Los músicos y las crisis

La premisa de quererse a uno mismo para poder amar plenamente a los demás -como han manifestado no pocas tradiciones y corrientes de pensamiento a lo largo de la historia desde el cristianismo hasta filosofías del desconcierto en pleno siglo XXI- ha declinado con el importante concurso en nuestros días de las redes enfático-sociales hacia un afectado narcisismo. Esta celebración del ego descontrolada nos devuelve una imagen que como sociedad nos deja en clara evidencia.

Los músicos, como parte integrante y activamente cooperante con la sociedad a la que pertenecemos, no estamos exentos del ocaso de la dignidad que supone aferrarse a una supuesta e ineludible proactividad a la propia loa.

El confinamiento al que estamos sometidos no deja de ser una invitación a la creatividad, dado que nuestro andamiaje sobre el que se ha sustentado nuestra actividad profesional se ha derrumbado. Más allá de la sana, solitaria y velada reflexión a la que la vida nos impele, nuestra inercia vital es la de hacer música y, lo que es más importante, compartirla. Sin embargo, algunos músicos que nunca antes habían creado nada interesante han caído en el vórtice de alumbramiento del narcisismo que no lleva más allá de una corriente cerrada en sí misma.

Durante mucho tiempo se ha trabajado en la línea de dignificar nuestro trabajo como músicos, ya sea desde el ámbito de la interpretación como en el de la docencia ofreciendo lo mejor de nosotros mismos, con una visualización de los contenidos de alto impacto y no a través de mediocres grabaciones caseras. 

No han sido pocos los que han solicitado su cota de éxito mediante la difusión audiovisual en las redes de conatos de conciertos sin rigor, actuaciones improvisadas, incluso -en, afortunadamente, residuales pero execrables casos- previo pago. Las excepciones, tan honrosas como escasas, las han llevado a cabo plataformas profesionales que han ofrecido contenidos de alto valor musical y de producción.

De otro lado, la queja sobre las actuaciones que todo hemos perdido y perderemos en los próximos meses, aunque digna, se ha proclamado desde la atalaya de la sinrazón. Durante décadas, el sector musical se ha sostenido sobre la negligencia, la pleitesía y -sobre todo- sobre el silencio. Se piden responsabilidades ante una situación absolutamente sobrevenida, imprevista y a fecha de hoy incontrolable, cuando el sector musical ha callado durante demasiado tiempo los desmanes de la industria musical, que no en pocos casos ha estado encabezada por otros músicos.

La maquinaria que engrana la industria de la música funciona de una manera sencilla: un músico propone y un programador dispone (a menos que los músicos tomen conciencia de ser sus propios programadores tomando partido en la susodicha industria). Los entresijos tangenciales o limítrofes entran en la esfera del realismo mágico cuyas variantes exceden a las hipótesis más inimaginables. Este modelo tradicional de transacción, sin ser ideal, supone un filtro mínimo de calidad, esto es, no todo es contratable, no todo vale, más allá del mejor o peor acierto del programador de turno. Sin caer en la ingenuidad, el modelo con todas sus grietas, se sostiene mediante la acción continuada del público que elige (paga) por un espectáculo frente a otro.

Ahora, para no perder parte del pastel (¿qué pastel?) llenamos las redes sociales con actuaciones desde casa, con escaso valor artístico y solo para seguir alimentando un ego que, hasta ahora, no nos había llevado a ninguna parte. Conciertos sin el componente esencial: público que ha elegido estar presente y por parte de quienes nunca antes habían creado nada interesante.

Tenemos una oportunidad única para redimir nuestros errores pasados, para erigir un monumento al silencio, a la reflexión pausada sobre lo que somos como músicos, para reinventarnos como artistas y como colectivo. Cuando todo pase, la cultura será esencial, por tanto, nuestra imagen ahora es prioritaria.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Silencio

La música es nuestra vida. No solamente porque a los músicos nos proporciona un salario económico, sino -sobre todo- porque lo hace también en forma de salario emocional.

Para cualquier ser humano la música tiene un componente sensitivo que va más allá de lo puramente epidérmico, banal o coyuntural. Nuestra vida está rodeada de sonidos con los que de una forma u otra nos sentimos reconfortados y, porqué no decirlo, recompensados.

La música nos abastece como ningún otro arte de elementos emocionales y también puramente intelectuales, acaso los dos polos sobre los que nuestra psique se sostiene.

Si a la vida ha de atribuírsele un sentido, quizás -y reconozco mi parcialidad- este es el de ser conscientes de la crucial importancia de la música.

Los músicos debiéramos sentirnos en gracia por el privilegio de convivir con el arte sonoro, sentir su impulso motor en nuestros sueños, compartir las pasiones con nuestro público pero también vivir el sonido desde la más prístina intimidad.

Hay momentos en los que la música nos propone un campo de infinitas posibilidades para combatir la soledad, la zozobra emocional, pero también para erigir un monumento a la gratitud ante la dicha sublime de la vida.

Ahora, en estos momentos de gran dificultad, de vértigo sociológico, de horizontes inciertos, la música tiene ese balsámico poder de ponernos enfrente un espejo donde contemplar nuestra posición en un universo con nuevos paradigmas.

Más que nunca la solidaridad debe hacerse sólida a través del compromiso social y de esta extraña y ajena convivencia a distancia. Pero también es momento de introspección, de reflexión, de capacitar a nuestros sentidos del hálito de la lentitud, tan poco transitado a causa de una vida que no tiene tiempo de comprender y, por tanto, disfrutar del paisaje.

Quizás también es momento de repensar si los medios que hemos creado para compartir la vida son suficientes y hasta qué punto podemos echar de menos el contacto humano físico.

Aún así, estos medios sociales nos permiten seguir conectados de una manera importante con el mundo y a través de ellos muchos músicos siguen su actividad mostrando, ofreciendo o vendiendo su producto musical para aliviar el confinamiento.

¿Es el momento de vendernos como músicos? ¿sería mejor aliviar el paisaje mediático dejando que cada cual consuma música en su intimidad? ¿acaso los músicos no deberíamos loar el sonido del silencio y permitir la reflexión serena? ¿nos estará pidiendo la vida parar un momento?¿en qué punto reside nuestra esencialidad?

Hemos estado defendiendo demasiadas veces la suprema delicia de los conciertos en directo, del ambiente y alma que suscitan las vibraciones presenciales de un concierto en vivo para mostrarnos ahora en pírricos videos caseros sólo para mantener un cota de presencialidad. Quizás tengamos una oportunidad de defender nuestra profesionalidad de una manera absolutamente radical.

No, ahora no somos esenciales. Ahora la música ha de reducirse a la intimidad.

El mundo ya no es ni será igual. Entonces, cuando volvamos a emerger será cuando la música será más esencial que nunca. Mientras tanto, la música del silencio es una emocionante opción.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

El necio arte de seducir

Resulta notablemente estimulante «dar la vuelta a las perspectivas» -como diría Nietzsche- lo cual no obsta para que seamos testigos mudos de la penalidad humana en perfecto contraste con la grandiosidad y divinidad autoconcedida por no pocos artistas.

Por lo que respecta al material sensitivo con el que los artistas se comunican y articulan su argumentario vital, se deduce nítidamente la exposición a la fragilidad cuando alguien se halla frente a quien la ejerce. El poder, se dice, corrompe pero aplasta -que es peor- a quienes se aplica, minando lo más básico de la dignidad humana: la Libertad.

Mucho se ha dicho y escrito sobre las bondades del arte, muy especialmente del arte sonoro, en lo que se refiere a la educación sentimental, valores intrínsecos y desarrollo cognitivo del ser humano. No obstante, la pulcritud de espíritu no parece haberse instalado por igual en el alma de todos los músicos. Quizás, para conceder generoso reconocimiento al argumento, la música puede henchir el espíritu del noble pero envilecer hasta el extremo al necio. Acaso sea este el rendimiento del arte en el desarrollo humano.

El veto, el rencor, el resentimiento, la frustración, … tan presentes en el mundo musical producen el más horrendo de los daños sobre los que se ejerce: el miedo. La libertad no es otra cosa que la ausencia del miedo. Sin miedo, el Hombre y la Mujer son capaces de las hazañas más grandiosas.

¿Cuántas carreras musicales se han truncado por no ceder a los impulsos lascivos de algún reconocido prócer? ¿cuántas carreras han florecido sin merecimiento alguno tan solo por lo contrario? ¿cuál de las dos preguntas resulta más espantosa?

Ahora se habla de separar el Mito del Hombre, como si no fuesen dos caras de una misma moneda. Y sí, el argumento resiste una reflexión como la que atañe al compositor Carl Orff, miembro del partido nazi, cuyo Carmina Burana es una de las más veneradas piezas musicales de la historia aun habiendo sido dedicada a la mayor gloria de Adolf Hitler.  Quizás es cuestión de distancia, de tiempo, puesto que la memoria es frágil.

Plácido Domingo ha sido uno de los mejores tenores de la historia de la ópera. No es tanto lo espantoso de sus recientemente reconocidos actos sino que durante décadas de admiración al Hombre y al Artista hayamos estado sosteniendo sin saberlo su mentira.

La ópera es una ensoñación de la realidad. Podemos evadirnos de la cobertura mediática, cerrar los ojos y escuchar la sinuosa expresividad de su voz, la inflexión irrepetible de su fraseo, la musicalidad, el color áureo de sus armónicos, pero su imagen negando la libertad a todas esas mujeres me hace guardar sus discos en un lugar donde no me alcance la vista.

Dirán que hubo silencio. Como si el silencio fuese más culpable.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

El arte de dirigir

Escribir sobre el hecho de dirigir una orquesta/coro/banda supone la representación emocional de un cosmos cognitivo a través de un sistema expositivo condenado al fracaso. Cuestiones técnicas nos guiarían hacia un lugar común de entendimiento o de praxis a través de un código que ha evolucionado a la par de las exigencias sonoras y no tanto evolutivas del pensamiento musical abstracto. 

Desde un punto de vista absolutamente práctico, dirigir una orquesta consistiría básicamente en no perturbar a los músicos que la forman, en tanto que conocedores del lenguaje, del repertorio, de las dinámicas de coordinación corporativas y, por tanto, capacitados para interpretar la música más compleja sin el concurso del director. Por lo tanto, ¿cuál es la aportación imprescindible de un director de orquesta? ¿qué plus de efectividad técnica y emocional tiene en sus manos que aportar? En definitiva,  ¿para qué sirve un director?

Las principales orquestas del mundo estando formadas por los músicos más solventes y celebrados no han prescindido, salvo rarísima excepción, de la figura del director como fundamento de su indagación del sonido. 

Cabría pensar que la unificación en el criterio sostendría el argumento. No obstante, como se ha referido anteriormente, la participación de un director no es óbice para la concertación y, en todo caso, un director suficiente con gesto clarificado y en conexión con el sonido nunca podrá ser percibido de igual forma por un oboe, tuba, timbal o contrabajo, por poner un ejemplo, toda vez que su posición en el escenario ofrece un prisma de visión diferente en cada caso.

La reacción espontánea derivada de un impulso motor dado que corresponda con un inicio del discurso sonoro y su puesta en acción (serena o enérgica) tendrá diversas lecturas de ejecución con un margen razonablemente pequeño de imperceptible imperfección como consecuencia de la mecánica y prestaciones de cada instrumento.

Un gesto quironímico o una falta del mismo pero suficientemente mostrada emocionalmente puede ser excelente para un instrumento en particular pero no necesariamente ha de ser la mejor opción de ataque de otro y  de estos con respecto a la voz, cuando participa, siendo como es que el director no puede realizar una indicación que sea recibida con un grado de aceptación y satisfacción igual por parte de todos los músicos.

La pregunta resultante es si el director debe abandonar toda tentativa de unificación o si la falta de la misma se constituye, según el principio de incertidumbre, en un marco de referencia válido, aunque escaso, para ello. La posibilidad más ajustada a una construcción pura tanto desde el flanco armónico como del estético podría derivarse de la segunda opción que apuntamos, esto es, la no exhibición de un punto de referencia universal. Esta opción se justifica bajo el principio de acción-reacción. 

Una acción que contenga una información precisa del devenir musical sin mostrar el punto exacto de la reacción mediante un estado de alerta en el cerebro reptiliano del músico que, por pura supervivencia gregaria y comunión del devenir antropológico, convergerá en un sonido ajustado a la proporción del tempo determinada consciente o no por el director, puesto que el cerebro tiende a completar lo que falta en un discurso que bajo un esquema o patrón está incompleto.

Los directores más relevantes de la historia no hablan de su técnica sino de su utilidad a la música y de esta a la sociedad. De lo contrario, se caería en al sospecha de que solo hay un camino hacia la perfección del hecho de dirigir en lugar de los caminos que llevan a las diferentes experiencias a la hora de disfrutar del arte sonoro. O, peor, que solo un tipo de directores es el garante y albacea de la verdad. ¿Qué verdad?

Cualquiera puede dirigir pero no rescatar del alma del músico la belleza de su interior para transmitirla al público, Ricardo Mutti dixit. Leopold Stokowski también hacía una loa poética a la creación musical en general y a la dirección de orquesta por extensión al afirmar  que al igual que el pintor dibuja sobre un lienzo en blanco, el músico lo hace sobre el silencio. Otros, más prosaicos hablan de un punto imaginario de inflexión o íctus sobre el que la gravedad ejerce su inapelable influjo precedido de una inercia motora o levare/anacrusa/auftakt/up beat.

En cualquier caso, el objetivo es la construcción sonora bajo los parámetros socio-culturales adquiridos durante los últimos cinco siglos sobre una verdad matemática y, acaso, la búsqueda de una hipótesis plausible y universal de lo que, humanamente, entendemos como belleza.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Asociación Músicos Ibiza, reload…

Independientemente de estilos, géneros, tendencias, épocas o modas, más allá de si se usan como medio de expresión instrumentos y tecnología del siglo XVIII o del XXI, conviene reducir la apreciación de la Música en dos únicas categorías: la buena y la mala o -de una formad más precisa- a la dicotomía entre Arte Sonoro vs Sonidos de Impacto Mediático.

El gusto o la preferencia corresponden al ámbito íntimo y no debiera ostentar valor argumentativo. Desde un punto de vista kantiano „las condiciones de todo conocimiento no son puestas por el objeto conocido, sino por el sujeto que conoce”.

En Ibiza, a pesar de las obligaciones y condiciones limítrofes que impone el mar, la estadística del talento juega a favor:¡cuánto iniciativa artística en tan poco territorio! Por eso, una Asociación de Músico que aglutine interese comunes entre músicos ibicencos se hacía más que necesaria. No obstante, para hablar de una verdadera asociación cabría saber, antes que nada, qué se entiende como tal y cuáles son sus elementos constitutivos para que los posibles aspirantes a formar parte dispongan de la información suficiente y así sentirse representados.

¿Una asociación para todos aquellos que usan la música como solaz personal? ¿Músicos son los que hacen de la música su medio de vida? ¿Músicos son aquellos que se definen como tales unilateralmente? ¿Acaso los formados en sus diferentes estilos o con un bagaje sustancial y contrastado? ¿Los que usan la expresión musical como parte significativa de su ocio? ¿Los que exigen y/o merecen un salario acorde a su talento? ¿Los que se conforman, por el contrario, con transaccionar sus habilidades con la moneda del trueque (barra libre)?

Los músicos podrían llegar a sentir cierta zozobra a la hora de elegir respuesta o identificarse con alguna de estas preguntas. Por tanto, por muy loable que sea (que lo es) identificar la solución de los problemas a través del asociacionismo, conviene intentar al menos proponer soluciones.

¿Sería posible lograr un consenso para establecer un convenio vinculante entre los músicos asociados consistente en una tarifa mínima exigible en función del tipo de evento o actuación?  De este modo, la competencia propia de cualquier actividad profesional se basaría en términos de calidad (al alza) y no de precio (a la baja) al tiempo que se daría respuesta a alguna de las preguntas más arriba formuladas. Si tenemos en cuenta los precios que se manejan en otras áreas del ocio en la isla nadie debe temer por la estabilidad de la ley de la oferta y la demanda.

¿Sería posible comunicar a las agencias y empresas de ocio musical de la isla los compromisos adquiridos por los asociados en cuanto a las competitivas tarifas artísticas en pos de la profesionalización de la música del mismo modo que, como justamente se asume, se entienden como profesionalizados otros servicios ofertados como es el del sector del ocio, hostelería y bodas?

Estas medidas resumidas en dos preguntas no están basadas en una cándida y naïf ocurrencia sino que, muy al contrario, son propuestas seriamente valoradas y aprobadas entre los músicos de otras comunidades autónomas con notable éxito y dignificación del gremio.

En definitiva, una Asociación de Músicos que no de acomodo a la queja si no es estimulada con redes de colaboración y avance por recuperar la posición social del músico donde le corresponde como sucede, sin ningún atisbo de duda, en cualquier otra profesión. Así mismo, que vele por la erradicación del intrusismo y establezca filtros de calidad en cada uno de los estilos, géneros, tendencias, épocas o modas que cohabitan bajo en amplio abanico del arte sonoro.

Otra cuestión a valorar es la del respeto al entorno sociológico donde se desarrolla toda actividad artística. En el caso de Ibiza, lugar de paso, de influencias, de cruce enriquecedor de culturas, sería razonable que, como músicos, nos formulásemos preguntas tales como:

¿Compraríamos nuestro producto si, en un hipotético cambio de rol, tal cual nos fuese presentado por otro músico?

¿Podemos contestar con honestidad si nuestra propuesta es la misma que ofertaríamos en Madrid, Barcelona, Estocolmo o Nueva York o -al contrario- pensamos que en Ibiza todo vale como lugar para testar nuestras posibilidades?

Acaso estas cuestiones podrían dar luz sobre el hecho artístico que supone la exhibición pública de determinados espectáculos y sobre si los artistas que la Asociación de Músicos acogiera nutren la actividad musical de la isla a través de un verdadero compromiso  con la música y, por ende, por un profundo respeto al público y a la isla.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Ibiza: sociología y música

No tengo ideología, tengo biblioteca, Arturo Pérez-Reverte dixit. Esta frase bien resume la gestión de los acontecimientos que en el ámbito de la música acaecen en nuestro país en general y en Ibiza en particular desde hace ya demasiado tiempo, esto es, la falta de empatía con el conocimiento y el uso indiscriminado de la información sin reflexión.

Quizás el mundo, nuestro mundo, crece en información, esa madeja que elaboramos para no enfrentarnos con el conocimiento sustentado en la verdad, esa quimera. La buena noticia, no obstante, es que la información sin filtros caduca al instante y lo que perdura es el conocimiento, para quien lo quiera conservar.

Ibiza es un ejemplo paradigmático en lo que se refiere a la información que sobre la isla exportamos: los excesos del verano, personajes de difícil definición, etc. pueblan los informativos nacionales. Rara vez Ibiza es tomado como modelo ejemplarizante de una noticia, pongamos por caso, de los avances en materia cultural y, por extensión, musical.

Que tengamos dos premios Loewe de poesía, músicos brillantes tocando por el mundo, artistas plásticos de referencia… no parece trascendente. Que la producción de música clásica de calado tenga cada vez más presencia, tampoco.

Pertenecer a una sociedad que no empatiza con el éxito ajeno tiene sus concomitancias con el eco mediático del mismo. Pocas profesiones son menos corporativas que la música, lo que se da de bruces con la sustancia que la conforma: la emoción y la catarsis. Y aquí tenemos el primer desafío como músicos que convivimos en un espacio geográficamente limitado.

Cualquier músico aprecia el valor educativo, de desarrollo y de mejora de los valores de una sociedad pero trasladar esos valores al propio gremio se ha convertido en una heroicidad.

Comprometerse con el arte sonoro no es tan solo ejercer con profesionalidad sino evitar que esta aptitud no se sustente sobre la envidia y el veto entre los propios músicos. El corazón no puede amar y odiar al mismo tiempo. Así que cabría autodefinirse y autoposicionarse ante la actividad musical de terceros.

Nada de lo que soñamos como músicos será posible si negamos lo que otros son capaces de construir. En este sentido, no tiene ningún sentido una crítica sin criterio. ¿Debemos admitir una crítica aun constructiva por parte de quien nunca ha construido nada? ¿consejo de quienes han sido domesticados?

En el lado opuesto de la balanza (opuesto en tanto que complementario) se halla la acción política tan criticada desde las posiciones musicales improductivas y desde la ideología (con biblioteca o no) interesada. ¿Hay que exigir a la acción política responsabilidad sobre el devenir musical en Ibiza? ¿son nuestros políticos los culpables de aquello que manifiestamente debe mejorar en el mundo musical de la isla?  

Las respuestas automáticas pueden llevarnos a callejones sin salida toda vez que exigiría incómodos argumentos y, sobre todo, frecuentar la autocrítica. Dicho de otro modo, personalmente no apoyo la tesis de la respuesta automática puesto que el buen uso de la vida musical y la correcta gestión de los recursos con los que cuenta, corresponde única y exclusivamente a los músicos.

No crea el lector que defiendo la política cultural de este país: desde 1857 ha habido 7 planes de estudios, 5 desde 1980. Las consecuencias están a la vista. Lo único que intento exponer es que la responsabilidad de mis resultados no depende de otros sino de mi esfuerzo y compromiso con la calidad. Tampoco quiero que sea de otro modo.

Una vez que la acción política devuelve parte de nuestros impuestos a través de subvenciones, esponsorización, apoyo institucional, partidas presupuestarias, contrataciones,… a un ente musical, corresponde a éste hacer un buen uso de los recursos, fomentar las buenas prácticas musicales y humanas y establecer prioridades de crecimiento en el ámbito personal, académico, pedagógico y artístico. En una palabra, merecer la ayuda institucional.

Un Concejal, Conseller, Delegado Provincial, Inspector, Ministro… no está presente en un ensayo de un coro, orquesta o banda bajo la tutela administrativa, ni en un aula donde se imparten enseñanzas musicales. No hay ejemplos de cargos que se dediquen a asistir a los directores musicales en sus quehaceres. 

Por lo tanto, ¿qué responsabilidad ostenta cada parte? ¿estamos los músicos  exentos de responsabilidad? ¿qué hemos hecho, qué hacemos para seguir siendo un colectivo instalado en la improductiva queja? ¿nos mostramos con la profesionalidad, humanidad, educación e imagen correctas? ¿deberíamos prever la interacción política adelantándonos en la resolución de conflictos? ¿hacemos todo lo posible para favorecer un clima adecuado para el funcionamiento musical en Ibiza?

Debemos exigir a los políticos su implicación en el crecimiento de la música en Ibiza siendo como es que esta pequeña pero gran isla del Mediterráneo cuenta con un número creciente de músicos excelentes. Pero nosotros, no podemos seguir señalando a los que ponen los medios (sí, cierto…debemos exigir más) mientras entre nosotros no somos capaces de crear vínculos de empatía y de colaboración para fomentar un verdadero sector musical productivo.

Del lado de los sonidos de impacto mediático lo han conseguido, ¿por qué no una verdadera profesionalización del arte sonoro?

Es el momento de pasar de la sorpresa a la reflexión por cuanto acontece. Hacernos la pregunta honesta y sincera de hasta dónde hemos intervenido en aquello que nos sucede. Primero, mostremos. Después exijamos. Por último, seamos consecuentes con los resultados.

Mi deseo para 2020 es que los músicos de Ibiza tengamos la capacidad de compartir y dejar de competir y que la queja no sea la moneda con la que transaccionamos nuestro arte.

Juan F. Ballesteros

músico y escritor

Eduquemos

Si el cerebro -afirma la ciencia- no acaba de formarse completamente hasta una edad entorno a los 25 años, la mera posibilidad del impacto que la tecnología pueda tener sobre nuestro principal órgano en los más jóvenes se presenta como preocupante.

El futuro tendrá razón cuando veamos los resultados en una generación sobrexpuesta sin tregua al estímulo digital. Nuestro cerebro es, además, mucho más activo en sus conexiones neuronales en procesos de reposo, ensoñación, meditación, zozobra…, lo que hace presuponer por lógica una merma de su actividad cuando una parte de los educadores (esta categoría estaría encabezada por los padres y madres) no fomentan el ocio creativo, espacios sin actividad o el más útil de todos ellos: el aburrimiento. 

Razonar una justificación en defensa del uso de ciertos dispositivos y aplicaciones sin otro argumento que el de mantener ocupados a los jóvenes o, peor, estimular aspectos cognitivos,  no solo no supera el filtro más elemental de la pedagogía, del sentido común -sobre el que se debería sustentar- sino que nos situaría a quienes no hemos tenido acceso a esta tecnología en nuestra niñez y adolescencia en el plano de la ignorancia, sombra creativa y habilidades limitadas.

Huelga decir que la ignorancia, ignominia y estulticia son -desgraciadamente- atributos intemporales consustanciales a la naturaleza humana, sin importar épocas ni territorios. La tecnología -si se quiere seguir el hilo del argumento- no será la solución per se para alumbrar nuestro pensamiento critico, creatividad, memoria y, por ende, humanidad.

Tan sospechosa resulta la defensa de la tecnología sin reflexión por parte de los progenitores como cuando esta viene abanderada por los pedagogos auto proclamados modernos.

Quizás -abro paréntesis- la modernidad no sea otra cosa que aquello que el adjetivo define, esto es, perteneciente o relativo al tiempo de quien habla o a una época reciente. O, en su segunda acepción de la RAE, contrapuesto a lo antiguo o a lo clásico y establecido. Pero sabemos que el término va más allá. En nuestro insconsciente colectivo (esa nube) atribuimos contrapesos de bueno y malo al término y a su opuesto. Lo moderno es, pues, bueno en contraposición de lo antiguo y malo. Tomar la parte por el todo enfanga cualquier intento retórico.

Como deudores que somos del pensamiento presocrático, nuestra percepción de la realidad es limitadamente dual. Sí o no, bueno o malo, moderno o antiguo… sin reparar en que los matices del proceso de transformación de un concepto a su contrario son infinitos como estudian con acierto otras corrientes filosóficas no europeas.

Podríamos entrar a valorar sin juicio moral o ético alguno si es más o menos moderno taladrar los lóbulos de las orejas en las niñas -y después a los niños- tal y como se hace desde tiempos inmemoriales en las tribus primitivas no industrializadas de los confines del mundo. ¿Acaso estas prácticas no limitan con lo sexista? Cabría pensar si la música que denominamos moderna y que ofrecemos sin control en la dosis a nuestra prole lo es aunque pertenezca a ritmos con arraigo primitivo, tal y como todavía pueden encontrarse en la música africana o javanesa. 

¿Es moderno mirar la etiqueta de un producto para conocer sus componentes pero ofrecemos música a granel sin pensar en la motivación de sus creadores actuales (modernos) basada en la misma motivación que hace miles de años tenían en las tribus para celebrar sus ritos animistas?

Volviendo al cerebro. quizás hemos desarrollado esta oposición de términos para salvaguardar nuestra incapacidad de entender el mundo. La nueva pedagogía rehuye de conceptos como memorización, diferenciación o jerarquía. No les son válidos porque provienen de un pasado ¿del único régimen fascista que triunfó en Europa (el de nuestro país), de la sociedad industrializada, del capitalismo piramidal, del comunismo postcristiano…?

Atendiendo a lo que los neurocientíficos postulan, la memoria es puramente creativa. Acumulamos información que vamos suplantando en el recuerdo para configurar una realidad cambiante. Sin memoria (hablo exclusivamente en términos neuronales) no hay creatividad. 

Del mismo modo, los momentos de encuentro con las grandes ideas no tienen lugar cuando nos hallamos hiperconectados sino que es en momentos de gran actividad del pensamiento, compulsiva y obsesivamente, cuando se siembra la idea que solo surje (momento-eureka, en palabras del neurólogo Facundo Manés) en momentos de baja actividad (aparente), reposo, ensoñación, meditación, zozobra o aburrimiento.

Como individuos únicos que somos, la educación transversal, igualitaria y horizontal no puede ser tenida en cuenta en serio. Si hay personas diferentes (procesos cognitivos, coeficiente, capacidad de abstacción, creatividad) todo ello sin entrar en cuestiones de personalidad, ¿cómo la educación puede ser igual para todos? La resultante que el futuro nos mostrará será la de un ejército de nadies.

Jerarquía es un término que nos repele y en el contexto educativo es más que sospechosa. El Maestro, como entidad intelectual, humana y social, está en crisis a pesar de su épico trabajo sobre todo si es capaz de visionar otra forma de enseñar, que no se entrega a los arrullos de la comodidad pedagógica inventada por otros que, dicho sea de paso, en muchos casos jamás han estado en un aula. 

Estos Maestros, héroes de nuestra sociedad, están en crisis -digo- no solo porque históricamente se ha tenido recelo hacia ellos minusvalorándoles su trabajo sino porque han dejado de ser los albaceas únicos del conocimiento.

Una persona considerada culta en el siglo XVI disponía de menos información de la que podemos encontrar en el suplemento dominical del New York Times. El alumnado con un smartphone ¡qué contradicción de términos! tiene a su alcance tanta información que el Maestro. 

Por tanto, ¿cuál es su función? Sobre todo y en mi opinión, ejercer de vehículo para estimular la creatividad del pensamiento crítico. Transmitir el mensaje de que el conocimiento no es acumulación de datos sino la gestión de los mismos, que los datos sin gestión y sin compartirlos con otro humano (presente) no sirven.

Ejercer su autoridad -palabra que espeluzna a los pedagogos modernos- tiene todo el sentido en tanto que el educando no puede estar en el mismo plano de acción educativa que el educador, y, sobre todo, reinventar una profesión que tiene prestigio en aquellos países donde los derechos sociales y la economía son boyantes ¿casualidad? Y sobre todo, para toda la comunidad educativa, ayudar al alumnado en su preparación para equivocarse, verbo tan poco transitado y rehuído. 

La escuela moderna, la sociedad moderna estigmatiza el error. Nadie ha creado algo importante sin haberse equivocado muchas veces.

En una zona rural de Estados Unidos donde el único idioma que jamás se había escuchado y se usaba era el inglés se realizó un experimento con un grupo de niños de entre 3 y 5 años. Se les aisló en tres grupos tras un estudio que establecía que los parámetros de coeficiente, capacidad de aprendizaje y memoria creativa eran del mismo rango en todos ellos. Cada grupo recibió clases de chino durante el mismo período de tiempo. El grupo uno recibió clase de un profesor chino presente. Los chicos del grupo dos recibió exactamente la misma información, con el mismo profesor, utilizando exactamente las mismas palabras pero a través de una pantalla. Y el tercero tuvo la misma clase pero a través de audio (auriculares).

El grupo uno aprendió a utilizar, comprender y relacionar unas pocas palabras en chino. El grupo dos y el grupo tres, aun recibiendo la misma información pero por diferentes canales, no aprendió ninguna.

Ya no es cierta la afirmación de que somos seres racionales. Somos seres emocionales. Necesitamos la emoción para desarrollar nuestra parte racional y para ello necesitamos interlocutores emocionales y no emoticonos. Ningún tutoríal audio-visual sustituirá jamás la presencia de un Maestro .

Más personas y menos máquinas que, pudiendo llegar a ser mucho más racionales, no tendrán nunca la emoción que nos conecta con la vida. 

Juan F. Ballesteros

músico y escritor

Matyáš Novák. El pianista llamado Futuro.

Matyáš Novák es  pianista. La madurez es ajena a su edad (21) y el futuro le espera arropado en éxito.

Just4You Music Solutions representa en exclusiva a Matyáš Novák en España y Portugal.

Hará su presentación en el Ateneo Barcelonès (c/ de la Canuda, 6 Barcelona) el próximo 5 de diciembre a las 19.00h.

Sin la inmediatez de los artistas sobredimensionados. Extraño a la prisa pero firme en sus pasos. Matyáš ha alcanzado la mayoría de edad de la excelencia.

Un repertorio al que no todos se asoman es dominado con la absoluta maestría del iniciado en la técnica del autocontrol.

Laureado y aclamado en Europa dejando un rastro de legado auténtico que muy pocos si quiera alcanzarán a soñar. 

Admitimos la exageración, pero no podemos por menor que mencionar su -acaso- aroma a Horowitz.

Matyáš Novák ha sido ganador de una serie de concursos nacionales e internacionales. Se ha hecho un nombre como uno de los pianistas más prometedores de su tiempo a través de su extraordinaria expresión armónica, su amplio repertorio y su forma única en el tocco.

Matyáš comenzó a tocar el piano a la edad de cinco años. Actualmente está estudiando el Conservatorio Pardubice en la clase de Jitka Fowler Fraňková.

También es estudiante en la reconocida academia de piano “Incontri col Maestro” en Imola, Italia, donde estudia desde 2013 con Vovka Ashkenazy, desde 2017on Boris Petrushansky.

Matyáš es ganador de numerosos concursos de piano no solo en la República Checa, sino también en España, Eslovenia, Austria, Alemania, Polonia y EE. UU. Y es un miembro de PETROF Art Family.

Muy activo en su país realiza recitales cada año también Alemania, Austria, Polonia, Luxemburgo, Eslovenia, Eslovaquia, Noruega, Serbia, España, Italia y Estados Unidos. En 2015 y 2016 obtuvo un gran éxito en su gira por China.

Colabora regularmente con varias orquestas profesionales checas (la Orquesta Filarmónica de Brno, la Orquesta Sinfónica de Radio de Praga, la Orquesta Filarmónica de Hradec Králové, la Orquesta Filarmónica de Cámara de Pardubice, la Orquesta Filarmónica Janáček, la Orquesta Filarmónica de Bohuslav Martinů, la Orquesta Sinfónica de Bohemia Occidental, la Orquesta Sinfónica de Bohemia Occidental, Orquesta de Cámara Quattro).

Es invitado a festivales nacionales e internacionales y participa en clases magistrales impartidas por los mejores artistas de su campo de estudio.

 

De lo sublime

Si la doctrina, comúnmente aceptada que ejerce una inequívoca inercia hacia los usos y costumbres de consumir arte sonoro, consiste en su más profundo fundamento en agradar al receptor, encontraremos un fatigante y yermo camino hacia la humanización de la sociedad, cada vez más animalada, con el debido respeto hacia los animales.

Los impulsos más básicos se imponen toda vez que alimentos por la fácil excusa y justificación de la victoria del cerebro reptiliano, cuya formulación está tan en boga, que si bien forma parte de la capa más profunda y arraigada de nuestra psique no debiera verse vencida si no es por el pensamiento gobernado por una entrenada razón.

La música dirige su vibración a la razón, a la retórica y lenguaje y también a la emoción, siendo esta última la que se pone de manifiesto con atribuciones jerárquicas superiores frente a las que requieren una acción consciente (esfuerzo) por parte del oyente.

Explotada esta idea e idealización de la música, la emoción constituye por sí sola el corpus hacia donde indica la brújula de la voluntad más somera. Tanto es así, que se construye sobre este planteamiento una mercadotecnia alrededor de la música que excluye  toda participación de la razón.

Esta confusión en los términos que definen el arte sonoro hace emerger una sonorización global basada en una superficial, transitoria y errática emoción que solo se sustenta, de un lado, por una sociedad no pensante (y poco sintiente) y conformada  y, del otro, de una economía que apuesta por una emoción gregaria basada en la asociación común de imágenes y sensaciones teledirigidas.

Sin duda, se trata de una democratización del consumo de la música o, mejor, de sonidos de impacto mediático. Pero una democracia falaz por cuanto que se ensalza solo una pequeña parte de la producción musical.

En la cara oculta del argumento se haya la música que precisa el concurso de la razón, del intelecto, de la acción de poner en funcionamiento el bagaje y la experiencia vital. Una música que se adhiere a todas las capas del pensamiento incluido el de la emoción sublime. 

Un arte sonoro que no se selectivo con sus oyentes, ni excluyente, ni elitista como los agoreros del progreso deudor de una industria musical desacreditada nos anuncia sin escatimar recursos.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Ego te absolvo

La música, como la vida, presenta infinitas oportunidades para fijar nuestra tarjeta de presentación. Nuestra marca personal no es otra cosa que aquello que de nosotros se dice cuando no estamos presentes. Presentes, por tanto, sembramos opinión a través de nuestro trabajo como intérpretes, creadores o propiciadoresde cultura.

Centrándonos en el ámbito de la interpretación, la falta más inaceptable es la desmesurada atención al ego cimentado y avalado de manera incomprensible sobre el valor del sentimiento y el gusto estético del transmisor entre el autor y el público.

Erigirse como celebrante en esta transmutación requiere una alta dosis de responsabilidad que, aun con la licencia que pueden otorgarse los más grandes, no está exenta de riesgos. La función del intérprete es traducir el código legado por el compositor, saber rescatar de entre el laberinto imperfecto del lenguaje acaso una parte del más profundo postulado técnico, estético y emocional del creador, ponerse poética, metafórica y metafísicamente en su piel. 

No hay interpretación más nefasta, aplauso más yermo y crítica más zafia que la que justifica y ensalza la presencia de sentimiento del propio intérprete. ¿Qué emoción nos interesa más, la del autor quien bajo unas circunstancias previas, motivaciones inequívocas y exposición al mundo a través de sus emociones se muestra o la del intérprete que elige aquellos ítems emocionales que casan con su percepción tangencial de la obra musical? Que el intérprete participe de esta emoción, pero como un espectador -privilegiado, no obsta en contra del argumento.

¿Qué autoridad tenemos como intérpretes para dilatar un tempo dado, para desvirtuar una articulación determinada, para enfatizar ad libitum (o ad nauseam) o mover dinámicas de manera más o menos ocurrentes? ¿acaso el genio del compositor no alcanzó para dejar explícita o implícitamente plasmadas sus intenciones?

El buen gusto, en el mejor de los casos, no es mucho más que una desviación de la verdad musical que el compositor imaginó, muy alejada del rigor que conlleva el conocimiento del idioma en el que el compositor expuso sus ideas y emociones.

¿Qué hace que el intérprete adopte una posición limítrofe con el ego? ¿su formación (o falta de ella)? ¿aspectos sociológicos e idiosincrásicos de su devenir musical? ¿una inclinación per se hacia una conducta egocéntrica? y de ser así, ¿de dónde viene esta inclinación?

Una reflexión retrospectiva hacia los momentos en los que nos mostramos al mundo podrían ofrecernos una anatomía del instante y, por ende, una resultado interesante del auto test de nuestra capacidad de regar el jardín de Narciso.

Un músico promedio se ofrece de manera continua, incluso sin apenas ser consciente. En cada acto de su quehacer cotidiano puede ofrecer información muy valiosa para definir su marca personal. Cada gesto del pensamiento compartido, la comunicación no verbal, el control del lenguaje y la falta de freno al expresarse cuando busca una remuneración emocional o un voto positivo y enfático (energía del simpático) que corrobore su cómoda autoafirmación.

No obstante lo expuesto, la lectura que podemos ofrecernos no siempre ha ser coincidente con la valoración externa puesto que un músico se muestra dentro de un espectro amplio de posibilidades.

Una personalidad expansiva tenderá a perder el control del ego mientras que una personalidad reflexiva a dominarlo. La motilidad o facultad que tiene la materia viva para moverse como respuesta a estímulos exteriores, puede hacer que la idea (común) del yo, necesaria antropológica y sociológicamente para el crecimiento del ser humano en relación con su entorno, devenga en la del super-yo, manifestación de la tensión freudiana entre el ID o fuerza natural que nos aboca a la satisfacción inmediata de los deseos y el SUPER-EGO, que realiza los juicios morales. 

El Yo Consciente sería el balance y equilibrio entre ambos conceptos. Si triunfa el ID, vendrá la neurosis. Si lo hace el Super-Ego, la culpa. Otro ejemplo que nos ofrece la lengua inglesa, es el de la diferenciación entre el I’m y el me.  (Pensémoslo).

Bajo estos conceptos ¿qué conduce a una exaltación del Super-Ego que exponga a los músicos y qué fuerza impide la consecución cómoda del ID? Sería fácil concluir que una actitud hedonista en extremo, que busca la satisfacción inmediata en forma de intro y exo afirmación continuada ha de devenir, por pura inercia, a la neurosis, entendiendo esta como alteración emocional básica exenta de patología física.

El músico neurótico, cuya razón de ser es la de vivir angustiado por un presente que es y un futuro incierto, basa su comportamiento en relaciones ancestrales desiguales no manifestadas conscientemente.

El músico culpable es el paradigma del ser que se condena a sí mismo y decide en exclusiva merecerla mediante juicios imaginarios y, de todo punto, falsos.

El pensamiento presocrático ha determinado nuestra concepción del ser en oposición al trans-ser que proclama el pensamiento de la ancestral filosofía china.  Lo que somos en un instante preciso de nuestra existencia frente a lo que vamos siendo de un instante a otro.

Somos consientes (ser) de envejecer pero no vemos como envejecemos, sin embargo lo hacemos. No vemos crecer una flor en su trans-formación sino en su resultado ulterior.

El origen de todos los caminos, el kilómetro cero de la personalidad bascula entre la dualidad del ser (sujeto/acción) y el trans-ser (proceso/silencio). Silencioso en tanto que invisible, que no inexistente.

La correlación de factores que llevan del sujeto como actor de lo local, aquí y ahora (hic et nunc) frente lo global (whole world) de la constatación de resultados (transformación) abren una puerta al estudio del entretanto que nos lleva de un estadío a otro.

La filosofía nos enseña a pensar el mundo. La psicología, quizás, a dudarlo. La música (el arte), acaso, a re-inventarlo. Equilibrio perfecto de fuerzas contrapuestas donde el ego no cabe.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor