tanto -al menos- se debería reparar en garantizar un itinerario veraz y alineado con la calidad.  Un alumno tipo accede a la prueba de acceso de enseñanzas profesionales después de un viaje a través de la estimulación precoz, jardines musicales varios, cursos preparatorios, enseñanzas elementales hasta llegar al profesor particular que repare el tiempo perdido de un viaje que puede durar no menos de diez años. Un viaje, en definitiva, a ninguna parte.

Esta singladura, es lo más preocupante, no siempre garantiza conocimientos y destrezas suficientes tanto en el ámbito académico como en el aludido de fortalecimiento emocional. Eso, claro está, sin contar con arraigado y aceptado nepotismo en las pruebas. Una vez admitidos y dando por hecho que el proceso haya sido justo y transparente, el cuello de embudo comienza a estrecharse.

Compatibilizar estudios generales con específicos ya es de por sí una odisea dado que, aunque la legislación así lo dispone, no son todos los centros, tanto los de enseñanzas obligatorias como los conservatorios, los que están dispuestos a la armonización de la gestión mediante la aplicación del decreto que regula la integración de las enseñanzas. La consecuencia es que el porcentaje de alumnos que acaban en enseñanzas profesionales respecto al de los que lo inician con un nivel óptimo es pírrico. Hasta aquí, nada nuevo pero ¿y si cambiásemos el modelo?

¿Por qué no aplicar la legislación en todas sus pautas? ¿Por qué seguir aplicando una normativa de manera arbitraria camuflándola de creativa? ¿Qué parte de la enseñanza que cierta generación adquirió es desechable a pesar de que les ha dotado de una prestancia, resolución y profesionalidad contrastada? ¿A qué lugares nos llevará la vida artística basada en principios pedagógicos todavía experimentales? ¿Debemos esperar sin más a ver si funciona? ¿Acaso no se ve ya que no lo hará?

La educación obligatoria prevé seis años en primaria, cuatro más en secundaria más dos  (opcionales) de bachillerato. Si la música se implantase con criterio en estos tres tramos, ¿qué nivel musical se alcanzaría centralizando la enseñanza en el tronco generalista? y ¿es descabellado pensar en un reparto por tramos para preparar al alumno en su camino profesional antes de su acceso a la universidad donde, de una vez por todas, esté la música en igualdad de mérito que otras disciplinas?

Compatibilizar estudios generales con específicos ya es de por sí una odisea dado que, aunque la legislación así lo dispone, no son todos los centros, tanto los de enseñanzas obligatorias como los conservatorios, los que están dispuestos a la armonización de la gestión mediante la aplicación del decreto que regula la integración de las enseñanzas.

Si en primaria se implantara el lenguaje musical (solfeo) de un modo serio, no cabe duda de que cualquier alumno podría dominar esta disciplina en seis años. Nunca en ningún plan de estudios el solfeo habría tenido una cuota tan alta.

En el primer ciclo de secundaria las asignaturas teóricas tendrían su lugar, con especial énfasis en el Contrapunto, esencial para cualquier músico en tanto que sus connotaciones del dominio de los intervalos, cifrado, fundamentos de la armonía, entonación y mecánica del discurso sonoro, entre otros ítems, son la piedra angular del acercamiento serio a la música, independientemente de la especialidad instrumental desde la que se acceda. En esto punto conviene detenerse, puesto que no tiene sentido histórico y musicológico que los estudios de escritura y creación musical se secuencia sin comenzar con el contrapunto

En el segundo ciclo seguiría con la repercusión de las asignaturas teóricas con la aparición de la Armonía.. El Coro, asignatura absolutamente imprescindible y que marca la diferencia sensitiva de los músicos, estaría en los seis años de primaria y en los cuatro años de secundaria.

Bachillerato albergaría a los alumnos que tienen claro su futuro profesional en el arte sonoro con asignaturas como Fuga, Composición, y Dirección coral e instrumental. Y, por supuesto, en todos los tramos cabría una formación transversal de elementos útiles en el nuevo mundo, asignaturas que ahonden en conceptos de gestión emocional, marketing, economía, fundamentos de técnicas de negocio, retórica, y argumentación, diseño aplicado, idiomas y todo aquello que dote al profesional de herramientas imprescindibles para defender sus intereses como músico.

No solo marcaríamos itinerarios responsables para los futuros músicos sino que, igualmente importante, estaremos creando una sociedad con criterio artístico. Estamos formando y fomentado una parte esencial dentro de la cultura: un público con más elementos de juicio y capaces de discernir la cultura del ocio.

Este modelo no es ni mucho menos original ni novedoso, se lleva implantando en países anglosajones adaptado a sus correspondiente legislaciones y, de algún modo, son precisamente los lugares a los que miramos con admiración y que son referentes culturales.

Además, la formación humanística tanto en aspectos racionales como emocionales debiera ser transversal para todo el alumnado, de modo todas las capacidades lingüísticas o lógico-matemáticas tengan el mismo rango de valor  que las específicamente musicales, independientemente de la empleabilidad que propicien y en pos de una sociedad madura en todas las áreas del conocimiento y con una sustancial aportación a su educación sentimental a través de la belleza basada en el conocimiento profundo del arte sonoro.

La especialidad instrumental, sin ninguna duda, quedaría en el ámbito particular y privado hasta llegar a la especialización mediante masterclasses y mentorías con especialistas y concertistas ya en el ámbito universitario.

La pregunta consecuente es ¿y qué pasa con los conservatorios? Puestos a soñar con nuestra capacidad de buscar modos saludables y obviando nuestro miedo cultural a todo lo que sea distinto a lo que venimos haciendo pensando que siempre es bueno, no sería baladí convertir los conservatorios en progresatorios y dotarlos de entidad para reconvertirse, precisamente, en estos centros de la nueva formación musical.

La fusión supondría el cierre de no pocos conservatorios que como rémoras se arrastran en una supervivencia ajena a la misión de educar con garantías pero, sobe todo, conllevaría activar resortes de proactividad y revisar las conductas, acciones todas ellas muy lejos de la pereza institucional tanto desde la gestión administrativa como desde el lugar de sus actores (equipos directivos y profesorado). Pero si de emancipar nuestro valor como músicos y formadores se trata todo esfuerzo valdría la pena para aparcar la queja y sustituirla por acción productiva. 

Algunos conservatorios en el ámbito privado, donde la pereza institucional no actúa, ya lo han hecho, como demuestra es la proliferación de los centros privados de formación musical que, curiosamente, ninguno de ellos contiene la denominación de conservatorio. Centros como Musikene, Esmuc, Esmar, Música Creativa, Escuela Superior, Reina Sofía, Centro Superior Katarina Gurska…por citar los ejemplos más destacados, han surgido no tanto por una necesidad imperiosa sino por la falta de adaptación a la realidad por parte de los centros públicos. 

La especialidad instrumental, sin ninguna duda, quedaría en el ámbito particular y privado hasta llegar a la especialización mediante masterclasses y mentorías con especialistas y concertistas ya en el ámbito universitario.

No habría crítica si este evidente cambio de paradigma educativo fuese considerado como una evolución o transición natural hacia un futuro que reclama nuevos modos de gestión, pero siendo que el declive ha sido por un mala gestión e inversión del dinero público debemos ser enérgicos en condenar toda malversación del presente educativo que afecte al futuro. 

Los centros privados han invertido el vector en la gestión del talento. Mientras durante décadas los músicos españoles viajaban a Europa donde las cosas importantes sucedían, ahora -además- importamos músicos de todos los rincones del mundo. Eso sí, estos alumnos no están matriculados en los centros públicos. Hay que pensar en ello y, por supuesto, exigir los mismos valores, voluntades y resultados que se han demandado a los centro públicos durante décadas. No podemos seguir apuntando nuestras quejas hacia arriba. Debemos empezar por el propio gremio y redirigir las responsabilidades.

Los conservatorio están obsoletos pero como ocurre en las sinfonías, el desarrollo puede devenir en sorpresa y finales gloriosos. Eso sí, solo en las buenas sinfonías.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

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