La música en vivo: paradigma Ibiza

Definir la música es una tarea de cierto riesgo. Llamamos genéricamente música clásica a la codificada en los últimos ocho siglos cuando el período clásico no fue  mucho más allá de medio siglo.  Del mismo modo, definimos música contemporánea a aquella que sucedió a partir de Stravinsky. Y nos quedamos tan anchos.

Para clarificar este entuerto, algún musicólogo suicida hizo una disertación entre la música culta y su contraria. La contraria, afortunadamente y seguramente por decoro, se quedó sin etiqueta. Así quedaron fuera otras músicas que, para calificarse, necesitaban formar parte de un currículo académico. Más tarde (siempre tarde en el sur de Europa) entraron en el espectro académico músicas como el folklore (que no lo étnico), jazz y, posteriormente, flamenco. (todavía no lo ha hecho el pop y el rock).

Lo anteriormente dicho no obsta para parapetarnos en una obligada reflexión acerca de la idoneidad de pasar estas tendencias musicales por lo académico si no es desde un prisma absolutamente novedoso y fuera de la enseñanza estandard que conocemos. No pocos centros ya han optado por un cumplimiento normativo adecuado a los tiempos quitándole el polvo a la enseñanza histórica que, si bien tuvo su valor (de allí venimos todos) conviene revisar. Estos centros, curiosamente, ya no se auto denominan Conservatorio. El término, como tal, ha caducado.

Esta querelle histórica nos abre el camino a otros términos como son la música en vivo, donde, también bajo un argumentario falaz, pensamos en la música de pequeño formato interpretada en lugares de escaso aforo y, preferentemente, por intérpretes de la mal llamada (no acertamos con los términos) música moderna. Así, y no por obvio, no está de más recordar que música en vivo es la que se ha hecho durante toda la historia de la música.

Una fiesta pagana, rito iniciático o culto religioso de la antigüedad (o de nuestros días), una ópera, una sinfonía en una sala de conciertos, un drama sacro en una capilla, un marco concierto de Bruce Springsteen o un unplugged (800 años de música desenchufada convierte en cómico el término) de Jorge Drexler… todo es música en vivo. También caemos en la tentación de pensar erróneamente que la música en vivo tiene lugar, preferentemente, en espacio abierto.

Este cóctel de conceptos, lugares comunes, falsas verdades y mentiras arriesgadas, tiene su eclosión en lugares como Ibiza. Paradigma de la música del más variado pelaje donde por defecto se ubicaría la música en vivo en lugares de ocio como bares, restaurantes, terrazas, paseos, plazas, … y que ven mermada su capacidad de actuación por normativas inexplicables. No porque lo sean per se, sino porque aluden a un equívoco manifiesto del concepto mismo de la música.

Dichas normas no permiten que, como ocurre en países más civilizados culturalmente, podamos disfrutar de la música no solo en los teatros y auditorios, sino que -muy al contrario- podamos ser cómplices de un actuación de soul, jazz, pop, música clásica (sea lo que signifique el término), música barroca (sea lo que signifique el término), música contemporánea (sea lo que signifique el término), … sin miedo a que la policía (ubiquémonos, siglo XXI) desmantele la sesión.

Sin embargo, esas mismas normas que -supuestamente- debieran reflejar alguna condición sancionable basada en los decibelios, es laxa a la hora de permitir que la música enlatada (ya sea puramente mecánica o mecánicamente accionada por un humano) se cuele en nuestra vida cotidiana no sin una invasión a la salud auditiva, al equilibrio emocional y cognitivo y a la salubridad social por una estética poco empática con la verdad. Lamentablemente, no hay programación cultural sin música artificial.

Esto nos lleva a los filtros que se utilizan para la expansión de propuestas musicales. El primero debiera el que el criterio de cada autoproclamado artista se atribuya. Al no suceder, el segundo filtro institucional o propagativo adolece de un criterio mínimo cualitativo basándose en cuestiones crematísticas que suele tener una consecuencia directamente proporcional a la calidad. No obstante, en Ibiza, el plantel de ejecutantes ( el término, en ocasiones, es literal) de música, seguimos encontrando a quienes han creado un mercado low cost-low quality, cuando no un trueque de barril para mayor gloria de los propietarios de determinados bares. Todo ello soportado y avalado por escuálidas asociaciones.

Nuestro camino para acercar la música al púbico más diverso es mantener la honestidad, compromiso y respeto al arte sonoro (quizás sea este el término que aglutine) frente al vacío de los sonidos de impacto mediático. Y, precisamente, la mejor forma de hacerlo sea interpretado nuestra música en los espacios dónde tiene lugar el encuentro social (pequeños locales, espacios de ocio, etc.) y no solo en los grandes auditorios. Siempre y cuando, obvio, se entienda que el marco no determina la calidad siendo esta la máxima premisa y objetivo de cualquiera que se atreva a subir a un escenario. No todo vale.

Quizás no se nos conozca en Ibiza por nuestra cultura musical aun siendo como es que grandes intérpretes, compositores, directores, han salido (o entrado) de la isla. Quizás nunca saldremos de esta zozobra que nos carcome. Quizás no merecemos otra cosa. Quizás hay que desistir. Pero, sin duda, hay que decirlo.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

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