El necio arte de seducir

Resulta notablemente estimulante «dar la vuelta a las perspectivas» -como diría Nietzsche- lo cual no obsta para que seamos testigos mudos de la penalidad humana en perfecto contraste con la grandiosidad y divinidad autoconcedida por no pocos artistas.

Por lo que respecta al material sensitivo con el que los artistas se comunican y articulan su argumentario vital, se deduce nítidamente la exposición a la fragilidad cuando alguien se halla frente a quien la ejerce. El poder, se dice, corrompe pero aplasta -que es peor- a quienes se aplica, minando lo más básico de la dignidad humana: la Libertad.

Mucho se ha dicho y escrito sobre las bondades del arte, muy especialmente del arte sonoro, en lo que se refiere a la educación sentimental, valores intrínsecos y desarrollo cognitivo del ser humano. No obstante, la pulcritud de espíritu no parece haberse instalado por igual en el alma de todos los músicos. Quizás, para conceder generoso reconocimiento al argumento, la música puede henchir el espíritu del noble pero envilecer hasta el extremo al necio. Acaso sea este el rendimiento del arte en el desarrollo humano.

El veto, el rencor, el resentimiento, la frustración, … tan presentes en el mundo musical producen el más horrendo de los daños sobre los que se ejerce: el miedo. La libertad no es otra cosa que la ausencia del miedo. Sin miedo, el Hombre y la Mujer son capaces de las hazañas más grandiosas.

¿Cuántas carreras musicales se han truncado por no ceder a los impulsos lascivos de algún reconocido prócer? ¿cuántas carreras han florecido sin merecimiento alguno tan solo por lo contrario? ¿cuál de las dos preguntas resulta más espantosa?

Ahora se habla de separar el Mito del Hombre, como si no fuesen dos caras de una misma moneda. Y sí, el argumento resiste una reflexión como la que atañe al compositor Carl Orff, miembro del partido nazi, cuyo Carmina Burana es una de las más veneradas piezas musicales de la historia aun habiendo sido dedicada a la mayor gloria de Adolf Hitler.  Quizás es cuestión de distancia, de tiempo, puesto que la memoria es frágil.

Plácido Domingo ha sido uno de los mejores tenores de la historia de la ópera. No es tanto lo espantoso de sus recientemente reconocidos actos sino que durante décadas de admiración al Hombre y al Artista hayamos estado sosteniendo sin saberlo su mentira.

La ópera es una ensoñación de la realidad. Podemos evadirnos de la cobertura mediática, cerrar los ojos y escuchar la sinuosa expresividad de su voz, la inflexión irrepetible de su fraseo, la musicalidad, el color áureo de sus armónicos, pero su imagen negando la libertad a todas esas mujeres me hace guardar sus discos en un lugar donde no me alcance la vista.

Dirán que hubo silencio. Como si el silencio fuese más culpable.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

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