El precio justo de la música

El pasado 26 de marzo el diario valenciano Levante EMV publicaba el siguiente titular:

Lang Lang cobra 200.000 euros por su único concierto en València. 

El virtuoso pianista, uno de los mejores y sin duda el más mediático, actuaba en Valencia percibiendo pingües beneficios para el asombro, perturbación y escándalo de -¡qué curioso!- el sector musical. 

Desde un punto de vista poético, negar y censurar un salario ajeno no solo es improductivo sino que delata a quien se indigna como inmerecedor de tal salario. 

Del lado prosaico, parece insólito que sean precisamente otros músicos quienes eleven la queja, toda vez que es un sector pagado por debajo de sus posibilidades. 

En un entorno donde el modelo social es el capital no debería sorprendernos una alta cotización de un artista en particular. Libre mercado, capitalismo, liberalización de precios…son conceptos que manejamos desde hace ya mucho tiempo sin que, en algunos sectores, haya calado.

Deberíamos celebrar que un músico ostentase salarios altos para, quizás, tener una oportunidad de alcanzarlo.  De lo contrario, seguiremos con una mentalidad de escasez respecto del tan idolatrado como temido dinero.

Desde que la Reserva Federal de EEUU desvinculó la moneda del patrón oro, la cantidad de dinero que circula por el mundo es absolutamente desconocido. Este excedente de dinero, por desgracia, no lleva asociado un reparto justo y las desigualdades cada vez son más desgarradoras.

Que Lang Lang no ingresase sus 200.000 no repercutiría per se en un reparto equitativo entre todos los músicos valencianos indignados que se hallan en el marco profesional, toda vez que exigen salarios a la baja ante el temor de perder cuota de mercado en favor de quienes están dispuestos a ejercer por un precio siempre más bajo. 

¿Cómo es posible que el músico de salario precario pueda condenar que a otro músico le paguen la cantidad que -sin duda- quisiera aquél para sí? Resulta paradójica esta concepción de la relación con el dinero.

El cerebro, que tan solo tiene como función biológica la supervivencia, no logra gestionar todo aquello que no entra dentro de ello. El cerebro reptil que todavía opera en las acciones más básicas como el miedo, la envidia y otra funciones primarias, reacciona cuando hay una amenaza, sea esta real o ficticia. Nuestra reacción, por tanto, debería pasar por el tamiz de la reflexión más racional.

Si Lang Lang percibe esta cantidad (no es el músico que más ingresa por concierto, dicho sea de paso)  nuestros neurotransmisores como las catecolaminas se ponen manos a la obra para paralizarnos (no luchar por mejorar nuestra situación en lugar de censurar las ajenas) o nos hace escapar (negándonos toda opción de ser como el sujeto envidiado). 

¿Qué es pagar mucho? ¿Cuánto es pagar poco? ¿Cuánto vale un concierto? ¿Cuánto debería valer? ¿Cuánto quiero que valga?

¿Cuánto valen las cosas? Quizás lo que alguien esté dispuesto a pagar.

Podemos ponernos precio o que nos lo pongan. 

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Arteliana

El próximo domingo día 3 de marzo y a las 21.00h horas tendrá lugar el concierto del duo ARTELIANA.

Arteliana son  la soprano hispano-rusa Ana Vladimirova y la pianista ibicenca Elvira Ramon. En programa, obras de Wagner, Mahler, Strauss, Wolf, Berg, entre otros.

Los Wesendonck Lieder, de Richard Wagner, será la obra destacada de este concierto patrocinado por el Consell Insular d’Eivissa a través del ciclo DIES MUSICALS.

Arteliana es un grupo de la productora Just4You Music Solutions de Ibiza. El concierto será en el auditorio de Cas Serres de Ibiza.

Un cuento de Navidad

Había una vez un músico callejero orgulloso de su marginalidad al que llamaremos Lucas y quien disfrutaba tocando cerca del mar, pongamos por caso, en el puerto de Ibiza. Lucas vino de un país lejano y atravesó un gran océano para acabar tocando en este puerto. Su instrumento, una vieja flauta travesera, le acompañaba desde niño a donde quiera que fuera, como si de una prolongación de su propio cuerpo se tratase. Lucas sabía que no era un virtuoso, que siempre podía mejorar. Por eso, ponía el énfasis en convertir cada nota en algo valioso.

Como los grandes de la música. Lucas tuvo sus aspiraciones, como alcanzar a tocar en alguna orquesta profesional de su país de origen, pero la vida se le torció cuando perdió las piernas. Aún así, Lucas agradecía cada mañana a su dios la posibilidad de seguir tocando. 

En invierno apenas sale de casa y cuando se acerca la Navidad la adorna con guirnaldas y bolas de colores y toca melodías adecuadas al calendario. Es lo que más le gusta del invierno. Además, hay demasiada humedad para tocar sentado al borde del muelle. Así, Lucas pasa los días con su flauta esperando que llegue el verano para tocar para turistas y residentes mientras pasean despreocupados por el puerto. 

El verano es otra cosa. Aunque su música no es la habitual en aquel lugar del mundo, Lucas está convencido de su poder conmovedor. Desde su improvisado escenario formado por un pareo, una caja de cartón vacía y una mochila con sus cosas, se escucha el rugir de los bares y restaurantes escupiendo sonidos que bien pudieran tratarse de la misma canción y pareciera que se repite cual melodía infinita a lo largo de toda la jornada.

Lucas se lamenta del culto a los sonidos digitalizados y sin permitir nunca que su sonrisa se desdibuje-   repetitivos. Tampoco frecuenta mucho los ritmos sincopados. “El alma, solía decir risueño, no necesita tantos cables, solo belleza y serenidad”.  Lucas se desliza al compás de la sombra que proyectaban los edificios del paseo marítimo cuando el sol comienza su descenso vertiginoso y declinaba el día junto al embarcadero donde yates de lujo estaban amarrados, bien dispuestos y brillantes como una moneda nueva. Desde allí interpreta su música para la gente curiosa de admirar las relucientes embarcaciones, cuyos moradores se dejan observar formando parte del mismo juego. Solo les une los iPhone con los que, mutuamente, se fotografían. “Cosas de la globalización”, afirma Lucas divertido. 

Lucas no se siente intimidado por los sonidos a golpe de subwoofer ni le parece insuficiente su maltrecha flauta. De pronto, un gesto serio nubla su rostro amable, un gesto que solo adopta cuando algo le preocupa realmente. “La insensibilidad es la dictadura de nuestro tiempo y su rebaño de seguidores sus esclavos”, sentencia. Lucas recobra enseguida su sonrisa y toca una sencilla y bella melodía. Entorna los ojos y el sonido adquiere un halo mágico, precioso e intemporal. Súbitamente, se detiene y añade: “no me derrotará el confort, ni arrinconaré mis impulsos”. 

Lucas echa un tronco a su estufa de hierro forjado, coge con cariño su flauta e interpreta Noche de Paz . Lucas está convencido de que muchos prefieren su música, pero el precio supone  abandonar la grey y eso, dice, “es un quilombo”.

Deja la flauta con cuidado y coloca un ángel de celofán que se ha caído de una guirnalda. “No tengo piernas, susurra, pero tengo alas como un ángel”.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor