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Pedagogía o el nuevo arte de no enseñar

Pedagogía o el nuevo arte de no enseñar

¿Se puede enseñar dirigir un coro sin haber transitado los contornos profesionales del instrumento? ¿Se puede enseñar desde la teorización del hecho quironímico? ¿Se puede hacer un aporte transaccional del conocimiento de la dirección sin haber tenido una práctica avanzada instrumental?

Enseñar consiste a transmitir conocimientos. Pero el oxímoron se consolida cuando encontramos maestros que no han ejercido nunca, directores que no han dirigido nunca, profesores de música que no conocen la praxis instrumental. Muchos de estos perfiles ostentan el rango de pedagogos. Y aquí podría acabar el artículo.

Si Google no nos engaña la palabra pedagogía se deriva de la voz griega paidagogía, compuesta de pais (niño), y de agogos (el que conduce). Paidagoguía, es así, “el arte de educar a los niños“. El término, ya sabemos, transciende la infancia para adentrarse en todos los ámbitos educativos aunque en algunos aspectos, la pedagogía moderna no ha abandonado del todo su enfoque pueril.

¿Se puede hacer un aporte transaccional del conocimiento de la dirección sin haber tenido una práctica avanzada instrumental?

Excusándome por la generalidad del argumento y poniendo en valor aquellos pedagogos que provienen de la experiencia musical real (recomiendo la lectura de mi artículo Mestre, aprèn! (Diario Levante, Valencia 16 de junio de 2022), con horas de rodaje en aulas y con una visión aumentada de la profesionalización en la dirección musical, hay que constatar que la figura de la nueva pedagogía (no es tan nueva, me temo) socava cualquier posibilidad de asunción en la educación de nuestro país.

En el ámbito de la música se ve muy claramente la deriva educativa. Niños y niñas pasan años en escuelas de música organizadas convenientemente para crear un bucle de dependencia. Estimulación, iniciación (antes, preparatorio), grado elemental de música, dos años más para preparar la prueba de acceso, refuerzo con clases particulares y, no es poca cosa, seis años en paralelo con la asignatura de música en la Enseñanza Primaria Obligatoria. 

Podemos hablar de una media de 9 años relacionados con la música y con un resultado escandalosamente preocupante. No saben leer una partitura. Dirán los pedagogos musicales que el objetivo no es aprender sino experimentar. Solo por experiencia (la comparto porque no la tienen) puedo decir que la mejor experimentación es la que tiene resultados, la mejor manera de disfrutar la música es practicarla bien, al nivel que sea, y sobre todo -dado el escaso interés que los adolescentes tiene por la música que no sea de impacto mediático albergan después de tantos años de estudio- sería suficiente que consiguiéramos crear consumidores críticos de cultura musical. Ninguno de estos objetivos se cumple, privando a la sociedad del disfrute de la comprensión lectora musical como sí se cumple cuando de un texto literario se trata.

El alumnado que finalmente accede a las Enseñanzas Profesionales de Música acaba abandonando (el porcentaje que acaba los estudios y accede al Grado Superior es cada vez más escaso), convendría revisar el comportamiento de nuestros docentes, sin entrar -sería muy tedioso- en que gran parte del profesorado no es feliz en su trabajo y que, por lo tanto, por salud social pública, tendría que cambiar inmediatamente de actividad laboral por otra más adecuada a sus anhelos.

En el ámbito de la dirección musical y más concretamente en la de la dirección de coro, se observa cada vez más una mayor tasa de perfiles que no han dirigido nunca o, en el mejor de los casos, nunca abandonaron el ámbito amateur. Profesores asociados que nunca tocaron un instrumento, paso previo y esencial para el desarrollo sensitivo de cualquier músico.

Gran parte del profesorado no es feliz en su trabajo y que, por lo tanto, por salud social pública, tendría que cambiar inmediatamente de actividad laboral por otra más adecuada a sus anhelos.

La música es praxis. Y la praxis no solo se puede sino que se tiene que teorizar. Pero la teoría, per se, es a todas luces escasa. Ya lo decía el gran poeta Vicent Andrés Estellés „la raó és un moble vell“.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

El mamut llamado envidia

El músico que se entrega al mamut de la envidia, no solo no evita el éxito sino que socava más sus posibilidades, puesto que nadie puede triunfar realmente si no domina lo intestinal. Su cerebro, actuando según su naturaleza, desplegará todo su repertorio: gestos de desprecio, comentarios hirientes, desprecio en forma de indiferencia, reforzamiento de sus acciones para que sean más visibles, pasar por encima del envidiado para demostrarle (demostrarse, en realidad) que puede medrar.

Dirigir o exhibir

Mientras el instrumentista o el cantor están interpretando esforzadamente su partitura, concentrados en la sucesión de notas, haciendo cálculos enigmáticos y cognitivamente complejos para ajustar la afinación con el conjunto, gestionando las respiraciones tanto naturales como expresivas y, en fin, dominando una situación en principio de tensión para ofrecer el mejor resultante sonoro, observamos con frecuencia al director o directora mostrando piruetas e hiperbólicas descargas gestuales ajenas a la esencia del sonido.

Cancelado por pasaporte

Los artistas, como los deportistas que también están siendo cancelados, son los mediáticos pero otras tantas profesiones están siendo apartadas del derecho elemental de existir. Ahora, bien entrado el siglo XXI con el conocimiento adquirido, el acceso a la información más allá del sesgo de los grupos mediáticos de poder, aplaudimos que un director de orquesta, que una cantante, que un bailarín, que una compositora, se vean privados de ofrecer su arte por tener en el bolsillo un determinado pasaporte.

De Joan Monleón a Pep el Botifarra. Viaje a ninguna parte.

El ocio y la cultura no pueden sostenerse en el mismo plano de valor. Nuestra sociedad, cada vez más hedonista, da la espalda a la cultura en beneficio de un lúdico folklore. El valor de lo popular que debe ser rescatado, cuidado y fomentado (no me malinterpreten) no debiera ser otro que el de expandir lúdicamente el espacio más transversal de la sociedad en tanto que necesitada de estímulos para salvaguardarse.

La gendarmerie musical

Nos hemos vuelto demasiado buenos en explotar nuestras debilidades, dice Stephen Guyenet. Y es cierto. Abandonado todo conato de vulnerabilidad que nos abra una puerta hacia la valentía de reconocernos, seguimos venerando falsos ídolos, dioses impostores y  egos insaciables.

Músicos sin marca

La cualidad más difícil de conseguir que las personas tenemos es la auto definición. Qué y quiénes somos desde el profundo laberinto de nuestra propia mirada sin el filtro ora amable ora falaz de la opinión ajena. La marca personal, de alguna manera, no deja de ser aquello que de nosotros se dice cuando no estamos presentes. Por lo tanto, la responsabilidad de nuestra reputación es directamente proporcional a nuestras acciones sinceras.

Como músicos, dicha cualidad ha ido perdiendo fuelle en beneficio del apremiante impulso de mostrarnos para que los demás nos puntúen, como si de ello dependiera nuestra verdadera posición dentro del ya de por sí complejo ecosistema musical.

El mundo ha cambiado y la música de evolución clásica sigue ajena al cambio de paradigma que estamos viviendo quedando obsoletas las acciones de empoderamiento que otrora sirvieron. Los conservatorios han dejado de ser útiles tal y como los teníamos conceptuados y los que lo son ya no utilizan el término conservatorio en su definición. Los que opositan no siempre son los mejores y los mejores no siempre ocupan los mejores puestos.

La marca personal no deja de ser aquello que de nosotros se dice cuando no estamos presentes.

En el mundo anglosajón, el músico que tiene una carrera artística es reclamado para ostentar cátedras y claustros de profesores en los mejores centros de formación musical y en las universidades. En nuestro país, muy lamentablemente, podemos encontrar catedráticos que no ejercen praxis musical alguna y que no ha tenido la exigencia de demostrarla para acceder.

Aun con las posibilidades y facilidades que nos da el mundo globalizado para poder trabajar en diferentes lugares, no parece que se valore demasiado la posibilidad de medrar en un mercado musical más competitivo en términos de calidad. En cambio, el músico con posibilidades opta (o se conforma) con la maravillosa meteorología y gastronomía de nuestro país en lugar de habitar espacios musicales más reflexivos que alcancen mejores cotas en las capas del pensamiento artístico.

Los conservatorios han dejado de ser útiles tal y como los teníamos conceptuados y los que lo son ya no utilizan el término conservatorio en su definición.

Músicos como Daniel Barenboim, Yo-Yo Ma, Albrecht Mayer o Mitsuko Uchida, por citar solo unos pocos de los grandes, no podrían trabajar en nuestro país al no estar capacitados (qué contradicción) en los idiomas co-oficiales, en el master del profesorado o, simplemente, por que sus títulos (si es que los tienen) no tendrían validez aquí. Asistimos, en consecuencia, a loa del titulado sin nada que ofrecer. A la celebración de la nada.

Este atentado a la razón más elemental y latrocinio intelectual es el que, seguramente sin quererlo, se ha fomentado desde la enseñanza oficial y pública en el sur de Europa, muy especialmente en España. La gestión musical que se lleva a cabo en este sentido solo denota una pereza intelectual acomodada en la yerma rutina de quienes la ostentan.

Las reglas del juego en el terreno artístico (siempre ajeno al formativo) han cambiado, cogiendo a contrapié a los músicos que quieren medrar hacia un futuro más alineado con los valores profundos del arte sonoro y sus concomitancias profesionales. Algunos centros (ninguno público) así lo ha entendido y por eso su oferta académica está ajustada a los nuevos retos que la música precisa para una conquista prometedora del futuro.

El nuevo marco muestra una vía de desarrollo sostenible, perdurable y -lo más importante- honesto, conectado con el verdadero espíritu del arte y de la música. No sería justa una exposición que eludiera a quienes ya han emprendido ese camino alternativo, verdadero y evolutivo de la profesión de músico. No obstante, en mi trabajo de asesoramiento y mentoría con músicos, en paralelo a mi actividad artística, me encuentro a infinidad de colegas brillantes, con buenas ideas pero sin las destrezas para materializarlas.

Históricamente, la consecución de logros se ha basado en tres grandes ítems, a saber 1) los que llegan primero 2) los mejores y 3) los que logran con engaños.

Descartando, obviamente la tercera vía, las dos primeras han desplazadas por una nueva: los que entienden que vendemos un producto. Esta afirmación chirría a o pocos músicos que creen que la música no es un producto de mercado. Curiosamente, los mismo que aceptan trabajos alimenticios por debajo de cualquier limite económico ético.

No sería justa una exposición que eludiera a quienes ya han emprendido ese camino alternativo, verdadero y evolutivo de la profesión de músico.

Cuando hablamos de vender hablamos de ofrecer, de dar valor, de garantizar una experiencia artística y estética de orden superior, de -si se me permite ser un poco naïf- de hacer feliz a quien nos escucha. Pero eso tiene un valor traducible en transacción económica. En este sentido, la regla de oro debiera ser que no se debe vender nada a nadie si no estamos seguros que la venta propiciará que la misma persona nos vuelva a comprar. Dicho de un modo más poético, solo debemos ofrecer lo mejor que como músicos somos.

Los músicos que triunfan (entendiendo el triunfo como consciencia y orden de un plan vital determinado y libremente elegido, ajustado a los deseos y absolutamente independiente del reconocimiento social o económico) son aquellos que han comprendido que somos mejores cuanto más ofrecemos no cuanto más esperamos que nos den. Tanto es así, que perdemos grandes oportunidades, energía, tiempo y logros cuando instalados en la eterna queja no la nutrimos de soluciones que solo cada uno de nosotros, como músicos, somos capaces de proporcionar ofreciendo, reitero, el mejor producto, la mejor opción musical de la que somos capaces.

Por todo ello, y modo de conclusión, la formación integral, transversal y adaptada a los nuevos tiempos es la que nos llevará de las aguas revueltas del arroyo de la insatisfacción al gran mar abierto, calmo, infinito y libre.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor

El precio justo de la música

El diario valenciano Levante EMV publicó el siguiente titular:

Lang Lang cobra 200.000 euros por su único concierto en València. 

El virtuoso pianista, uno de los mejores y sin duda el más mediático, actuaba en Valencia percibiendo pingües beneficios para el asombro, perturbación y escándalo de -¡qué curioso!- el sector musical. 

Desde un punto de vista poético, negar y censurar un salario ajeno no solo es improductivo sino que delata a quien se indigna como inmerecedor de tal salario. 

Del lado prosaico, parece insólito que sean precisamente otros músicos quienes eleven la queja, toda vez que es un sector pagado por debajo de sus posibilidades, cualidades y, por tanto,  justo merecimiento. 

En un entorno donde el modelo social es el capital no debería sorprendernos una alta cotización de un artista en particular. Libre mercado, capitalismo, liberalización de precios…son conceptos que manejamos desde hace ya mucho tiempo sin que, en algunos sectores, haya calado.

Deberíamos celebrar que un músico ostentase salarios altos para, quizás, tener una oportunidad de alcanzarlo.  De lo contrario, seguiremos con una mentalidad de escasez respecto del tan idolatrado como temido dinero.

Desde que la Reserva Federal de EEUU desvinculó la moneda del patrón oro, la cantidad de dinero que circula por el mundo es absolutamente desconocido. Este excedente de dinero, por desgracia, no lleva asociado un reparto justo y las desigualdades cada vez son más desgarradoras.

Que Lang Lang no ingresase sus 200.000 no repercutiría per se en un reparto equitativo entre todos los músicos valencianos indignados que se hallan en el marco profesional, toda vez que exigen salarios a la baja ante el temor de perder cuota de mercado en favor de quienes están dispuestos a ejercer por un precio siempre más bajo. 

¿Cómo es posible que el músico de salario precario pueda condenar que a otro músico le paguen la cantidad que -sin duda- quisiera aquél para sí? Resulta paradójica esta concepción de la relación con el dinero.

El cerebro, que tan solo tiene como función biológica la supervivencia, no logra gestionar todo aquello que no entra dentro de ello. El cerebro reptil que todavía opera en las acciones más básicas como el miedo, la envidia y otra funciones primarias, reacciona cuando hay una amenaza, sea esta real o ficticia. Nuestra reacción, por tanto, debería pasar por el tamiz de la reflexión más racional.

Si Lang Lang percibe esta cantidad (no es el músico que más ingresa por concierto, dicho sea de paso)  nuestros neurotransmisores como las catecolaminas se ponen manos a la obra para paralizarnos (no luchar por mejorar nuestra situación en lugar de censurar las ajenas) o nos hace escapar (negándonos toda opción de ser como el sujeto envidiado). 

¿Qué es pagar mucho? ¿Cuánto es pagar poco? ¿Cuánto vale un concierto? ¿Cuánto debería valer? ¿Cuánto quiero que valga?

¿Cuánto valen las cosas? Quizás lo que alguien esté dispuesto a pagar.

Podemos ponernos precio o que nos lo pongan. 

Juan F. Ballesteros
músico y escritor