Música degenerada

Con el término Entartete Musik (música degenerada) que a su vez deriva del Enterttete Kunst (arte degenerado) se denominó a la música que debía ser proscrita por sus condiciones bolcheviques y judías en el Reich nazi. Músicos de la talla de  Weill, Schoenberg, Webern o Krenek se sumaron a la lista artistas como Chagall, Mondrian, Klee o Kokoschka. Muchos de ellos huyeron de Europa para instalarse en EEUU donde, algunos, cosecharon grandes éxitos. Otros, acabaron por sucumbir a la decadencia espiritual a la que se vieron sometidos. 

El gobierno nacional-socialista  alemán, tal y como ocurrió en otras dictaduras como la de nuestro país,  tuvo a bien prohibir cualquier connotación de elevación espiritual que conllevase una catarsis intelectual a través del arte y mantener así un arte vacío o dirigido, acabando así con toda posibilidad de creatividad y libertad.

Siendo que la libertad no puede comprimirse demasiado tiempo sin que la presión la arroje a la acción, el arte tiende siempre a su expansión por encima de cualquier connotación social, ya sea este la virtud expositiva como desde la clandestinidad. El arte contiene muchos ejemplos de la actividad marginal ora por un sistema político y social perverso ora por un veto corporativo. 

La música es una rama del arte muy propensa a la degradación conceptual debido a los lobbies que actúan en favor de unos pocos y -conscientes o no- en detrimento de la propia música. Habitualmente, sus próceres esgrimen una retórica humanística, fraternal y no exenta de bonhomía mientras que ejercen el veto a los que -acaso- son sospechosos de hacerle sombra. 

Lamentablemente, ocurre en todos los ámbitos de de la música, esto es, tanto el parnaso de la profesionalidad como en el entusiasta mundo amateur. En este ámbito, más extendido en el mapa musical, es donde la música tiene su espacio más natural, en tanto que está muy próximo al público. Sin embargo, se pierde una excepcional oportunidad de tener tan a mano al público si se presenta la música de una forma banal y poco comprometida con los valores estéticos y artísticos del arte sonoro.

El arte contiene muchos ejemplos de la actividad marginal ora por un sistema político y social perverso ora por un veto corporativo.

El único filtro útil debiera ser el público como ente aséptico, ajeno a conspiraciones gremiales y voluntariamente presentes. El público, incluso, tiene un valor intrínseco para la valoración artística muy superior a la que los críticos se atribuyen, ya que -en el mejor de los casos- no dejan de ser artistas que no alcanzaron y que encuentran justicia en la degradación ajena.

No obstante, para alcanzar un criterio suficiente del hecho artístico es preciso el elemento de la formación que capacite al oyente a la hora de emitir un juicio certero. Para ello, la comparación es un elemento esencial. 

Si el público es educado en un circulo pequeño de elementos artísticos su criterio será cuanto menos escaso y condicionado. Su experiencia estética será limitada. Sin embargo, un público avalado por el bagaje curtido en la contemplación expansiva será extremadamente valioso para la evolución discursiva de la cultura.

El mundo amateur es absolutamente necesario para vertebrar la vida musical en la base de la sociedad. Los coros, bandas y orquestas de esta liga son el primer contacto, en muchos casos único, con la literatura musical de primer orden. Por ello, precisamente, la responsabilidad de sus gestores es capital para que la calidad no se diluya en la criba de la mediocridad. En el mejor, que no más extendido, de los casos, los directores/pedagogos de estas agrupaciones son profesionales y, por lo tanto, conscientes de la importancia en la transmisión de los conocimientos. 

Pero queda un resquicio tentador hacia el repertorio inalcanzable y aquí entra un factor que como profesionales debemos poner en primer orden de valor: el respeto a la obra musical. La elección del repertorio es el punto más delicado en el proceso de creación y desarrollo de un grupo y la sabiduría reside en comprender que un grupo amateur no puede interpretar cualquier obra pero, por el contrario, no es consciente de la cantidad de literatura musical que es capaz de ejecutar con garantías de éxito. 

No obstante, para alcanzar un criterio suficiente del hecho artístico es preciso el elemento de la formación que capacite al oyente a la hora de emitir un juicio certero. Para ello, la comparación es un elemento esencial.

Alcanzar todas las notas de la partitura no debe ser un objetivo sino una premisa antes de situarse en la casilla de salida. Los ítems de belleza que intervienen en el discurso sonoro tales como lectura, transfiguración, afinación, entonación fina, interpretación histórica, gestión de las tensiones, dinámicas, agógica y ascensión emocional deben estar como verdadera meta a la hora de elegir un repertorio. 

Caer en la tentación de interpretar obras fuera del alcance solo es demostrativo de un escaso respeto a la música. Un grupo amateur no podrá interpretar la Messe in H-moll (misa en si menor) de Bach o Messa di Requiem de Verdi, por citar casos reales, sin devastar el verdadero corpus de la obra, pasando -acaso- de manera tangencial por los procesos de fraseo y construcción del sonido que elabore una esencia eidética en el público, sin pervertir -acaso- el significado de la música más allá de la partitura. No debiera importar la cota alcanzada sino la conquista de la cima.

Los críticos -en el mejor de los casos- no dejan de ser artistas que no alcanzaron y que encuentran justicia en la degradación ajena.

¿Serían palabras demasiado gruesas si hablásemos de delito artístico? ¿Estamos ante una nueva Entartete Musik avalada por sectores internos a la propia música? Seguramente, podríamos establecer un paralelismo con el arte figurativo si convenimos en que dañar un cuadro de Goya en el Museo del Prado nos acarrearía no pocos inconvenientes de diferente índole gravosa, siendo el peor de los casos una visita a la prisión, tal y como establece el código penal. 

Pero nos extrañará, por el mal uso que hacemos de la música, aplicar el mismo criterio para quien perpetre el horror de pervertir una obra magna como las referidas anteriormente. Podrá esgrimirse que la obra subsiste ya que puede ser de nuevo interpretada. Además de falaz, el argumento sería injusto puesto que para el público del grupo amateur es muy posible que represente su único acercamiento en directo de esta magnífica obra. Y, lo que es peor, su conocimiento de la misma se limitará a la interpretación fallida. 

La música es importante. Podemos rasgarnos las vestiduras ante la falta de internes por parte de nuestros legisladores. Pero es mucho peor el atropello que desde el propio gremio podemos llegar a cometer, tanto desde el veto al éxito ajeno como al delito artístico de cercenar el valor a las grandes obras de la literatura musical convirtiéndola en degenerada. Formación para tener criterio, criterio para tener opinión, opinión para ser libres.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

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