Tristán e Isolda. El arte de elegir

Los hechos

Existe una dicotomía insertada como uso y costumbre que ha arraigado en la mentalidad del músico atrapado entre los dos mundos: la acción docente y la acción artística. Todo ello aderezado por normativas e inercias que impiden la compatibilidad de ambos unas veces por imperativo legal y otras por imperativo personal, o sea, miedo a la libertad. En los términos en los que el psicoanalista y psicólogo social Eric Fromm definió esta dualidad, hablaríamos de libertad negativa (impuesta por convenciones sociales) y libertad positiva (de sustancia creativa y personal).

Fuera de la órbita de la élite los músicos transitan un espacio entre la docencia y la actividad artística fuertemente entretejida con lazos inseparables. La elección no es que no sea fácil es que socialmente no está aceptada. Y la primera condición para que un músico elija un camino es que este sea aceptado por el entornos sociales, familiares, laborales, corporativos…demasiados actores para determinar el propio destino. Las decisiones son per se saludables siempre y cuando conecten con nuestro espíritu, con nuestra manera de vivir la libertad. Lo cual no conlleva facilidad ni docilidad en los procesos de decisión. 

Como en todo condicionamiento que pone en marcha la praxis de las elecciones que como músicos aceptamos o tomamos, el motor de base es el amor. Amor por una opción o por la contraria. Pero esta división en ítems es la que el pensamiento presocrático ha instaurado en occidente en nuestra configuración como individuos sociales. Si A no B, y viceversa. El pensamiento oriental, por el contrato,  conlleva la aceptación de la convivencia de dos estados mentales en perfecta armonía ya que A contiene en su transformación a B, y viceversa. 

El amor es la palanca de cambio, transformación y redirección más segura. Aquello que se ama es el camino correcto. Si un músico ama la vida artística debiera ceder la vida docente a quien la ame profundamente, y viceversa. Enseñar es acaso la actividad más maravillosa pero puede estar teñida de frustración lo que la convertirá en una actividad sufrida, banal y estéril. La vida artística precisa también de una gran carga, de renuncias y de sacrificios, pero solo será fecunda desde el amor, si no, habrá que aplaudir el éxito ajeno con honesta sinceridad desde otro lugar.

¿A dios lo que es de dios y al César lo que es del César? La metáfora encaja. Pero en un proceso de transformación silenciosa como la que ofrece el pensamiento oriental frente al que fraguó la colectividad cognitiva occidental, las elecciones no solo pueden ser múltiples sino hasta simultáneas, siempre que el corazón está presente. Entreguemos generosamente aquellas actividades a los que las aman y apartémonos en pos de la nuestra, la verdadera, la que nos hace vibrar sin relojes ni paradigmas temporales. 

La leyenda

La principal característica de la leyenda del ciclo artúrico Tristán e Isolda está enraizada en las tradiciones que se remontan a la época de la dominación vikinga de la isla de Irlanda en el siglo X. Esta leyenda se basa en mostrar un idilio contrario a las normas y usos morales (inercia), centrando su atención en los sentimientos de los protagonistas (deseos). Tristán e Isolda representa el mito más solícito con el amor romántico, con la ascensión de los ideales entre la bruma de las pasiones.

La versión que retenemos en el imaginario colectivo es la ópera escrita por Richard Wagner: No obstante, la leyenda original cuenta con dos Isoldas: Isolda La bella La rubia e Isolda De las manos blancas. Aun con su imponente fuerza dramática, la adaptación a la moral vigente no hizo más que debilitar el símbolo subyacente.

Como corresponde al lenguaje mitológico, las dos Isoldas representan a una alegoría sobre la dualidad, los caminos sinuosos y la falta de claridad cuando el Hombre/Mujer se halla ante un desdoble en su camino. La mitología (que incluye la religión) parte de dos principios básicos: uno, nada de lo que se narra ha ocurrido en realidad y dos, todo lo que se narra debe interpretarse metafóricamente. 

Los grandes mensajes del pensamiento humano contados de este modo se han mostrado de manera velada intentado pasar la censura de la manera más sutil posible evocando así un mensaje trascendente: la búsqueda que el Hombre/Mujer emprende para dar sentido a su existencia a través del mapa del amor. 

Tristán e Isolda

Tristán no conoce el amor. El amor es la condensación de todo objetivo humano. Solo el amor abre las puertas de todo aquello que en realidad tiene valor, de todo en lo que representa nuestro anhelo. Isolda, como objeto de ese amor se presenta en forma desdoblada. ¿Qué deberá elegir Tristan? ¿Qué papel juega en esa elección Isolda? En este punto se halla el nudo de la trama: ¿Qué papel tienen las dos Isoldas en la elección de Tristán? ¿Se trata acaso de elegir entre las diferentes opciones que nos antepone la vida o las opciones se reservan el derecho de ser elegidas?

Podríamos decir que todo lo que vibra como nosotros es parte de nosotros. O mejor, aquello que está en consonancia con nuestro ser no puede estar desprendido de lo que en realidad somos. Llevado a un terreno menos pantanoso: todo aquello que amemos, que ejerzamos con pasión solo nos llevará al objetivo deseado. Sin filtros.

El filttro de amor

En la versión wagneriana, Isolda es llevada presa por Tristán por orden de su tío Marke, rey de Cornualles. Isolda maldice a Tristán pero su sirvienta le ofrece un filtro que representa ser un veneno que una vez ingerido le hará sentir un amor profundo por Tristán. Los sentidos pueden alterarse pero solo aquello que es amado en profundidad, efectivamente, sin filtros, será la elección que abrazará nuestro corazón.

Tristán o Tantris, del misticismo tántrico que a través de diversas prácticas buscan expandir la conciencia del ser humano y conectarlo al mundo de una manera espiritual. Marke (el único personaje que permanece cuando todos han muerto) o Kerma,  del concepto tibetano de Karma según el cual toda acción tiene una fuerza dinámica que se expresa e influye en el individuo.

Happy end

Tristán e Isolda han de morir para encontrarse en el espectro del amor eterno y verdadero.  Morir para renacer. Cambiar el camino para vivir nuevos paisajes. Una muerte simbólica que necesariamente ha de quitarse las capas de la conducta limitante, hacer catarsis una y otra vez para poner en duda todo lo dado.

Para ser vivos siempre, sed murientes eternos (Lorca dixit).

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

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