De lo sublime

Si la doctrina, comúnmente aceptada que ejerce una inequívoca inercia hacia los usos y costumbres de consumir arte sonoro, consiste en su más profundo fundamento en agradar al receptor, encontraremos un fatigante y yermo camino hacia la humanización de la sociedad, cada vez más animalada, con el debido respeto hacia los animales.

Los impulsos más básicos se imponen toda vez que alimentos por la fácil excusa y justificación de la victoria del cerebro reptiliano, cuya formulación está tan en boga, que si bien forma parte de la capa más profunda y arraigada de nuestra psique no debiera verse vencida si no es por el pensamiento gobernado por una entrenada razón.

La música dirige su vibración a la razón, a la retórica y lenguaje y también a la emoción, siendo esta última la que se pone de manifiesto con atribuciones jerárquicas superiores frente a las que requieren una acción consciente (esfuerzo) por parte del oyente.

Explotada esta idea e idealización de la música, la emoción constituye por sí sola el corpus hacia donde indica la brújula de la voluntad más somera. Tanto es así, que se construye sobre este planteamiento una mercadotecnia alrededor de la música que excluye  toda participación de la razón.

Esta confusión en los términos que definen el arte sonoro hace emerger una sonorización global basada en una superficial, transitoria y errática emoción que solo se sustenta, de un lado, por una sociedad no pensante (y poco sintiente) y conformada  y, del otro, de una economía que apuesta por una emoción gregaria basada en la asociación común de imágenes y sensaciones teledirigidas.

Sin duda, se trata de una democratización del consumo de la música o, mejor, de sonidos de impacto mediático. Pero una democracia falaz por cuanto que se ensalza solo una pequeña parte de la producción musical.

En la cara oculta del argumento se haya la música que precisa el concurso de la razón, del intelecto, de la acción de poner en funcionamiento el bagaje y la experiencia vital. Una música que se adhiere a todas las capas del pensamiento incluido el de la emoción sublime. 

Un arte sonoro que no se selectivo con sus oyentes, ni excluyente, ni elitista como los agoreros del progreso deudor de una industria musical desacreditada nos anuncia sin escatimar recursos.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

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