Vivir sin coro (y 3). El Público

El público lo es todo para un coro. Mucho más que para cualquier otra formación musical. El coro habla de tú a tú, sin intermediarios. El coro canta hasta cuando calla. El aliento previo al sonido da cuenta de lo que el público puede esperar. Y espera. El sonido inunda la sala y ya nada es igual. El público lo sabe. Y también calla. No hay nada que decir. Nada.

Ahora, con el patio de butacas a oscuras parece brillar el público en su deseosa espera. El coro, el director sueñan con el público mientras este, sabio, ahuyenta cualquier intento de usurpación mezquina.

Solo hay magia si puede compartirse. Si puede vivirse. Olerse. Y la pantalla no huele, no vive, ni siente. Acaso como recuerdo y para ello los grandes coros con sus magníficas grabaciones resisten el asalto durísimo de la crisis. Pero hasta estos coros vistos por el cuadro de cristal tuvieron su público que les alentó, que les motivó y exigió, que les preparó para dar lo mejor. (Léase Vivir sin coro     y Vivir sin coro (2). La soledad del director.    )

La intención es buena. Incluso necesaria. Pero no podemos dar opción a la alternativa de vivir sin coro. Habríamos traicionado al arte, a la cultura, si lo sustituyésemos por un sucedáneo multipresencia.

Prefiero tocar al público aunque solo sea con el hálito de la voz. Saber que son palpables los sonidos que besamos. Que, aunque ausente en apariencia, respeta el silencio como marco imprescindible del arte sonoro.

La empatía, para comunicarse con el corazón. La empatía, para estar dentro. La empatía, para traducir las emociones no puede sino darse con la presencialidad intacta.

No podemos dar opción a la alternativa de vivir sin coro. Habríamos traicionado al arte, a la cultura, si lo sustituyésemos por un sucedáneo multipresencia.

El público es el único ente que da sentido al arte y a la cultura. Pero sin la comunión entre las partes el artista se difumina entre el magma de la indolencia. Sin público presente, acaso perdamos el derecho y nuestra obligación consiguiente sea la calma enfática, más que la sobrexposición mediática.

Quizás nada sea igual. Quizás, ni será.Pero preferiría esperar a que todo pase. Cerrar los ojos y solo abrirlos cuando mi oscuridad se transforme en rostros.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor (afectado)

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