EGO, TE ABSOLVO

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La música, como la vida, presenta infinitas oportunidades para fijar nuestra tarjeta de presentación. Somos aquello que de nosotros se dice cuando no estamos presentes. Y presentes, sembramos opinión a través de nuestro trabajo como intérpretes, creadores o promotores.

Centrándonos en el ámbito de la interpretación la falta más grave -tan común como aceptada- es la desmesurada atención al ego propio cimentado -y abalado de manera incomprensible- sobre el valor del sentimiento y gesto estético del mediador entre el autor y el público.

Erigirse como celebrante en esta ceremonia de transmutación requiere una alta dosis de responsabilidad y solo los más grandes son capaces de tamaña empresa.

La función del intérprete es traducir el código legado por el compositor, saber y elegir lo esencial entre el laberinto perturbador del lenguaje, hallar sus postulados estéticos y emocionales, ponerse metafórica y metafísicamente en la piel del creador. Si un sentimiento, una emoción ha de florecer es el del autor de la obra de arte musical.

No hay interpretación más nefasta, aplauso más yermo y crítica u opinión más zafia que la que justifica y ensalza la supremacía del sentimiento del intérprete, al servicio -solamente- de su ego.

¿Qué autoridad tiene el intérprete para dilatar un tempo dado, para desvirtuar una articulación determinada, para enfatizar ad libitum o mover dinámicas de manera más o menos ocurrente?

¿Acaso el genio del compositor no alcanza para haber dejado claramente indicado en la partitura?

El llamado buen gusto es, en el mejor de los casos, poco más que una ocurrencia diametralmente opuesta a las intenciones del compositor quien compuso su obra dentro de un determinado idioma musical con el que expuso sus ideas y emociones.

Guárdese el intérprete de anteponer su ego y sus sentimientos -sin duda, loables- y póngase de relieve la verdad del autor.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor

Mozart y la Masonería

Mozart Ibiza

Según se define la propia masonería, es una orden de carácter filantrópico que persigue los valores de la igualdad, la libertad y la fraternidad y donde sus miembros tienen como objetivo la mejora de la condición humana. Aunque la masonería es anterior, su marco de desarrollo histórico es el de la Ilustración con su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la ignorancia de la humanidad mediante las luces del conocimiento y la razón. El siglo XVIII es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces y del asentamiento de la fe en el progreso. En este contexto se sitúa la figura de Mozart que, más allá de la icónica visión influenciada por una depreciación no falta de rigor en la valoración de su persona, representa el más alto exponente de la intelectualidad musical de la historia.

Wolfgang Amadé Mozart (tal como él mismo firmaba sus obras) representa el paradigma del hombre culto en una época de emancipación del poder divino. Desde niño viajó por toda Europa, se reunió con los hombres y mujeres más cultivados y poderosos del momento, convivió con viajeros, hombres y mujeres de experiencias múltiples y así se vio reflejado tanto en el contorno como en el fondo de su legado musical. Ávido de conocimiento y de superación personal ingresó en una lógia masónica el 5 de diciembre de 1784 (curiosamente, el mismo día que moriría 7 años más tarde) siendo uno de sus destacados miembros hasta su muerte en 1791,  año  en que compuso su última obra para instrumento solista: el Concierto para Clarinete en La M K. 622. Ilustres compositores han sido miembros de la masonería, entre ellos, Joseph Haydn a quien Mozart admiraba. Los dos compositores escribieron para Joseph Leutgeb, excepcional trompista de Viena. Fue precisamente en 1784 (año de su ingreso en la masonería) cuando Mozart escribió para él su Concierto para Trompa en Mib M K. 447. Esta tríada Mozart-Haydn-Leutgeb hace presuponer sino la afiliación sí, al menos, la filiación hacia el movimiento masón de Lautgeb.

Los armónicos naturales (gama de sonidos que conforman un paradigma físico-armónico determinando la sustancia de cada nota -cada nota está formada, por tanto, por infinitos sonidos que se comportan según un patrón matemático-) tanto de la trompa como de la trompeta son los más aprehensibles a la psique humana por estar regidos por los mismos parámetros aritméticos (tal como lo expuso Pitágoras de Samos y desarrolló más tarde Leonardo da Vinci). Estos dos instrumentos, considerados como “Reales” en el siglo XVIII, son los que más pueden identificarse con la masonería, mientras que conecta al Hombre directamente con la Naturaleza sin intermediación divina, postulado básico de la Ilustración. Los armónicos naturales son sonidos que conforman el color, el timbre y la altura propios de todo cuerpo vibrante y representan proporciones numéricas entre la configuración de todo  ser viviente, tanto desde el punto de vista morfológico como molecular, y de las estructuras geométricas de las galaxias conocidas. Los armónicos impares, los que conforman de una forma más básica esta proporcionalidad, son más sensibles y presentes en el clarinete, lo cual coloca a este instrumento, igual que ocurre con la trompa y la trompeta, entre los destacados por la masonería.

Los 7 últimos años de Mozart fueron los más importantes en cuanto a su producción musical. Títulos como los dos conciertos que presentamos, las óperas Zauberflöte, Don Giovanni, Cosí fan tutte o La Clemenza di Tito y, por su puesto, el Requiem.

Cabe destacar la importancia de la tríada como fundamento simbólico de la masonería, la pirámide como estructura arquetípica de la trinidad humana, el uso de grupos rítmicos de 3 tres notas o la clave (armadura) en las partituras con 3 sostenidos o 3 bemoles. Todo ello para representar la dualidad frente a la continuidad de la evolución humana, la ausencia de linealidad en el devenir humano.

El Siglo de las Luces vio transcurrir su contorno musical en un espacio breve de tiempo a músicos como Bach o Mozart,  lo que contrasta con  un tiempo, -el actual- en el que el exceso de información no acontece necesariamente en conocimiento. Por ello, el arte (la música) se hace del todo imprescindible.

Juan F. Ballesteros
músico y escritor

Salario emocional vs salario económico

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En contra de la creencia generalizada, los músicos carecemos del poder de la saciedad, visión nocturna, bilocación, hiperacusia o insensibilidad térmica. La carencia de estas facultades las suplimos alimentándonos, iluminando nuestras casas, trasladándonos de un lugar a otro mediante artefactos móviles, utilizando la telefonía y abrigándonos, respectivamente. Todo ello, como el resto de los mortales, lo conseguimos con nuestro aporte económico al sistema. De igual modo que un abogado, albañil, panadero, mecánico fresador o médico, los músicos obtenemos beneficio económico a través de nuestra actividad profesional, entendiendo el término como garantizador de calidad. Es frecuente, empero, observar la sorpresa que en algunas personas resuena cuando los músicos tratamos de transaccionar el  trabajo por un salario económico y que no nos baste con el salario emocional. Aunque, lamentablemente, no es exclusivo de nuestros tiempos sino rescoldo de un pasado cansinamente superado. En las cortes y capillas de la Europa más culta previa a la Ilustración, un músico como Mozart o Haydn tenían el mismo estatus laboral que el cocinero, cochero o mozo de cuadras, es decir, un servil garantizador de ocio y entretenedor de masas. Y de ese pasado nos queda la disyuntiva que cabalga entre el ocio y la cultura. En plena temporada turística en nuestra isla podemos disfrutar (o sufrir) el lujo asiático en hoteles, restaurantes, excursiones increíbles, paseos marítimos de ensueño -y un largo etcétera- a un precio que dista mucho de lo que el músico que ameniza estos fastos siquiera pueda imaginar y lo que hace que se establezca una competencia entre los músicos a la baja, tanto en calidad como en precio. Más pronto que tarde, los cada vez más numerosos jóvenes músicos de Ibiza se iniciarán en el mundo laboral y la responsabilidad de los que estamos ejerciendo como músicos activos es contribuir a establecer marcos justos de retribución mediante productos de calidad que lo valgan sin culpar a terceros. Huelga decir que el hecho de que nuestra profesión tenga una base vocacional (acaso tanto como otras), que hayamos ofrecido nuestros servicios de manera altruista como pago a nuestra formación y experimentación, no obsta para no ser capaces de superar el estadío formativo y exigir lo que cualquier otro profesional recibe sin que por ello nadie pestañee nerviosamente. ¿Es un abogado, albañil, panadero, mecánico fresador o médico un mercenario por recibir honorarios por su trabajo? Los músicos tampoco.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor
pic by Joan F. Ribas

Rhodes vs Establishment

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El pianista Mario Mora, colega y, sin embargo, amigo describe con meridiana y rotunda claridad (acaso clarividencia) los postulados anacrónicos y cargados de pátina del pianista ruso Arcadi Volodos a colación del viejo axioma del elitismo de la música clásica. Como no puedo más que corroborar todas y cada de las palabras de Mario, sugiero la lectura su artículo en Clásica FM Radio:

El elitismo en la música nos lo hemos inventado

Tanto Mora como Volodos nombran de soslayo al último fenómeno de la escena de la música de evolución clásica. Me refiero, naturalmente, al pianista James Rhodes quien, ha logrado a través de la música exorcizar su doloroso pasado. Cabría preguntarse qué ha aportado Rhodes en la escena musical actual, si habría trascendido como lo ha hecho sin su terrible infancia, si -por tanto- habría logrado llenar salas de conciertos tocando Bach vestido como lo haría un adolescente en un concierto del último producto de la mercadotecnia musical, si, en fin, habríamos oído hablar de él.

Vivimos tiempos confusos en lo que al arte se refiere y de absoluta inflexión e irreflexión sobre el valor de la cultura, pero lo cierto es que es justo reconocer que Rhodes ha conseguido lo que ningún otro intérprete consagrado ha hecho y es quitarle toda pátina y elitismo, sacudir de naftalina un arte per se revolucionario y subversivo, motor de cambios a lo largo de la historia y, sobre todo, acercar el conocimiento de aquello que se va a interpretar al público con sencillas y prácticas explicaciones. Solo por esto Rhodes merece un reconocimiento más allá de su imagen cuidadosamente descuidada al servicio de una campaña bien planificada de marketing.  Volodos, por su parte, se equivoca al decir que la música clásica solo es para una élite ya que reduce su profundo valor a lo meramente superficial, a la capa más plastificada de un producto esencial en la evolución cultural de los últimos siglos.

En un época donde el sentido acústico se fragilidad en virtud de lo óptico y de lo háptico no caben las atalayas del conocimiento sin romper las barreras que separan al creador del observador. El formato de concierto conocido hasta ahora está obsoleto y se requieren nuevas y creativas formas de comunicación artísticas a no ser, claro está, que como Volodos, solo se acepte como público a lo más destacado de la sociedad. Afirmar tal atentado contra el sentido común, no solo no se sostiene sino que manejar tales argumentos devienen en un peligro para la valoración objetiva y pragmática de la música de evolución clásica. Es inferir que el arte carece de objeto catártico, de la capacidad de transformación de la sociedad a través del pensamiento crítico, de propiciar capas de pensamiento creativo y, en consecuencia, relegar la cultura a un mero artificio o arte decorativo exclusivo de un sector de la privilegiado.

En un momento histórico donde el ocio y la cultura no parecen tener identidad propia, se hace necesario redescubrir el poder del arte como arma de seducción masiva. Porque el ocio es necesario, pero la cultura esencial.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor
pic by Phil Hessert

El caso Wagner

classical music Ibiza

Emitir un juicio basado en el gusto personal conduce irremediablemente a la ambigüedad y, por qué no, a la melancolía. Supone alejarse sin remisión de la verdad bajo el gesto de la subjetividad personal que, loable y respetable, no contiene la semilla germinal de la razón. El arte sonoro especialmente pone a prueba nuestro criterio a la hora de emitir una opinión sobre el valor intrínseco de una obra musical. Si el gusto personal es el prisma por el que asomarse a la valoración artística todo lo demás queda afectado.

El caso Wagner es un buen ejemplo de ello. Uno de los más grandes compositores de la historia, un talento reconocido por todos. Es un caso paradójico en virtud el cual es reconocido incluso por sus detractores que alegan otros ítems para denostar al mito. La mitología, por cierto, es la herramienta de la que dispone la Humanidad para erigir y derrocar héroes a su antojo.

En palabras de Víctor Küppers, vivimos en la sociedad del escaparate, en la que cuenta mas parecer que ser; la sociedad del aparentar, del figurar, del exhibir. Es el reino de lo ficticio, del envoltorio. En una sociedad que anhelaba el progreso a través de la idea de valor del Hombre como punto axial no podía pasar desapercibido sin levantar sospechas el perfil de un personaje controvertido como Richard Wagner. El compositor alemán se entregó a la composición con el mismo énfasis que a la publicación de escritos artísticos, políticos, morales e, incluso, de salud. Apostó por un arte comprometido alejado de la mercadotecnia y por una extravagante posición para la sociedad de la segunda mitad del siglo XIX a favor del vegetarianismo y de en contra del maltrato animal.

Desde este punto de vista, los contextos son esclarecedores. El legado que más daño ha hecho a la figura del compositor alemán no han sido sus manifestaciones desacertadas, ni su supuesto posicionamiento ideológico, sino lo que de todo ello hizo con aprovechamiento su propia descendencia entregando en bandeja de plata la cabeza de Wagner al régimen del III Reich, ya fuera por supervivencia, por interés espurio o simple y llanamente por empatía ideológica. Se considera que la música de Wagner inspiró a Hitler a cometer sus atrocidades contra el pueblo judío. Sin dudar que pudiese ser así, no es moralmente justificable la asociación de wagnerianismo-antisemitismo y mucho menos wagnerianismo-nazismo. Resulta pueril y hasta cierto punto demagógico basar la tesis en este hecho, que el delirio paranoico de un genocida fuese imputado a la creación artística de un hombre. Hitler fue nombrado canciller cincuenta años después de la muerte de Wagner.

Wagner, como cualquier hombre comprometido, rechazó el poder establecido y en su época este poder era ostentado en buena parte por los hijos de Abraham. Establecer un antisemitismo a partir de esta oposición es un pobre argumento, aterrador y peligroso. Tanto como cuando en la actualidad algún intelectual arremete contra el pueblo musulmán en su conjunto por las fechorías de unos pocos. Cabe recordar que la historia ha restablecido la dignidad al pueblo cristiano a pesar de su oscuro y poco piadoso pasado.

Wagner es el mejor de los hombres, dijo compungido el afamado director de orquesta Hans von Bülow al saber que esposa Cósima le abandonaba por el compositor. Es sabido, además, que al menos dos de los porteadores que llevaron el féretro de Wagner hasta la estación de Venecia eran judíos.

En cualquier caso y sosteniendo y aceptado ciertos planteamientos en contra de la figura de Wagner, cabría esperar lo mismo hacia aquellos compositores que formaban parte de la playlist de Hitler, a saber, Beethoven, Mozart, Bruckner e, incluso, Monteverdi. El caso más llamativo es el de un compositor loado e interpretado hasta la saciedad (con todo mérito) hasta nuestros días, que levanta de sus asientos a masas fervorosas y aceptada como un icono de la música occidental. Karl Orff, compositor de Carmina Burana entre otras grandiosas piezas, fue miembro del partido nazi sin que por ello se halle en la marginalidad interesada.

La valoración que merece la reputación de Wagner entra en el ámbito de la insana curiosidad, de los afines a la frivolidad vacua, de los que transitan la superficie. Su precaria facultad para mantener su deudas saneadas, sus devaneos en alcobas ajenas, sus manifestaciones pseudo-políticas más o menos acertadas, entran en el marco de la argumentación ocurrente y recurrente pero poco o nada tiene que ver con la grandeza de un hombre que basó su arte en la emancipación, proacción y redención del amor.

En palabras de Bertolt Brecht, bienaventurados los pueblos que no necesitan héroes.

Juan F. Ballesteros

Músico y escritor

Sonidos de cristal

Ibiza Classical Music

Hallábame sentado, disfrutando del talento de unos niños en una audición de piano, haciendo música y demostrando una verdadera destreza fruto de unos cuantos años de esfuerzo y no de una habilidad pasajera solo visible por sus progenitores, alejados de focos y con nula repercusión mediática. Entre las sinuosas escalas de un preludio de Bach pude oír el vociferio de un campo de fútbol adyacente. El primer pensamiento se lo llevó la constatación de que en la Escuela de Arquitectura la acústica es una maria; el segundo e inevitable fue el eco resonante de los últimos y repetidos altercados en partidos de fútbol base.

Mientras las melodías del preludio se imitaban obligando la ejecución pianística al uso regular e independiente de ambas manos, recorrí con la mirada el patio de butacas. Advertí el silencio respetuoso y cómplice, la paz instalada en los rostros de los padres y las madres, los ojos vidriosos de abuelos y abuelas y, lo más inquietante, los ojos curiosos de otros niños observando fascinados a sus amigos y familiares. Pensé entonces en la diferencia entre unos y otros, los que se entregan a la pasión o navegan por la emoción. La primera es visceral, la segunda sublime. Nadie quiera extraer de estas impresiones un menoscabo hacia el deporte, ni a su práctica ni a su devoción. Tan solo es un reclamo del derecho a constatar una realidad paralela, minoritaria si se quiere pero imprescindible como es la educación emocional a través de la belleza y del arte en un mundo cada vez más borroso; la reivindicación de un marco referencial donde algunos habitan sin complejos y, sobre todo, la gratitud y admiración hacia las familias que eligen ese camino para sus hijos, independientes y libres de tendencias, más allá de una proyección profesional y permitiendo una vivencia presente que forjará la visión del mundo de los jóvenes cualquiera que fuere su definición laboral y profesional futura.

Quizás el silencio es una opción como marco del sonido, bajar el volumen de lo que nos envuelve para poder oír aquello que late sin que apenas nos demos cuenta y que permita regalar a nuestras vidas una pulsación menor, para vivir el paisaje en todos su detalles.

Los sueños parecen frágiles, como el cristal, pero solo en apariencia. La emoción es la llave que abre esos sueños. Pero no resulta fácil remar contracorriente, navegar en una gelatina social inclinada hacia el otro lado. Basta con visitar una librería, cualquiera, y se comprobará el espacio que ocupa los libros de deportes, los de autoayuda y qué poco queda para la poesía. De música, residual. Por tanto, nos queda la libertad de emprender el camino que queramos recorrer porque al otro lado nos espera el sueño cumplido si hemos depositado la suficiente emoción y hemos silenciado las voces disidentes que alegan contra nuestros propósitos. Otra cosa es el reconocimiento, acaso la fama, pero si hablamos de construir y de conseguir sueños, el ego no cabe. Al final, lo que queda es lo importante, el deleite de los logros anónimos en un mundo expuesto y de ventanas abiertas.

El preludio de Bach siguió su natural curso, percutido a pelotazos, y concluyó con los ojos de quienes escuchaban hablando con elocuencia.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor

El idioma de la música

Ibiza Eventos Música

El Solfeo (Lenguaje Musical) supone la base del conocimiento del idioma de la música. Es al hecho musical lo que la gramática a un idioma, pilar esencial e ineludible de la compresión profunda de la interpretación y conocimiento del arte sonoro. Sin embargo, su función se ha ido desvaneciendo en las últimas décadas. Un viejo elemento de la enseñanza que se ha dejado degradar en pos de un enseñanza falsamente lúdica, cuando lo verdaderamente entretenido es cumplir los objetivos.

¿Y qué ha pasado en los últimos años para que se pierda la oportunidad de dar a la sociedad un conocimiento, acaso somero, de la lectura de una partitura? Al igual que cualquier persona puede acercarse al teatro dado que puede leer un texto, ¿qué hemos hecho de la educación general y musical para que los ciudadanos sean analfabetos musicales impidiendo así su perfecta integración en la interpretación musical amateur como ocurre, en consecuencia, en otros países, o privándole -que es peor- de un discernimiento más elevado como consumidores del hecho musical?

Hubo un tiempo en el que en el curriculuo de la Educación Primaria quedó plasmado el lenguaje musical como objetivo a alcanzar en los seis años que dura esta etapa educativa. ¿Es en realidad tan difícil imaginar que en seis años un estudiante de primaria no pueda alcanzar un nivel de lectura musical alto? ¿A qué, entonces, se ha debido la frustración de este objetivo primordial? ¿Tienen alguna responsabilidad los Maestros especialistas de música en la Escuela y, por ende, el propio sistema de Formación del Profesorado en materia musical?

El ordenamiento educativo ha abrogado cualquier conato de florecimiento del conocimiento musical en la sociedad. Las Escuelas de Música custodian, en ausencia de la Escuela Primaria, la enseñanza musical. Sin embargo, tras una media no inferior a 6 años (jardín musical, cursos preparatorios, Enseñanzas Elementales -equiparable al Conservatorio en su primera etapa-, ampliación mediante cursos complementarios,…) numerosos estudiantes acceden a las Enseñanzas Profesionales de Música (Conservatorios) con escasa destreza para con el Solfeo, lo que supone un lastre insuperable a medida que avanzan sus estudios enfocados, fundamentalmente, en la especialidad instrumental que, paradójica y consecuentemente, se debilita.

Los Conservatoires, creados tras la Revolución Francesa, sustituyeron a los monasterios y abadías y al traspaso del conocimiento de maestro a aprendiz, estableciéndose como centro de formación musical, estandarizando la enseñanza musical a cotas inauditas anulando sustancialmente la ejecución de las diferentes épocas de la historia del arte sonoro. Resulta cuanto menos asombroso que hoy en día se siga con este modelo arcaico e incapaz de evolucionar por su propia definición y función de conservar y no, como sería razonable y deseable, de progresar.

Aquellos que hemos hecho uso de esta institución tanto en nuestra etapa de formación como en nuestro ejercicio docente, hemos comprobado cómo la interpretación musical se ha limitado -en el mejor de los casos- a la música comprendida entre Bach y hasta, a lo sumo, Wagner -en cuanto al planteamiento técnico-estético-sonoro-, esto es, un período de poco más de 200 años, cuando nuestro patrimonio musical occidental registrado y codificado es de no menos de 800. Solo unos pocos pioneros en la docencia han tenido la decencia de dar a conocer el legado del último siglo, el que cultural y estéticamente debiera sernos propio. En cuanto a la música anterior a 1600, ni rastro.

¿Sería pensable un itinerario curricular en virtud del cual un estudiante alcanzase el dominio del Lenguaje Musical en su etapa de Educación Primaria (donde el profesorado de la especialidad instrumental participase de manera asociada incrementándose así la oferta laboral de los músicos), desarrollase sus conocimientos de armonía, contrapunto e historia en la Educación Secundaria y  Bachillerato y que una vez alcanzado el grado de ciudadano musicalmente culto, desarrollase su formación como futuro músico profesional -si ese fuese su deseo- en el ámbito de la Universidad? Todo ello sin contar con el avance que supondría  la conciliación familiar y, no menos importante, la ampliación del tiempo de ocio para los estudiantes.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor

Un Cuento de Navidad

Pic by Ana G. Hernando

Había una vez un músico callejero orgulloso de su marginalidad al que llamaremos Lucas y quien disfrutaba tocando en lugares cerca del mar como, pongamos por caso, el puerto de Ibiza. Lucas vino de un país lejano y atravesó un gran océano para acabar tocando en este puerto. Su instrumento, una vieja flauta travesera, le acompañaba desde niño a donde quiera que fuera, como si de una prolongación de su propio cuerpo se tratase. Lucas no se conformaba con su destreza con la flauta, siempre se esforzaba en mejorar. Por eso, ponía el énfasis en convertir cada nota en algo valioso, trascendente. Lucas tuvo aspiraciones, como tocar en alguna orquesta profesional de su país, pero la vida se le torció cuando perdió las piernas. Aún así, agradecía cada mañana a su dios la posibilidad de seguir tocando.

En invierno apenas salía de casa y cuando se acercaba la Navidad adornaba su salón con guirnaldas y bolas de colores y tocaba melodías adecuadas al calendario. Era lo que más le gustaba de esta época del año. Además, había demasiada humedad para tocar sentado al borde del muelle. De este modo pasaba los días con su flauta esperando que llegase el verano para tocar para los turistas y residentes que paseaban despreocupados por el puerto.

El verano era otra cosa. Aunque su música no era la habitual en aquel rincón del mundo, Lucas estaba convencido de su poder conmovedor. Desde su improvisado escenario formado por una lona desgastada, una caja de cartón vacía y una mochila con sus cosas, se escuchaba el rugir de los bares y restaurantes escupiendo sonidos como si todos se hubiesen puesto de acuerdo; pareciera, incluso, que la misma canción se fuese repitiendo a lo largo de toda la jornada. Lucas se lamentaba -sin permitir nunca que su sonrisa se desdibujara- del culto a los sonidos digitalizados y repetitivos. Tampoco frecuentaba mucho los ritmos sincopados. Prefería la calma y la profundidad. El alma -solía decir risueño- no necesita tantos cables, solo belleza y serenidad.

Lucas se deslizaba al compás de la sombra que proyectaban los edificios del paseo marítimo cuando el sol comenzaba su descenso vertiginoso y declinaba el día, junto al embarcadero, justo donde los yates de lujo estaban amarrados, bien dispuestos y brillantes como una moneda nueva. Desde allí interpretaba su música para la gente curiosa de admirar las relucientes embarcaciones, cuyos moradores se dejaban observar formando parte del mismo juego. Solo les igualaba los iPhone con los que, mutuamente, se fotografían. Cosas de la globalización, decía Lucas divertido.

Lucas no se sentía intimidado por los sonidos a golpe de subwoofer ni le parecía insuficiente su maltrecha flauta, porque él amaba su arte y no se avergonzaba de su singularidad. De pronto, un gesto serio nubló su rostro amable, un gesto que solo adoptaba cuando algo le preocupa realmente. La insensibilidad es la dictadura de nuestro tiempo y el rebaño de seguidores sus esclavos, sentenció.Estaba convencido de que muchos preferían su música, pero el precio habría sido abandonar la grey y eso, decía, sería un quilombo.

Lucas recuperó la sonrisa y tocó una sencilla y bella melodía. Entornó los ojos y el sonido adquirió un halo mágico, precioso e intemporal. Súbitamente, se detuvo y añadió enigmático: no me derrotará el confort, ni arrinconaré nunca mis impulsos. Echó un tronco a su estufa de hierro forjado, cogió con cariño su flauta e interpretó Stille Nacht. Al finalizar, dejó la flauta con cuidado abrigándola con un pañuelo de seda y colocó un ángel de celofán que se había caído de una guirnalda. No tengo piernas –susurró- pero tengo alas, como un ángel.

Juan F. Ballesteros
Músico y escritor
Foto de Ana G. Hernando

Música: ethos vs pathos

Dejó dicho Aristóteles que “el estudio de la música se adapta a la naturaleza juvenil, ya que los jóvenes, por su edad, no soportan de buen grado nada que esté falto de placer, y la música es, por naturaleza, una de las cosas placenteras”. Según este razonamiento, cabría esperar algo más de la educación musical actual aplicada a los jóvenes para no caer en la tentación de concluir que, quizás, no está siendo tan plácido su estudio debido a la precariedad de los resultados, en una sociedad donde se premia la cantidad sobre la calidad o donde el éxito está penado.

Platón, por su parte, aseguraba que “las convenciones musicales no debían cambiarse puesto que la ausencia de ley en el arte y en la educación conducía al libertinaje en las costumbres y a la anarquía social”. Tanto Aristóteles como Platón ofrecen dos miradas convergentes en lo fundamental: la necesidad de fijar una educación profunda en lo musical e imbricada en lo general.

La cultura clásica postulaba un ethos derivado del consumo del arte, una elevación del espíritu y fortalecimiento del carácter a través de la música por encima de las demás artes. El intervencionismo del Estado en este sentido era rotundo en pos de una sociedad forjada en la armonía del alma humana y basada en la doctrina de la imitación de la naturaleza como fuente de conocimiento. El pensamiento platónico postula que la matemática implícita en la naturaleza comparte leyes con el sistema musical de sonidos y ritmos. Por tanto, el equilibrio numérico del arte sonoro tiene la virtud de empatizar e influir en la conducta humana, cuya esencia corpórea tiene la misma base numérica plasmada en todo lo visible y lo invisible de la naturaleza. Por todo ello, la educación musical tuvo en la Grecia clásica un lugar primordial en su sistema político.

El ethos, en contraposición con el pathos, nos tiene que llevar a una dualidad conductivista y racional lejos de la moral posromana. Lo ético y lo patético, lo poético y lo prosaico adquieren carta de naturaleza al enmarcarlos en la inclinación humana hacia el bien y el mal, en tanto que salud o enfermedad social.

El ethos encarna la credibilidad mientras que el pathos es deudor de la afinidad. Entre ambos, el logos o la racionalidad.

Desde la estandarización de la música a través del Conservatoire después de la Revolución Francesa y la globalización educativa en la que se prima la emisión sobre la escucha serena en cualquier área de conocimiento, ha llevado a la sociedad a un estado de cohabitación con el ruido en forma de palabra y música. Lo general y prosaico deviene en grosero mientras que lo peculiar y poético queda arrinconado por un corpus social donde la ley de la masa se ha impuesto. La música, en concreto, habita en lo cotidiano como un mantra invasor, sin diferencias rítmicas y apenas melódicas, donde un ritmo percusivo y tribal se ha adoptado con naturalidad bajo la excusa de la modernidad, cuando dichos ritmos y banales giros melódicos se hallan en el imaginario de las sociedades primitivas para sus ritos, festividades y ofrendas. Paradójicamente, y en nombre de la modernidad, la sociedad habitada por el Hombre Promedio, ha adoptado en su vida y sin apenas queja un sonido alienante y primitivo.

¿Hasta qué punto tendrían razón Aristóteles y Platón sobre el uso y efecto de la música en los niveles generales de la sociedad actual? ¿Es la educación musical una asignatura no pendiente sino por reinventar? ¿Por qué en el mundo occidental y occidetalizado se ha implantado un pensamiento sonoro único para ornamentar nuestros ruidosos días? ¿Es el hedonismo sin reflexión el punto de dolor neuronal que anula nuestro autoabastecimiento ético y estético? O, acaso, ¿hemos confeccionado unas reglas del juego basadas en la lenidad y la indolencia negándonos así toda aspiración superior?

La respuesta está en el silencio.

Música: ethos vs pathos
Juan F. Ballesteros
Músico y escritor

Beethoven y la Revolución

Ludwig van Beethoven fue un hombre atípico, un outsider y, muy probablemente, no tan atormentado como la historia lo ha mostrado. Creció como niño prodigio frustrado (una enfermedad le impidió tomar clases con el mismo Mozart), era van -debido origen flamenco de su progenitor- donde todos eran von, de aspecto rudo pero corto de talla y tez morena -muy alejado del perfil teutón- lo que le valió el apelativo de l’espagnoletto (llama la atención el adjetivo alla italiana) y -por si fuera poco- su sordera iniciaría su presencia hacia la mitad de su vida, antes si quiera cumplir los 30, lo que le margino socialmente. Hoy en día se le considera el primer compositor independiente, que creaba y elegía sus obras por encargo sin estar asalariado por ninguna corte o capilla. Un espíritu libre que puede apreciarse en su música, quien mejor habla de este genial compositor alemán.

Las asociaciones que realiza nuestra psique sobre los conceptos que conocemos tangencialmente nos lleva a tomar partido o a alejarnos de realidades sociales, culturales y, en el caso que nos ocupa, puramente musicales, con escasos elementos de juicio. El Hombre Promedio entiende la música como un bello artificio cuyo cometido se reduce a la ornamentación de un acto social o íntimo y, si bien es cierto que también cumple esta noble y loable función, el arte sonoro contiene -a través de su propio lenguaje disociado del verbal- un poder evocador capaz de disparar directamente sobre nuestra mente inconsciente. Beethoven, en particular, provoca toda suerte de estallidos emocionales que podemos experimentar a poco que escuchemos su música atentamente y que conllevan a elevar nuestra capacidad crítica, a estimular nuestra voluntad y a sobrecogernos con la belleza marginal y decadente de alguna de sus piezas. Hay, en definitiva, un componente catártico como en pocos compositores a lo largo de la historia de la música occidental.

Según de las crónicas de su época, los desmayos en las damas y los desmanes evasivos para disimular la emoción por parte de los caballeros eran habituales en los conciertos a los que, como es sabido, tan sólo una élite con poder ejecutivo tenía acceso. El impacto que sobre los oyentes tenía la música nos parece trivial desde la perspectiva de un mundo donde la abundancia nos ha sedado los sentidos. La música de Beethoven, muy especialmente, provocaba absolutos torbellinos en la emoción puesto que, como decía, los sonidos, las estructuras, la superposición de timbres, las nuevas secuencias armónicas, el abismo al que se enfrentaba la propia tonalidad, apuntaba directa e inequívocamente a lo más profundo del ser, alojado en la profundidad inconsciente de la mente donde, en efecto, sucede la verdadera revolución. Todo lo tangible tienen su antesala en lo intangible, como ha corroborado la física cuántica.

Consciente o no, Beethoven supo combinar los elementos musicales naturales que aprendió con los grandísimos Maestros Josef Haydn y Antonio Salieri y llevarlos al límite, hasta la frontera de la misma música conocida y hasta un abismo sonoro ajeno al oído hasta bien entrado el siglo XX.

Un aspecto capital de su música es el tema de los tempi (tiempos o velocidades de ejecución). El posromanticismo no ayudó precisamente a custodiar el legado del maestro alemán, quien en sus partituras especificaba minuciosa y obsesivamente como nunca antes se había hecho, la velocidad exacta a la que quería que sus obras fuesen interpretadas. La primera mitad del siglo XX fue territorio abonado y, hasta cierto punto secuestrado, por las grandes hegemonías de músicos de la talla de Furtwängler, Celebidache, Walter y, sobre todo, Karajan quienes apelando a la libertad (la suya propia) llevaron la interpretación de la música de Beethoven -por cierto, compositor fetiche de esta generación- hasta la caricatura. De este modo, cualquier conato de revolución emocional, desafío de los sentidos y agitación del pensamiento quedaban castradas por una interpretación absolutamente falsa y decorativa. Esta crónica de Anton Schindler, biógrafo de Beethoven, basta para valorar el compromiso de Beethoven con los tempi de su música

_Cuando se presentaba ante el público una obra de Beethoven, su primera pregunta era siempre esta: “¿Cómo fueron los tempi?”. Todo lo demás le parecía de orden secundario._

¿Fue Beethoven un artista inconmensurable para combinar los elementos constitutivos de sus obras pero incapaz de saber a qué tempo debían ser interpretadas? La respuesta es absolutamente clara.

Ludwig van Beethoven, l’espagnoletto, el sordo cascarrabias, necesita despojarse de tan banales etiquetas y ser escuchado con total atención, sin prejuicios, sin motivo y sobre todo sin oídos…Cuando este milagro se produce la pregunta pertinente es si los cambios artísticos han sido consecuencia de las revoluciones históricas o al contrario, si éstas son deudoras de lo que la música y el arte sembraron en el corazón de los Hombres. Quizás en la música de Beethoven se halle la respuesta.

Beethoven y la Revolución

por Juan F. Ballesteros, músico y escritor
foto de Raúl Blanco