La ley y la emoción

La nueva normalidad se ha constituido en un test de la capacidad humana para alcanzar su cenit de estupidez. ¿Qué dirán de nosotros cuando ya nos estemos?

El sector musical tan vilipendiado, marginado y no pocas veces olvidado, está dando una lección de humildad, humanidad y generosidad social muy lejos de la estulticia con que otros sectores ávidos de equilibrar su economía están actuando. La crisis es global, sistémica y transversal ergo cualquier conato de supervivencia puede entenderse pero nunca si es en contra del interés general. 

Bien es cierto que como colectivo no siempre hemos estado a la altura fomentando la individualidad y el sálvese-quien-pueda. Esta actitud nos ha hecho llegar a una situación de debilidad frente a las instituciones que nos han considerado como parte de un decorado y con una función meramente ornamental.

La nueva normalidad se ha constituido en un test de la capacidad humana para alcanzar su cenit de estupidez. ¿Qué dirán de nosotros cuando ya nos estemos?

No obstante lo dicho, los coros y las bandas de música son las que están ostentando un valor añadido a la esperanza de mantenernos como una especie inteligente, en tanto que socialmente comprometida. Las federaciones, asociaciones de directores, coralistas y músicos instrumentistas se están movilizando desde hace meses para encontrar una fórmula de supervivencia.

Ningún colectivo está aplicando con tanto celo los protocolos (el plural es tan abrumador como descorazonador) que van cambiando a medida que se presiona y siempre sin un resultado que garantice la seguridad como el colectivo musical. Los coros y las bandas están restringiendo la participación de sus miembros en los ensayos y conciertos, con el peligro que supone para el futuro de no pocas entidades que, lamentablemente, no sobrevivirán a esta crisis.

Se dirá que cantar y tocar conlleva ciertos riesgos respiratorios propiciados por una emisión potente del aire. Pero no parece descabellado demandar un equilibrio entre la drástica disminución de efectivos y distancia en un coro y banda frente a las hordas de humanos hacinados en bares y restaurantes, en playas y aviones. 

El esfuerzo que supone para los miembros de coros y bandas es ingente, toda vez que hablamos de colectivos que, en su mayoría, son amateurs. Con permiso de los grupos profesionales que también han adaptado su praxis a la nueva normativa, hay que poner mayor valor si cabe el trabajo de los coros y bandas con un carácter aficionado.

Habrá quien alegue que la economía que mueven no es cuantitativa. Pero para los profesores de escuelas de música, para los directores de coros y bandas, profesores de canto, para los reparadores de instrumentos, … esa pequeña economía es su vida, la que sustenta en muchos casos a sus familias. En un mundo donde el movimiento del capital es la única condición para ser tenido en cuenta, cabe destacar un factor como es el valor social que solo los necios son capaces de despreciar.  

Pero no parece descabellado demandar un equilibrio entre la drástica disminución de efectivos y distancia en un coro y banda frente a las hordas de humanos hacinados en bares y restaurantes, en playas y aviones.

Que un músico, a pesar del riesgo, acceda a acudir a un ensayo no es baladí: permite que su director pueda mantener su trabajo, además contribuye a crear un ambiente de necesaria fraternidad en unos tiempos donde pareciera que todo se iba a desmoronar, mantienen los niveles de felicidad en unos índices aceptables, permite que su entorno familiar aumente su confianza en el futuro, crea un marco sociológico favorecedor, crea expectativas de futuro y consigue que la música siga sonando aunque algunos se nieguen a escuchar.

Nosotros no llenaremos estadios pero las decenas de personas que nos escuchan tienen el mismo derecho a la emoción. Nosotros no podremos abrazarnos en los ensayos porque no movemos el capital del futbol que les permite por ley poder abrazarse cada vez que tienen un efímero triunfo. Nosotros no aspiramos a tener un control sanitario antes de cada ensayo que nos permitiera trabajar con toda la plantilla como tiene el colectivo futbolístico pero mantenemos alta la capacidad de reinventarnos.

En un mundo donde el movimiento del capital es la única condición para ser tenido en cuenta, cabe destacar un factor como es el valor social que solo los necios son capaces de despreciar.

Después de una larga espera, de silencios llenos de esperanza, prudencia corporativa, ha llegado el momento de esperar más de quienes nos han utilizado para su solaz. Los artistas no somos mercancía de consumo. Los artistas, muy especialmente los músicos, somos los que hemos cambiado la historia. Y, si es necesario, volveremos a hacerlo.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

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