Valor y precio

Una de las estrellas más rutilantes de la dirección de orquesta mediática percibe del orden de un millón de euros por concierto. Seguramente, este dato puede hacer que las personas que nos son músicos se lleven las manos a la cabeza. No obstante, lo preocupante no es esto. Lo es que no pocos músicos también lo hacen.

La cotización de los músicos sigue siendo un tema controvertido, toda vez que se nos sigue situando (y, en parte, aceptamos) entre los límites perceptivos del entretenimiento. Nadie duda del posicionamiento de una figura de la música de impacto mediático en términos de salario económico, como tampoco de su realización personal en términos de salario emocional.

En la órbita de la música de evolución clásica sigue siendo una especie de tabú hablar de una cotización al alza ya que nuestro salario emocional debiera compensar con creces cualquier otra consideración materialista. Esto ocurre muy especialmente en el mundo musical de proximidad donde los directores de coro no salen, precisamente, bien parados.

Todavía existe en el pensamiento coral colectivo que un director de coro se realiza tan solo ejerciendo su labor musical sin atributos crematísticos que lo sustenten. Y así es, de hecho, pero solo en parte. Los directores nos hemos formado de una manera muy precaria y ello ha conllevado ciertos tics que en poco o nada nos han beneficiado.

Todavía hoy son numeroso los conservatorios y centros especializados de música cuyos catedráticos y profesores de dirección coral jamás dirigieron un coro como titulares y, muy esporádicamente (en algunos casos, nunca), como tangenciales invitados. Desde este prisma, hemos emergido en un caldo empobrecido que, obviamente, ha tenido una repercusión apreciativa en la sociedad colindante.  

En honor a la verdad, cabe decir que los directores hemos tenido que (re) formarnos una vez concluidos los estudios reglados fuera de nuestro país. Por tanto, la aceptación de trabajos de supervivencia en unos casos, experienciales en otros, nos hay llevado por una deriva en cuanto al posicionamiento que los directores de coro tenemos, incluso, entre la comunidad musical en general. 

Esta es una parte de la realidad: los directores, carentes de instrumento físico diario como sucedía en nuestro estudio en la especialidad instrumental, hemos tenido que construir nuestra marca personal artística desde los sótanos de la actividad sonora en una espiral viciosa de la que muchos no han logrado emerger.

Esta etapa de la formación activa del director se ha correspondido en la mayoría de los casos con la moneda del agradecimiento y bondades emocionales, absolutamente necesarias pero poco nutritivas. Quienes han superado esta etapa, se han visto en la tesitura de tener que justificar continuamente la obviedad de la transacción económica. Los más valiente, reivindicando y no trabajando por menos de lo mínimamente digno. Otros, sucumbiendo a la única realidad alcanzable.

¿Qué hemos podido hacer mejor los directores a la hora de validar nuestro trabajo a través de un salario económico y no solamente emocional? ¿Hasta qué punto somos responsables de que todavía hoy haya directores y directoras de coro que no perciben remuneración alguna por un trabajo tan especializado?

Huelga decir que los advenedizos sin formación que gozan del permiso de dirigir tan solo porque no perciben un salario socavan de una manera terrible las posibilidades de redención de un colectivo profesional.

¿Cuánto vale un director? ¿Quién lo decide? ¿Deben todos percibir lo mismo? Aquí entra en juego un dato nuevo en la ecuación: el valor. Entre el precio y el valor se establece una dicotomía que conviene analizar con detalle.

Toda queja que se precie, para ser justos, debe tener una concomitante lectura de autocrítica. En este sentido cabría preguntarse si la transacción entre el valor que un director ofrece a un coro y la respuesta económica subsidiaria se hallan en un perfecto equilibrio.

Un coro de proximidad requerirá un director altamente cualificado para sostener, emancipar y hacer crecer al colectivo. La excusa de que un coro modesto tiene suficiente con un director de la misma categoría no se sostiene.

¿Son los directores conscientes de su posición dentro de un colectivo socio-musical? ¿Están ofreciendo aquello que les permita exigir un sueldo que justifique su trabajo en términos de producción? ¿Con qué parámetros se mide la relación contractual de un director en relación al producto artístico consiguiente? ¿Son los directores que tienen a su cargo o tutela jóvenes aspirantes, ayudantes, subdirectores, … lo suficientemente generosos y justos de acuerdo con el trabajo que realizan? ¿Estamos, en fin, estimulando cada uno desde nuestra posición una atmósfera propicia para alinear el precio y el valor de un director de coro?

En una economía de mercado, el precio de un producto o servicio no solo depende de la oferta frente a la demanda. El precio de un producto o servicio, en última instancia, depende de lo que un consumidor esté dispuesto a pagar por él.

Como directores, deberíamos tener muy claro cuál es el valor que aportamos a un coro y ser capaces de transmitírselo ante una eventual contratación. Los coros, como entidades (públicas o privadas) debieron acostumbrarse a que un buen director es más caro que un mal director, por muy obvio y simple que sea el planteamiento.


Un coro de proximidad requerirá un director altamente cualificado para sostener, emancipar y hacer crecer al colectivo.

Además, debería instaurarse como práctica habitual y generalizada  la figura del subdirector (que no, jefe de cuerda que hace las veces de director sustituto) remunerado, de manera que la formación post conservatorio de los aspirantes a directores puedan ser valorados desde sus inicios.

Los resultados en el corto plazo no tardarán en ser evidentes: un mundo coral más cualificado. Los directores valorados y los coros con más posibilidades de revalorizar su servicio como consecuencia de una mayor cota de resultados musicales y, por tanto, facturables.

Acepto el argumento de que no todos los coros podrían hacerse cargo pero, de entrada, estoy convencido de que son más los que podrían que los que no. 

En el caso de la música es donde más puede hallarse esta fluctuación. Si hay un (o más) director de orquesta que percibe cerca del millón de euros por concierto y hay quienes, con la misma formación (aunque igual no impacto mediático) a penas perciben para pagar las facturas, algo debe estar ocurriendo para que no nos detengamos a pensar si el precio final nos lo están imponiendo o lo estamos condicionando con nuestra actitud pasiva y, por tanto, lesiva para un colectivo.

¿Son los directores que tienen a su cargo o tutela jóvenes aspirantes, ayudantes, subdirectores, … lo suficientemente generosos y justos de acuerdo con el trabajo que realizan?

El valor, es el elemento diferenciador. ¿Qué valor aportamos? Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a aceptar bajo los parámetros de nuestro valor.

En una ocasión, un músico recibió una llamada de un empresario para realizar un recital de una hora de duración en uno de sus hoteles. El músico solicitó mil euros por sus servicios. El empresario, espantado, exigió un desglose del precio en sus conceptos, dado que no podía entender que una actuación de una hora tuviera ese coste. El músico, por su parte, le envío una factura detallada de sus servicios, a saber: concepto uno, interpretar durante una hora, cincuenta euros; concepto dos, saber qué interpretar durante una hora, novecientos cincuenta euros.

No sé cómo acabó el trato entre el empresario y el músico. Es posible que el empresario aceptase la oferta o, quién sabe,  si no una de estas opciones:

a) el empresario no cedió y el músico aceptó un precio inferior a su valor,

b) el empresario no cedió y el músico declinó la oferta aún sabiendo que otro músico con menos valor auto otorgado, aceptaría.

Como director, ¿con qué perfil de músico te identificas?

Juan F. Ballesteros
músico y escritor (afectado)

Encuentros en la 3ª Fase

Conviene revisar con frecuencia los propósitos ante la inminencia de su cumplimiento puesto que, cuanto menos, pueden ponerse en marcha desprevenidamente o, cuanto más, haber sido superados por otros más propicios.

Es lo que pasa en el mundo coral que, eminentemente, es vocacional, amateur (de amadores), a pesar de que los sueños de algunos directores navegan por una profesionalidad ora fingida ora irreal. Nuestro hábitat es el maravilloso mundo amateur, aunque tan sufrido y estigmatizado socialmente.

Siendo así, la vocación de compartir música supera en el instrumento-coro la expectativas de otros orgánicos, simplemente porque la reproducción del sonido pertenece  exclusivamente al concurso del cuerpo (del ser) donde la vivencia emocional, por consiguiente, ostenta el summum de la experiencia estética musical.

No obstante lo anteriormente dicho, esta experiencia es en esencia subsidiaria de la comunión entre cantores. El coro, como foro social, subsiste por la cooperación de la comunidad de cantantes. Los ensayos, con sus momentos previos, las pausas compartidas, los viajes, las comidas fraternales, los éxitos (sea lo que sea el éxito) y los fracasos (sea lo que sea el fracaso) y, por supuesto, compartir con nuestro público el trabajo realizado con tesón durante semanas, meses e incluso años.

Conviene revisar con frecuencia los propósitos ante la inminencia de su cumplimiento

Un coro no se dirige. Un coro se construye, se esculpe en su estructura social, se tejen sus emociones, se explora su sonido. Dirigir un coro es una búsqueda constante de la belleza. Dirigir un coro no es conformarse con un sonido precario, no es activarlo con la participación escasa de sus miembros, no es exponerlo a un vacío existencial, efímero y contrario a los propios principios de la acústica y de la estética (si no son la misma cosa).

Cualquier intento de de evocar los momentos mágicos de la experiencia coral caerán en una insuficiencia letal. No se duda de la buena intención, pero cuesta entender el objetivo último de la tendencia al mundo virtual.

Un ensayo con diez personas, no es un ensayo. Un cantor que canta mientras el resto tiene muteado el volumen, no es un trabajo de concertación. Un director dirigiendo al aire, no es un conductor del sonido…Si a todo ello le quitamos, además el elemento sustancial de la motivación social de compartir momentos, ¿qué nos queda? Toda vez que solo un porcentaje pequeño está asistiendo a estas clases on line estamos fomentado, acaso, un formato disuasorio de coro.

La alternativa, no es halagüeña, lo admito. Pero esperar a que vuelva el momento de compartir físicamente el espacio y el sonido puede ser una alternativa tan digna como cualquier otra.

Cualquier intento de de evocar los momentos mágicos de la experiencia coral caerán en una insuficiencia letal.

Aún así, algunos coros ya han vuelto a los ensayos presenciales, en pequeños grupos, enmascarados y sin valorar las consecuencias que puedan derivarse de apresurarse. Si no podemos estar todos, ¿realmente merece la pena? Me produce cierta zozobra y, por qué no decirlo, tristeza pensar en un ensayo coral sin expresión facial y un riesgo que, hasta ahora, no parece que nadie vaya a asumir ante una eventual enfermedad sobrevenida. 

Quizás, es momento de recordar lo vivido y soñar en repetirlo lo antes posible, puesto que mediante el uso abusivo de la tecnología en ensayos diezmados y audiciones corales con un sonido irreal, quizás, estamos quebrando poco a poco la magia que todos y todas ansiamos.

No acostumbremos al público a estas experiencias sonoras. No disuadamos al público advenedizo. No pongamos nuestro ego por delante la la música.

Entre los encuentros en la 3ª fase y una fase donde no falten terceros #YoMeEspero

Juan F. Ballesteros
músico y escritor (afectado)

Awakenings

Oliver Sacks, químico, neurólogo, divulgador y escritor británico (1933-2015) dejó un legado literario relacionado con sus experiencias médicas de hondo calado humano. Entre sus libros más importantes está el autobiográfico Awakenings (Despertares) que fue llevado al cine y protagonizado por Robert de Niro y Robin Williams.

Un emocionante relato de la lucha de este doctor por dignificar a enfermos desahuciados en un hospital del Bronx (New York) a los que atendió a finales de los sesenta, afectados por una parálisis con un factor común en el diagnóstico: encefalitis letárgica. Sacks definía a estos enfermos como personas atrapadas por la enfermedad que luchan por preservar su identidad.

Estos enfermos mostraban un cuadro de parálisis, una especie de estado catatónico que -en algunos casos- se había prolongado durante décadas. 

El doctor Sacks, no obstante, buscó la dignidad de estos enfermos tratando de encontrar un hálito de humanidad más allá de las funciones biológicas básicas. Buscaba estimular las capacidades superiores como pensar, expresarse, caminar o hablar, no sin el escepticismo de sus colegas médicos.

Mediante la debida estimulación y complemento químico, el doctor Sacks abrió una vía a la esperanza. Durante un tiempo muchos enfermos mostraron evidencias de mejora: se levantaron de sus sillas de ruedas, caminaron por los pasillos del hospital, volvieron a hablar… volvieron a ser personas.

Los resultados a largo plazo fueron menos optimistas. Hubo despertares durante los siguientes años. Algunos se mantenían en el tiempo, otros eran intermitentes. Pero después de tantos años de letargo se abrió una puerta a la esperanza. El doctor Sacks trabajó incansablemente en este proyecto hasta su muerte en  2015.

Silencioso es más exacto que invisible

François Jullien

Esta fascinante historia bien resume un hecho que, salvaguardando todas las distancias, tiene parangón en el aletargamiento que la sociedad -como ente vivo- va arrastrando desde hace demasiado tiempo acomodado como está en la observación sin reflexión, en la deriva existencial y en la consolación zafia frente al que se halla en una situación más desfavorable. 

Los medios de comunicación, las redes sociales y determinada música alienante hacen su fabuloso papel de contribuir a este estancamiento. La globalización no ha conllevado la promesa de una civilización fraternal y la economía fagocita con sus fauces bursátiles todo conato de visión humanística.

Pero este panorama desolador es solo una parte. La visible, la enfocada y la que cual mito de la caverna nos tiene lo suficientemente entretenidos y hastiados como para salir a ver qué otro mundo nos espera afuera.

Orientados y sugestionados para ello hemos creído que el mundo abundante es aquel al que solo otros tienen acceso, negándonos irremediablemente a disfrutar de ello. La educación, la cultura va en esa misma línea: la estandarización. Por ello, el que sale de la caverna verá un mundo nuevo, estimulante y abundante que los habitantes del viejo paradigma no comprenderán y, por tanto, censurarán a quienes osen descubrirlo.

 

Al acabarse las posibilidades químicas tuvo lugar otro despertar, que el espiritu humano es más poderoso que cualquier droga y que eso es lo que debemos alimentar, con trabajo, ocio, amistad y familia, que son las cosas importantes, las que habíamos olvidado, las más sencillas.

Oliver Sacks

Nuestra misión es salir de ese cuerpo enfermo, paralizado para vivir simple y llanamente como merecemos, tal y como hemos sido llamados a habitar. Tenemos que proveernos de las medicinas (herramientas) para alcanzar la salud (libertad).

El cerebro, que solo busca sobrevivir, se sentirá cómodo ante la pasividad, la falta de inquietud y, por tanto, de riesgos. La química de los neurotransmisores viajará entre las neuronas para proporcionarnos placer en la no acción. Nos proporcionará una situación melancólica que, como diría Víctor Hugo, no es otra cosa que el placer de estar triste. 

Ser feliz y ostentar libertad requiere coraje. Coraje, de corazón.

El doctor Sacks lo sabía. Conocimiento más Corazón. Este es el secreto.

(de „¿Qué vende un músico»)
Juan F. Ballesteros
músic y escritor

Música de cristal

Dijo el poeta: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Inmersos en una situación que desafía nuestro límite cognitivo bregamos por mantener intacta la inmaculada dignidad. Para ello no nos faltan recursos creativos para, acaso, domesticar nuestros días  en los términos que nos concede la vida.

La tecnología, la que de momento no es capaz de sacarnos del pozo, mantiene tangentes de orden asociativo. Nos mantiene conectados, más que nunca alcanzables como si de un solo soplo todos fuésemos hologramas. Y no es baladí la oportunidad, pero como siempre, el uso determinará nuestra fuente de inteligencia. 

Lo efímero toma cada vez más el cariz de eterno. La comunicación presencial cada vez es más valorada precisamente por su escasez. Y en estos momentos la literalidad tecnológica, aparentemente, se queda.

Si bien nos está dando un servicio de supervivencia social cabe pensar en las posibles consecuencias post pandemia. Si la virtud que nos ofrece en estos momentos no estará condicionando un futuro menos humano.

La música, no sería la primera vez, se quedará para el final. Al no ser esencial para  el grueso de la sociedad, permanecerá confinada hasta el último momento. Por eso, los intentos desinteresados de mostrar una actividad musical si bien son loables están socavando cualquier conato de dignificación de nuestro arte.

Un ejemplo esclarecedor es la ausencia de grandes nombres. Directores, cantantes, instrumentistas… más allá de las obligaciones contractuales de algunos colectivos en pos de mantener la actividad salarial, se han replegado en una silenciosa retirada para rehacerse y recrearse en la producción de nuevos retos de futuro. 

Mientras, un ejército de advenedizos, muchos de los cuales no habían creado nada útil hasta ahora, nutren las redes sociales con su tormentosa aportación a la música, mal producida y peor ejecutada. ¿Es la multipantalla la herramienta adecuada para sobresalir? Lo es, pero no necesariamente en positivo.

Los coros ostentan el ranking de producciones multipantalla lo que ha llevado a que el ya de por sí maltrecho instrumento, socialmente desconocido en su grandeza y, por lo tanto, denostado, siga excavando su propio pozo de descrédito. No se ha podido elegir peor momento para difundir una imagen diezmada y condicionada por la precariedad.

Mientras, un ejército de advenedizos, muchos de los cuales no habían creado hasta ahora nada, nutren las redes sociales con su tormentoso producto, mal producido y peor ejecutado.

Más allá del sonido que se aleja de la realidad privando al oyente de la sublime belleza que supone la superposición de sonidos vocales, de la discrepante afinación, de la coordinación afectada y, sobre todo, la graciosa aparición de los directores batiendo el aire, la exposición multipantalla no solo no avanza en su camino de crear adeptos y llegar más claramente a quienes no conocen el coro si no que mina el posible camino que les unía. 

¿Es esta la nostalgia que estamos creando para el futuro? ¿Estamos fomentando sin darnos cuenta un formato de continuidad post pandemia? ¿Acaso, como ya sabemos, este procedimiento no suple en absoluto la verdadera tarea y gozo de cantar? ¿Es tanta la necesidad de exposición?

¿Qué diría Freud?

Juan F. Ballesteros
músico y escritor (afectado)

El arte de entretener

Quedó en el pasado la máxima de tener conciencia de clase. Ahora, bastaría con que se tuviera alguna clase de conciencia. 

Los músicos hemos transitado a lo largo de la historia por la dualidad de estos conceptos. Las clases de músicos y la clase que como músicos ocupamos dentro de la gran escala social.

En la edad media y, sobre todo, en el renacimiento pertenecer a una orden en calidad de maestro, cantor o instrumentista estaba absolutamente exento de privilegios, tanto es así que aquel que no se ajustase al canon demandado era objeto de severos correctivos económicos, cuando no la expulsión del puesto de trabajo adquirido, todo sea dicho de paso, sin ninguna obligación ni derechos contractuales derivados.

En el barroco y clasicismo no era muy diferente. Músicos como Bach, Mozart o Haydn estaban bajo el yugo de la corte o la capilla donde ostentaban una jerarquía compartida con cocineros, mozos de cuadras o jardineros. Solo bajo la contratación de un empresario y músico de la época, gozó Mozart de ciertos privilegios y libertades. Este empresario no era otro que el ínclito y nunca bien ponderado Antonio Salieri.

Entre los casos más flagrantes de presión laboral se halla el de la castración como forma de esclavitud severa para que los niños cantores pudiesen seguir ejerciendo su oficio en las capillas, toda vez que las mujeres tenían prohibida su participación activa en las misas.

Es decir, una atrocidad como la de no permitir cantar a las mujeres conllevó la creación una criatura insólita representada por los castrati.

La estandarización o mimetización de los músicos ha sido históricamente una constante y premisa para su escasa reputación. De alguna forma, ha sido esencial no llamar especialmente la atención y así evitar toda opción de emerger entre la clase dominante de las diferentes épocas.

La falaz excusa de vestir de etiqueta en un evento elitista cuando el elitismo estaba en la grada y no en escenario, ha creado una tendencia en el ultimo siglo y medio en cuanto la uniformidad de los músicos en los conciertos.

Quedó en el pasado la máxima de tener conciencia de clase. Ahora, bastaría con que se tuviera alguna clase de conciencia.

El músico no debe destacar, no debe osar erigirse como un intelectual artístico como sí pueden hacerlo con mayor margen de permisibilidad social pintores, cineastas, escritores…¡o cocineros!

Hoy en día, el panorama no ha cambiado demasiado. Durante décadas, los profesores de escuelas de música de nuestro país han desarrollado su labor docente dentro del convenio de peluquería o minería con el consentimiento tácito de todas las partes lo que ha invalidado la queja y, en consecuencia, la reparación.

En muchos eventos con la participación anecdótica de la música como complemento decoroso del acto, se exige que los músicos neutralicen su uniformidad para que no haya distinción alguna entre el camarero, portero, seguridad o pianista.

Una atrocidad como la de no permitir cantar a las mujeres conllevó a la creación la criatura insólita de los castrati.

No obstante, seguimos con la empecinada insistencia de que el músico precisa un estatuto propio, una significación de su profesión cuando no un sueldo acorde a su formación humanística y artística.

No nos damos cuenta (los músicos) que todavía somos deudores de nuestro silencios, de nuestras concesiones y pleitesías. De que somos responsables de nuestros lodos cuyos polvos ahora aventamos.

El derecho no se pone en cuestión sino el bagaje y todavía vigencia de actividades serviles y de escaso valor artístico como bandera del gremio musical que anula de facto toda reivindicación seria.

Quizás la sobrevenida e inesperada situación nos brinde acaso una excelente oportunidad para revisar todo nuestro ideario y reflexionar con cierto retiro y salubre silencio sobre la nuestra verdadera realidad.

Esta dependerá sin duda de romper con viejos y caducos paradigmas que no hacen sino dar razones sólidas a quienes solo nos ven como buffoni, tan solo por nuestra contribución al entretenimiento. ¿Lo cambiamos?

Juan F. Ballesteros
músico y escritor (afectado)

Vivir sin coro (y 3). El Público

El público lo es todo para un coro. Mucho más que para cualquier otra formación musical. El coro habla de tú a tú, sin intermediarios. El coro canta hasta cuando calla. El aliento previo al sonido da cuenta de lo que el público puede esperar. Y espera. El sonido inunda la sala y ya nada es igual. El público lo sabe. Y también calla. No hay nada que decir. Nada.

Ahora, con el patio de butacas a oscuras parece brillar el público en su deseosa espera. El coro, el director sueñan con el público mientras este, sabio, ahuyenta cualquier intento de usurpación mezquina.

Solo hay magia si puede compartirse. Si puede vivirse. Olerse. Y la pantalla no huele, no vive, ni siente. Acaso como recuerdo y para ello los grandes coros con sus magníficas grabaciones resisten el asalto durísimo de la crisis. Pero hasta estos coros vistos por el cuadro de cristal tuvieron su público que les alentó, que les motivó y exigió, que les preparó para dar lo mejor. (Léase Vivir sin coro     y Vivir sin coro (2). La soledad del director.    )

La intención es buena. Incluso necesaria. Pero no podemos dar opción a la alternativa de vivir sin coro. Habríamos traicionado al arte, a la cultura, si lo sustituyésemos por un sucedáneo multipresencia.

Prefiero tocar al público aunque solo sea con el hálito de la voz. Saber que son palpables los sonidos que besamos. Que, aunque ausente en apariencia, respeta el silencio como marco imprescindible del arte sonoro.

La empatía, para comunicarse con el corazón. La empatía, para estar dentro. La empatía, para traducir las emociones no puede sino darse con la presencialidad intacta.

No podemos dar opción a la alternativa de vivir sin coro. Habríamos traicionado al arte, a la cultura, si lo sustituyésemos por un sucedáneo multipresencia.

El público es el único ente que da sentido al arte y a la cultura. Pero sin la comunión entre las partes el artista se difumina entre el magma de la indolencia. Sin público presente, acaso perdamos el derecho y nuestra obligación consiguiente sea la calma enfática, más que la sobrexposición mediática.

Quizás nada sea igual. Quizás, ni será.Pero preferiría esperar a que todo pase. Cerrar los ojos y solo abrirlos cuando mi oscuridad se transforme en rostros.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor (afectado)

La música y el capital

La Música es una industria que trafica con sueños cuya mercancía responde a ciertas necesidades sociales y, por supuesto, económicas. En este marco y utilizando sin miedo el verbo traficar que en su primera acepción significa „realizar operaciones comerciales», sería de necios negar o, aún peor, ocultar la potencia del arte sonoro en el desarrollo económico en las sociedades modernas.

El capitalismo, por su parte y más allá de otras oscuras connotaciones tangenciales, se define como „la acción de mover el capital para generar riqueza dentro de un mercado dado».

Cualquier músico que con el beneficio de un concierto, venta de disco o formación invierte en, pongamos por caso, comprar accesorios para su instrumento, producir un video promocional o mejorar si sitio web, está realizando una acción capitalista. 

Cualquier estamento (en cualquier sistema socio-político) que con los impuestos facturados revierte el beneficio en, digamos, peatonalizar una calle, mejorar la iluminación de un barrio o contratar a un músico para que haga un concierto, está realizando también una acción capitalista.

Los conceptos de capitalistmo, tráfico comercial o músico han de dejar de tener una resonancia peyorativa si se unen dentro del mismo argumento. El orden imaginado por una parte parte del sector musical (el más desfavorecido, por cierto) desoye la necesidad de generar resortes en el mercado que tengan un devenir socio-económico del cual nos beneficiemos todos.

En momentos de zozobra social como el que estamos viviendo, más que nunca se hace necesaria una reflexión sobre el equilibrio entre salario emocional y salario económico. Los que han criticado toda acción mercantil con la música son los que ahora hacen fila para solicitar ayudas mientras que otros fueron los que agitaron la economía del gremio.

Cotizar al alza un producto musical de calidad (la frase deviene en redundante) no empobrece el espíritu, el objetivo social ni la capacidad de remover las conciencias colectivas en pos de un mundo mejor. Por el contrario, merodear alrededor de la música a la baja con la irresistible fuerza centrífuga que empuja hacia contenidos de baja emoción y calidad, no convierte a nadie en digno defensor de la esencia humana.  

La música no es menos digna por encajar en un mercado, es -por el contrario- el camino más loable para alimentar a la sociedad no solo con riqueza emocional sino para dotarla de contenido económico.

En momentos de zozobra social como el que estamos viviendo, más que nunca se hace necesaria una reflexión sobre el equilibrio entre salario emocional y salario económico.

Se da falsamente por hecho que el músico verdaderamente comprometido ha de loar al dios del altruismo o a las bondades del arte gratis. El músico de éxito (léase, aquel que realiza su actividad profesional sin disculparse por los ingresos que genera) comprende que la verdadera generosidad consiste en propiciar una alta y poderosa emoción, que el verdadero altruismo depende de las implicaciones económicas que devienen de su actividad, que si hay un mercado es que hay posibilidades de crecimiento artístico y económico, que aplaude el éxito de su competencia porque solo así se asegurará que siguiente en triunfar será él y que ese éxito solo puede considerarse como tal si es global.

Los que han criticado toda acción mercantil con la música son los que ahora hacen fila para solicitar ayudas mientras que otros fueron los que agitaron la economía del gremio.

Mover el capital es la verdadera generosidad en tanto que beneficia a la sociedad en su conjunto. Transaccionar con valor escaso roza con el egoísmo con la excusa de oponer el arte con el mercado. El mercado, no obstante, no obliga y cada cual ostenta la capacidad de elegir el uso que del beneficio hace, si lo usa o no en pos de una sociedad mejorada o si , por el contrario, lo dedica a empobrecer su hábitat musical.

La cooperación será la única acción que acaso nos salve en esta terrible crisis si se supera el tabú que para muchos músicos supone hablar de mercado, capital o beneficio. La cooperación y la superación de las supersticiones nos llevará al grado máximo de progreso en el sector musical.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Vivir sin coro (2). La soledad del director.

Siempre he sostenido que de haber una figura prescindible en un coro esa corresponde al director.

Podemos imaginar un grupo de personas cantando sin el concurso de un líder pero un director sin coro sería cuanto menos cómico.

En otro ámbito de posibilidades, el director ha de asumir que siempre está de paso. Pueden pasar uno, diez, veinte años… pero su puesto pertenecerá siempre a la voluntad del colectivo.

Todo coro tiene el derecho pero también la obligación moral o ética de contar con el mejor director de acuerdo a sus características. Del otro lado, un director ha de saber escuchar a su intuición para reconocer el momento ineludible de que su tiempo ha finalizado al frente de un coro.

Después de dirigir todo tipo de coros desde hace 25 años, he llegado a la conclusión (absolutamente discutible y subjetiva) de que ningún director debiera permanecer más de cuatro años al frente de una institución coral. Es un período más que suficiente para lograr situar a un coro en un estadío superior y lograr que sea artísticamente competente.

El director, no obstante la pragmática anterior, también tiene su corazón y necesita exorcizar su soledad. La soledad del director es necesaria ante la liturgia de un concierto o el responso tras un logro musical.

Decía Victor Hugo que la melancolía es el placer de estar triste y, si bien los directores encontramos cierto solaz en esa dimensión, la situación actual de confinamiento social ha roto toda connotación poética de la soledad.

Nada puede sustituir la presencialidad y sin coro ni posibilidad a corto plazo nos hallamos absolutamente vacíos. ¿De qué manera podemos mantener vivas las expectativas? ¿Qué logros presentes podemos poner en liza para amortiguar semejante golpe emocional? (véase Vivir sin coro)

En primer lugar saberse creadores de nostalgias futuras y en segundo lugar y de un modo más racional fortalecernos mediante el estudio, profundizar en nuestro arte, volver a la esencia de nuestra profesión, reciclarnos y, lo más importante, pensar la música. La oportunidad no puede presentarse mejor, a pesar de todo.

Todo plan B solo sirve para desviarnos del plan A. Por eso, cualquier intento de llevar los ensayos al mundo on line, sin quitar mérito a la buena intención ni virtud al intento, es una desvirtualización de la sensata, introspectiva y serena espera. 

La domesticación ha constituido un avance en la evolución humana. El término se nos presenta bajo una especie de alegoría que poco o nada tiene que ver con su verdadera etimología. Atendiendo a la categoría animalista, nos incluiría como especie animal que somos. Cabría solamente discernir quiénes y por quiénes hemos sido domesticados.

Domesticar significa dominar o confinar (el término, hoy, adquiere nuevos contornos) en casa (domos). Y eso es lo que la tecnología está haciendo con nosotros: aislarnos cada vez más bajo sus elocuentes encantos.

No podemos obviar la realidad de que, quizás, hemos sido ya domesticados.

Ahora nos sentimos huérfanos pero se trata de una extraordinaria oportunidad de replegarnos silenciosamente, pacientemente en nuestra crisálida, esperando la verdadera asunción.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor (afectado)

Libros, rosas y un clic.

Durante toda mi vida he cultivado una pasional, descontrolada y casi enfermiza filia hacia los libros.

De niño guardaba mis pocos ahorros, forjados a base d renuncias (cromos, golosinas, máquinas recreativas…) para invertirlos en primeras entregas ya que el precio promocional se ajustaba a mis escasas posibilidades.

Aún dispongo de varias colecciones incompletas que guardo entre mis tesoros literarios por el significado emocional que suponen.

Años más tarde y en plena adolescencia, comenzó mi otra pasión: la música clásica, llegando a adquirir no menos de cincuenta cedés cuyas interpretaciones estaban ajustadas al bajo precio que el centro comercial ofrecía. 

El hecho circunstancial era que no disponía de reproductor para aquellos discos compactos, un problema menor puesto que sólo el tiempo me separaba de su deleite.

Desde entonces, y ya ya con más criterio selectivo, he ido comprando libros y discos huyendo de copias (en papel primero y digitales después) de libros y mucho menos de discos.

Volviendo atrás, celebré cada apertura de una nueva librería, sobre todo si se situaban más cerca permitiéndome así invertir en nuevos títulos al ahorrarme el coste de los traslados en tren. Por mi edad, la compra de libros se reducía a esporádicos fines de semana con lo que las opciones que florecían a pocos kilómetros, a pesar de los largos paseos, convertía mi compulsiva compra en frecuente.

De adulto, viajar por el mundo me permitió adquirir títulos insólitos que aún no habían llegado a las librerías locales. Pronto, corporaciones nacionales e internacionales abrieron paraísos en forma de librerías donde las largas estanterías se me antojaban trocitos del cielo.

Hoy en día, puedo hacer todo esto sin salir de mi casa y bendigo cada avance que suponga un acercamiento de la literatura y de la cultura con un solo clic.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor (afectado)

El iceberg que no vimos

Los que vieron el agujero en el casco del barco callaron y cuando el barco se hundió señalaron al capitán como único responsable.

El mundo de la cultura está muy pro activo ante la dramática, descorazonadora y agorera situación que se nos avecina. Vaya por delante el agradecimiento ante cualquier acción que sitúe a nuestro gremio en el lugar que le corresponde socialmente. No obstante, sostengo que la crítica ha de comenzar siempre por uno mismo, en lo personal y en el colectivo gremial.

El mundo de la cultura, muy especialmente el de la música, se ha apoyado en un estado de crisis continua que, quizá, le ha validado su queja. La crisis, desafortunadamente, es transversal y global pero no especialmente virulenta en el mundo de la cultura.

Teniendo en cuenta el declive económico que arrastramos desde hace ya demasiados años, resulta gratificante comprobar empíricamente la realidad: se han estrenado más películas de producción nacional, se han creado más orquestas y coros, el número de conciertos, festivales de música y danza es creciente, la publicación de libros es mayor y el número de empresas dedicadas a la producción artística crece cada día.

Siendo así, ¿sobre qué realidad elevamos la queja? ¿hemos sido cada uno de los actores culturales diligentes en nuestra actividad profesional? ¿hemos sido jueces imparciales ante el atropello que nuestro propio sector arrastra de forma endogámica? ¿tenemos autoridad moral para culpar solamente a terceros? 

Dicho lo cual, no eximo de responsabilidad a quienes tienen el mandato de gestionar nuestro sector pero de ninguna manera admito que sean los únicos culpables de aquello que sea que no va bien. Y no porque los defienda, quede claramente subrayado, sino porque me parecería siniestramente preocupante que la industria cultural dependiese solamente de ellos.

“La culpa, no está en nuestras estrellas,
sino en nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores.”

William Shakespeare

Ejemplos pasados hemos tenido y dudo que sean añorados por el conjunto de los artistas. A las instituciones públicas les exijo únicamente que reviertan los impuestos en propiciar cultura apoyando proyectos pero no la gestión integral de los mismos.

La realidad constatable es la precariedad de una parte del sector que ni siquiera es mayoritaria. Sueldos por debajo del SMI, contrataciones jurídicamente sospechosas, competencia desleal, dumping, … son alguna de las acciones que, si bien las ejerce un sector marginal, sigue teniendo una presencia y una influencia en el orden imaginado de la sociedad.

La situación es muy grave. A todos nos han cancelado conciertos, rodajes, presentaciones de libros, entrevistas, conferencias, exposiciones… muchos no recuperarán su trabajo. Algunos lo venían perdiendo desde hace tiempo. Y todos nos tendremos que reinventar.

Nadie, en el peor de sus presagios, pudo imaginar una situación semejante pero de habernos fortalecido como gremio el impacto habría sido menor.

La reinvención solo será efectiva mediante la cooperación. La que en algunos sectores de la cultura ha sido poco menos que testimonial. Las soluciones no vendrán multiplicando el número de asociaciones de colectivos o sindicatos por géneros estilísticos, sino mediante una empatía, respeto y exigencia hacia nosotros mismos.

La especie humana pudo desarrollarse y evolucionar gracias a la cooperación y no, como estamos empeñándonos en demostrar, mediante la confrontación. Aplíquese a la Cultura.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor (afectado)