Un cuento de Navidad

Había una vez un músico callejero orgulloso de su marginalidad al que llamaremos Lucas y quien disfrutaba tocando cerca del del mar, pongamos por caso, en el puerto de Ibiza. Lucas vino de un país lejano y atravesó un gran océano para acabar tocando en este puerto. Su instrumento, una vieja flauta travesera, le acompañaba desde niño a donde quiera que fuera, como si de una prolongación de su propio cuerpo se tratase. Lucas sabía que no era un virtuoso, que siempre podía mejorar. Por eso, ponía el énfasis en convertir cada nota en algo valioso.

Como los grandes de la música. Lucas tuvo sus aspiraciones, como alcanzar a tocar en alguna orquesta profesional de su país de origen, pero la vida se le torció cuando perdió las piernas. Aún así, Lucas agradecía cada mañana a su dios la posibilidad de seguir tocando. 

En invierno apenas sale de casa y cuando se acerca la Navidad la adorna con guirnaldas y bolas de colores y toca melodías adecuadas al calendario. Es lo que más le gusta del invierno. Además, hay demasiada humedad para tocar sentado al borde del muelle. Así, Lucas pasa los días con su flauta esperando que llegue el verano para tocar para turistas y residentes mientras pasean despreocupados por el puerto. 

El verano es otra cosa. Aunque su música no es la habitual en aquel lugar del mundo, Lucas está convencido de su poder conmovedor. Desde su improvisado escenario formado por un pareo, una caja de cartón vacía y una mochila con sus cosas, se escucha el rugir de los bares y restaurantes escupiendo sonidos que bien pudieran tratarse de la misma canción y pareciera que se repite cual melodía infinita a lo largo de toda la jornada.

Lucas se lamenta, sin permitir nunca que su sonrisa se desdibujase, del culto a los sonidos digitalizados y  repetitivos. Tampoco frecuenta mucho los ritmos sincopados. “El alma, solía decir risueño, no necesita tantos cables, solo belleza y serenidad”.  Lucas se desliza al compás de la sombra que proyectaban los edificios del paseo marítimo cuando el sol comienza su descenso vertiginoso y declinaba el día junto al embarcadero donde yates de lujo estaban amarrados, bien dispuestos y brillantes como una moneda nueva. Desde allí interpreta su música para la gente curiosa de admirar las relucientes embarcaciones, cuyos moradores se dejan observar formando parte del mismo juego. Solo les une los iPhone con los que, mutuamente, se fotografían. “Cosas de la globalización”, afirma Lucas divertido. 

Lucas no se siente intimidado por los sonidos a golpe de subwoofer ni le parece insuficiente su maltrecha flauta. De pronto, un gesto serio nubla su rostro amable, un gesto que solo adopta cuando algo le preocupa realmente. “La insensibilidad es la dictadura de nuestro tiempo y su rebaño de seguidores sus esclavos”, sentencia. Lucas recobra enseguida su sonrisa y toca una sencilla y bella melodía. Entorna los ojos y el sonido adquiere un halo mágico, precioso e intemporal. Súbitamente, se detiene y añade: “no me derrotará el confort, ni arrinconaré mis impulsos”. 

Lucas echa un tronco a su estufa de hierro forjado, coge con cariño su flauta e interpreta Noche de Paz . Lucas está convencido de que muchos prefieren su música, pero el precio supone  abandonar la grey y eso, dice, “es un quilombo”.

Deja la flauta con cuidado y coloca un ángel de celofán que se ha caído de una guirnalda. “No tengo piernas, susurra, pero tengo alas como un ángel”.

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